La alegría

Todavía hay esperanza para El Salvador: por todas partes veo más amor que muerte y más automoteles que funerarias.

© Jorge Ávalos, 2014.

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De mujer a mujer

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Un poema inédito de Antonia Galindo (1858-1893), poeta salvadoreña, activa durante el período romántico tardío y que inicia, junto con Luz Arrué de Miranda, la participación plena de la mujer en las letras salvadoreñas.

A DELIA

Antonia Galindo

Yo vi la luz de tu pupila hermosa
en la luz rutilante del lucero;
tu color en el tinte de la rosa
y tu blanco en la flor de limonero.

Vi tu flexible talle en la palmera;
tu lágrima en el seno de las flores;
tus bucles, tu dorada cabellera,
del alba entre los vívidos fulgores.

Tu aliento, en el suspiro de la brisa,
deslizó perfumado por mi frente:
yo adiviné tu angélica sonrisa
en las huríes que soñó mi mente.

Oí tu voz en el arpado trino
que entona el ruiseñor enamorado,
y el tinte de tu labio purpurino
vi en la flor encendida del granado.

¡Mas nunca oí la dulce melodía
que exhalas, Delia hermosa, en tus dolores,
ni a la brisa que trémula gemía,
sollozante del prado entre las flores;

ni a la tórtola amante que se queja
lejos del bien amado por quien llora…
ni al ángel de la tarde que se aleja
en las brumas de un sol que se evapora!

Santa Tecla

Doctor en pobreza

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Descubrí este texto en un periódico de San Miguel de 1935. No tengo a la mano los datos más específicos y los olvidé. Estoy seguro que están entre mis notas, pero no recuerdo dónde. Si tengo el texto digitado es porque acompañó un artículo que se publicó en junio de 2006 para anunciar la apertura de una exposición de su obra pictórica en el Museo de Arte de El Salvador. Jorge Ávalos

Salarrué

Soy hombre poco escrupuloso aunque algunos, queriéndome hacer favor, digan de mí que soy buena gente. Hay algo, no soy modesto. Si lo fuese, no estaría aquí gritando… Tengo grandes defectos pero también tengo grandes cualidades, y sobre todo poseo una muy rara virtud: la de la flexibilidad humana que mata la personalidad y presta la indiferencia para con los honores y los galardones.

Los artistas son seres internacionales, pero entre ellos hay algunos tan internacionales que ya ni personalidad tienen. Estos son los poetas, no los que hacen versos sino los que aman intensamente la vida, que son los verdaderos. Entre ellos me cuento, gracias a Dios.

Yo soy un graduado en pobreza. He pasado la prueba y tengo mi doctorado. Pocos, muy pocos estudiamos esta maravillosa ciencia que confiere tanta satisfacción y tanto desembarazo. Es cuestión vocacional, digo yo; la pobreza es una profesión muy delicada. Los hombres han dado en temer a la pobreza, desprecian a quien elige tal derrotero para simplificar su vida espiritual.

La moneda que usamos los profesionales de la pobreza está en lo que somos y hacemos, y no en lo que tenemos. Las clases educadas no quieren comprender que la pobreza es la meta de la educación y que no está por entero civilizado quien no la adquiere como corolario de la cultura. La aristocracia genuina, en nuestros tiempos, no conserva riquezas por muchos días, sino en plan de administración altruista.

Vivimos una época en que la nobleza está diluida entre las castas y en la cual un mentecato tiene permiso de enriquecerse y hacerse una grandeza comprada. Creo firmemente que el sostener con gozo la pobreza es signo de la fuerza y que es débil aquél que la teme y la evade cobardemente. La pobreza aguarda en ella riquezas enormes. La libertad es más factible en la pobreza que en la opulencia. El amor que a ella se acerca es siempre auténtico y uno lo sabe.

De la pobreza huye todo lo falso, lo postizo, lo interesado; es un maravilloso antiséptico que purifica el espacio y el tiempo. A ella se acerca todo lo sano, lo natural, lo fresco y verdadero.

Pero… ser pobre no es cosa fácil. Necesita un buen caudal de paciencia, comprensión e inteligencia, cosas que no están a la venta en los mercados del mundo, que hay que ganar en soledad y meditación.

 

Este texto se publicó originalmente en 1935 y apareció reproducido en El Diario de Hoy, el 26 de junio de 2006: Los misterios de Salarrué, de Jorge Ávalos. La fotografía proviene de una nota biográfica en Wikipedia: Salarrué.

