Crónica de un viaje a Marte

Hace diez años, exactamente, se inauguró el primer museo de arte de El Salvador (Marte). Escribí esta “pequeña crónica” sobre ese evento sin ninguna mala intención. Simplemente me propuse hacer una crónica de sociedad, como las que se escribían un siglo antes en los periódicos del país. Al leerlo ahora quisiera quitarle algo y añadirle otra cosa pero no le he cambiado ni una sola palabra. Todavía me hace reír.

Jorge Ávalos

Los que no atendieron el evento de apertura del Museo de Arte de El Salvador el 22 de mayo de 2003, se perdieron de un irrepetible espectáculo social.

“Este evento”, me comentó Carlos Cañas-Dinarte, “es el medidor de quién está ‘in’ y quién está ‘out'”.

“Eso significa”, respondí, conociendo la inconstancia de tales modas, “que a partir de esta noche somos la ‘crema y nata’ de la leche de ayer”.

El historiador vaciló un par de segundos, pero entonces recobró su agudeza y replicó: “Lo importante es que somos parte del mismo yogurt”.

El yogurt no estaba tan bien mezclado como la metáfora láctea lo sugiere. En el patio de las esculturas (un sitio apropiado, por más de una razón), las sillas estaban dispuestas y organizadas por colores: rojo, verde y un indiferente blanco, por ejemplo. Al frente, de rojo, estaban los grandes donantes, algo que consternó a algunas personalidades políticas que se encontraron, por primera vez después de las elecciones, en segundo plano.

Pero, en efecto, la noche debió ser para los donantes y los políticos, porque el artista César Menéndez y muchos otros, incluidos en la exposición principal Puntos Cardinales, tuvieron que conformarse con permanecer de pie, al fondo del patio.

El presidente Francisco Flores confesó que no había atendido una reunión de mandatarios en América del Sur por estar aquí, en un evento histórico de tal magnitud. Su discurso, confesó, era espontáneo. Y contó una anécdota sobre su amigo Lucio, que durante la guerra sufrió un incidente que le costó la memoria.

“Tenía cuatro años de no contar esta historia”, dijo un conocido comentarista político.

“¿Es uno de los discursos de Federico Hernández Aguilar?”, preguntó otro.

“No. Creo que este cuento se lo inventó él mismo”.

El punto del discurso del presidente Flores es que un hombre sin memoria es un hombre sin identidad, o algo así. De acuerdo con la periodista de El Diario de Hoy, poco importa porque la propietaria de La Luna, Beatriz Alcaine, le robó el espectáculo al presidente con ayuda de un pequeño recurso teatral que yo no noté sino hasta después de entrar a la exposición, cuando de pronto, entre la multitud, vi el pico negro del sombrero de una bruja. Supe de inmediato quién lo llevaba puesto.

“Sólo porque andás con saco y corbata no me querés saludar”, me dijo Beatriz. “Te grité desde la escalera”.

“¿Ya te diste cuenta”, le pregunte, “que se está conformando un sistema solar? Ahora podemos viajar de La Luna a MARTE”.

Beatriz abrió la boca, sorprendida, y dijo: “¡No lo había pensado antes!”.

Entre la multitud, era verdaderamente imposible apreciar las exposiciones, sobre todo en el tráfico de la sala nacional.

“Sólo la sala de Julia Díaz está vacía”, me dijo una vieja amiga. “Pero antes, andá a ver la exposición de Picasso, allí se han metido todas las viejitas creyendo que encontrarían lo más distinguido de la noche”.

Seguí esa pista y alcancé a oír a una elegante señora decir: “¡Qué pornográficos son estos cuadros!”

“La verdad”, me dijo Cristina Alcaine, esquivando grupos petrificados de gente mirándose mutuamente sin nada que decir, “estamos aquí para vernos las caras, no el arte”.

Afuera, durante el coctel, entre un grupo de escritores, José Roberto Cea, inquieto y gestual como siempre, acabó por echarme una copa de vino tinto sobre la camisa. Manlio Argueta me limpió con su servilleta, diciendo a los demás: “No se preocupen, Jorge no se altera por estas cosas porque ha vivido en Nueva York”.

