Retrato de una madre

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Jorge Ávalos

Creemos saber qué es lo bello porque lo reconocemos fácilmente, intuitivamente, por su apariencia. En realidad, sólo comprendemos el propósito de la belleza cuando superamos las trampas de las apariencias. No quiero decir con esto que trascendemos la apariencia de las cosas, aun cuando esto sea posible. Lo que me interesa aquí es el descubrimiento de que no sólo amamos lo que es bello a nuestros ojos: también le asignamos la categoría de lo bello a lo que amamos.

Hay un dibujo del artista español Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) que ilustra mi punto. Es un retrato de una mujer y de su niño, un bebé que se divierte jugando con las barbas de su madre. El niño no conoce diferencias ni jerarquías sociales; las categorías de lo bello o de lo monstruoso aún no existen en su conciencia. Frente a él, sólo está su madre: ella es la mujer que lo ama y lo alimenta, que lo mima y lo reconoce como suyo. Su vida y la de él, en esta etapa, son una sola.

Esa mujer barbuda que Goya retrató con tanta gracia realmente existió. Su nombre fue Magdalena Ventura. Más de un siglo antes, en 1631, la retrató el Españoleto, José de Ribera (1591-1652). Esto significa que el dibujo de Goya, aunque inspirado en la realidad, es una obra de la imaginación y, como tal, busca decirnos algo acerca de la mujer retratada que no nos dice el cuadro original del Españoleto.

El dibujo de Goya no es sobre la rara condición de Magdalena, no es sobre lo que la hace diferente de los demás: es sobre la humanidad que su hijo reconoce en ella. Es un dibujo sobre el amor. El amor transforma las apariencias: hechiza con significados íntimos; le otorga valor a lo que nos es entrañable; y le confiere atractivo a quienes vemos como un espejo de nuestros deseos más profundos. El amor crea belleza.

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