Un cuento de Morena Celarié

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Morena Celarié (1930-1972) es conocida como la creadora de la danza folclórica moderna en El Salvador (los suyos no son bailes autóctonos, sino creaciones que ella basó en las danzas de origen afroamericano de México). La Escuela Nacional de Danza lleva su nombre. Pero muy pocos saben que, poco antes de su trágica muerte, ella preparaba un libro de cuentos de inspiración popular. “El sombrero sin dueña” se publicó en La Prensa Gráfica el viernes 9 de enero de 1970. [ Nota de Jorge Ávalos]

EL SOMBRERO SIN DUEÑA

Morena Celarié

Una vez, estando yo sentada en el parque Libertad, vi pasar un sombrero; pequeño, de terciopelo suave y tres plumitas de avestruz a su derecha.

Este tímido sombrero se sentía fuera de ambiente, fuera de época, fuera de todo y, para colmo, estaba sobre la cabeza de una señora que al colocarlo en casa sobre sus escasos cabellos sentía rubor de poseerlo; pues ella, aunque amaba al sombrerito recordó cómo llegó a sus manos… ¡Pobrecito sombrero! Él a su vez se sentía tan ridículo en su posesión.

Cuando al salir a la calle, su ama repartía saludos a izquierda y derecha, él se deslizaba cortésmente por la oreja derecha y preparaba su evasión, pero al instante la brisa picaresca le jugaba una mala pasada y el pobre sombrero quedaba en la frente de su supuesta dueña.

Una noche… la más agitada de su vida, fue cuando lo conocí, en un mitin en el parque Libertad. Precisamente su dueña pronunciaba un discurso libertario… El sombrero tomó muy en serio sus palabras y al compás de su prédica, aprovechando el momento en que agitaba sus manos la oradora, el sombrero se fugó; poco a poco, dulcemente… así lo vi pasar, aristocrático, feliz, solo, volando hacia la libertad. El viento, su cómplice lo llevaba despacio, el huracán con los brazos cruzados observaba burlesco el acontecimiento.

Pero, ¡oh, tragedia! Terminados los aplausos, el vértigo del discurso, hubo un silencio aplastante, un suspenso trágico. La disertante al saludar sintió hueca la cabeza; pensó un segundo porqué sentía esa rara sensación de la nada: le faltaba su sombrero. Los espectadores, apesadumbrados, se miraban, qué insignificante persona tenían ante ellos o qué insignificante momento estaban pasado, que se sentían tan insignificantes.

La reacción de la soberana del sombrero fue inmediata, una desesperada mirada la llevó tras el sombrero y entre vítores lo recobró; pero no así su serenidad. Desde entonces el sombrero y ella ya no tienen quietud; cuando lo ajusta sobre su cabeza, la rebeldía comienza. Pues él, desde que tuvo un instante de libertad, se venga de la que no lo dejó partir.

La brisa coquetona ha vuelto a ser su amiga y jamás el sombrero ha estado quieto en la cabeza atormentada de la que tomó posesión de él sin su permiso.

La canción del borracho

Una parodia de la famosa “Canción del pirata” de José de Espronceda, escrita por Eliseo Miranda (1845-1901), uno de los poetas del romanticismo salvadoreño incluidos por Román Mayorga Rivas en su Guirnalda Salvadoreña, volumen II (Imprenta Sagrini, San Salvador, 1885). Huérfano antes de cumplir mayoría de edad, fue un escribiente hasta que en 1867 inició una carrera militar forjada en batallas a lo largo de toda Centroamérica; en sólo cinco años ascendió al grado de capitán y fungió como teniente coronel durante la triunfante revolución de Honduras en 1876. No publicó libro; sus versos aparecieron en periódicos de la época, La Tribuna y El Recreo.

EL BORRACHO

Eliseo Miranda

Coro

Con diez botellas por banda,
trago libre —¡viva el cielo!—
No corro sino que vuelo
a embriagarme en el festín;
y voy, capitán bizarro
en todo buen charracoaco
audaz paladín de Baco,
contoneándome sin fin.

Canto

¡Hurra! ¡Hurra! ¡De Sileno
vamos todos a gozar,
que ya se oyen entre copas
mil canciones resonar;
y los brindis más alegres
y los besos cuchichear,
y las risas de los beodos
y los gritos y el danzar!

¡No temáis llenar la copa
una vez y tres y más,
que los vinos generosos
no se hicieron por demás!
¡Hurra, pues! ¡Pronto a engullir
sendos tragos muy en paz,
cada cual con su miquela,
zapateando a buen compás!

¡Todos traguen a millares
las vasadas de jerez,
aunque rueden por el suelo
y vayan dando traspiés!
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Venga vino,
venga champaña después,
que la gloria de este mundo
hecha de uvas también es!

¡Venid todos paladines
de aquel Dios tan previsor,
y lustrad vuestros blasones
del festín en el calor!
¡Abran pipas y toneles
con estruendo seductor,
trasegándose mil litros
cada tuno bebedor!

***

Y entre el diabólico ruido
de orgía tan infernal,
el borracho embrutecido
entona su bacanal.