El escritor y conductor del programa Universo Crítico, Geovani Galeas, me saludó diciéndome: “No sabía que dabas cuchilladas por la espalda”.

“Jamás en mi vida he hecho eso”, respondí.

“Pues yo he visto a Joaquín Villalobos llorar”, me dijo.

“No te creo”, dije, comprendiendo que se refería al especial que escribí sobre Roque Dalton para La Prensa Gráfica.

“¡Cómo no me vas a creer! Si yo lo he visto llorar, frente a mí, diciéndome: ¡Si Roque fue un borracho!”

No tuve que responder a ese extraño comentario, porque entonces Geovani se tornó hacia la mujer que me acompañaba y le preguntó si yo era “su macho”. “No”, respondió ella. “Jorge es mi amigo”.

Y en ese punto busqué otras personas. Y me encontré con Astrid Bahamond, “bella en su plácida quietud, como una esfinge”, advirtió un pintor. Fue ella quien hizo la labor historiográfica de MARTE.

“¿Dónde está Jennifer Miguel?” le pregunté.

“No la invitaron”, me dijo.

“¿No invitaron a la Coordinadora de Artes Visuales de Concultura?”, pregunté sorprendido. “Parece que no es una noche para las personas dulces”.

Astrid se encogió de hombros. “Vendrá después”, dijo, “con sus estudiantes del CENAR”.

Entre los invitados, sola, estaba la fundadora de la Escuela Nacional de Danza Morena Celarié. A diferencia del personaje ficticio del presidente Flores, María Teresa de Arene ha perdido mucho de su memoria pero no ha perdido su identidad. Y su presencia fue para mí el momento más bello y conmovedor de la noche. Porque me recordó que si no tenemos memoria como sociedad es porque no hemos aceptado el reto de desafiar el olvido. Tenemos un museo de arte, pero aún no tenemos una verdadera historia de las artes.

“Aún hay mucho trabajo por hacer”, observó Luis Croquer, el curador de la exposición nacional, Puntos Cardinales. “No creo que la historia del arte sea tarea de una persona, sino de muchos. Se trata de que iniciemos un diálogo”.

No todos los visitantes llegaron sólo por el evento social.

“No quise llegar temprano porque no quería ser parte del circo protocolario”, me dijo después Eunice Payés. Como llegó durante lo peor de la lluvia, se refugió primero en el atrio del Teatro Presidente, donde se encontró con casi un centenar de hombres muy serios vestido con ropa oscura.

Sorprendida, Eunice se tornó a mirar el conjunto de rostros impasibles. “Apuesto a que son gente de seguridad”, dijo. Una leve sonrisa se dibujó en algunas de las caras. “Entonces no tengo nada que temer”, concuyó ella, y los hombres rompieron a reír. Uno de esos guardias de seguridad le consiguió un paraguas y la condujo hasta las puertas del museo.

Eunice también me comentó que tuvo un percance embarazoso con Enrique Altamirano, cuando los dos, admirando el mismo cuadro pero caminando en dirección contraria, chocaron.

“Disculpe”, dijo Eunice, “lo golpeé”.

“No se preocupe”, dijo don Enrique sobándose el brazo, “no me dolió”.

Por curiosidad le pregunté a Eunice qué color le habían asignado en su tarjeta de invitación. Me miró consternada. “¿Cuál tarjeta?”, me preguntó. “¿Se necesitaba tarjeta para atender este evento?”

Hablaba con Carlos Dada, José Luis Sanz y Fernando Umaña, entre los trabajadores que limpiaban con rapidez y diligencia el pequeño desastre de copas rotas, comida abandonada en los rincones y vino desparramado por doquier, cuando apagaron las luces. Era muy tarde, pero no fuimos los últimos en irnos.

El último en salir, el que se aseguró que todo estaba limpio y seguro para la mañana siguiente, fue Roberto Galicia, el director del museo. Terminada la fiesta, el reto más grande aún estaba por comenzar.

El Faro, San Salvador, 26 de mayo de 2003.