La poesía de David Escobar Galindo

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DAVID ESCOBAR GALINDO
(1943)

Poeta prolífico y de muy variados registros, aborda una amplia gama de contenidos, tanto en sus dimensiones realistas como metafísicas. El asombro cotidiano, el erotismo, la guerra civil y la experiencia mística encuentran lugares privilegiados en su poesía.

Uno de sus temas transversales es el del tiempo: hay un tiempo histórico, el cual puede ser una fuerza destructiva, pero este contiene a su vez el tiempo humano, el cual puede ser una fuerza constructiva. La memoria ocupa, por lo tanto, un papel preponderante en su examen permanente de cómo el ser humano interpreta, resume y asume la historia para sí mismo. La imaginación y la sensibilidad no son ni engaños ni filtros de la realidad: son la realidad misma del poeta. Así, la obra de Escobar Galindo es la gran construcción de una ciudad imaginaria: ahí se encuentran los personajes reales e ideales de su infancia con los seres y la historia del ahora; y los jardines fantásticos de la memoria con los paisajes capturados por su palabra en sus viajes de adulto por el mundo.

Tradicional e innovador a un mismo tiempo, educado para el clasicismo pero gran antropófago de la modernidad, Escobar Galindo pertenece a la rara estirpe de los poetas contemporáneos de Latinoamérica que encuentran sus raíces no en los movimientos de la modernidad europea, sino en las tradiciones ibéricas, como Ricardo E. Molinari en Argentina o Vicente Gerbasi de Venezuela.

Dejo pendiente una selección de sus mejores títulos.

Nota de Jorge Ávalos

 

LAS PRIMERAS AUDIENCIAS

Las niñas fueron leves alimentos deseados,
frutas para el domingo que se duerme en la niebla,
y de sus ojos fui
naciendo como un río
nace entre el aguacero
que azota suavemente
la llanura. De aquellas
conversaciones llenas de palabras sin llave,
creció un amor al juego de las risas, y estuvo
tantas horas mi voz diciendo cada nombre,
que en lo oscuro del cuarto aparecieron cuerpos
de niñas con un grave esplendor desvelado,
primera fantasía del sexo o de la música.

Los encajes se fueron
haciendo telarañas
y en cada uno fungía
una araña de oro,
una estrella de sangre…
Por la ventana vuela
la nube del invierno,
negra y umbilical como la sed que apaga
más que por la abundancia por el deslumbramiento;
y así pasó la sombra de tan hondos avíos,
sobre el papel quedaba perfume de cabellos,
luz de niñas amadas en pleno pensamiento,
cercanas como el dulce contagio de la niebla
que se elevó llorando
después de la ventana.

 

ME DESPIERTO EN LA NOCHE

Me despierto en la noche —media/noche:
qué alegre: noche entera, noche íntegra,
como un toro dormido
en la paciencia aterradora de su semen.

—Y al despertar ya no prendo la luz:
suenan bombas lejanas,
lejanas en el fondo de un soneto de Góngora
—pastilla o caramelo—.

Y de esas palabritas espumosas
se levanta un olor
de tierras con fogatas,

de ciudad con las uñas
creciéndole
hacia adentro.

7-V-81

 

ADVIENTO

Lo único inmortal es la búsqueda de un cuerpo
—ese cuerpo elegido en la sábana de los ilusos—
que nos repita como las llamas del infierno feliz.
Unos cabellos que interrumpan nuestro desvelo por la duna.
Unas sienes con el metal de las coronas fabulosas.
Unos ojos con las alas húmedas y celestes.
Unos labios de intrépida y alevosa cereza.
Un cuello de flor de magnolia.
Unos hombros para túnica de semidiós.
Unos pechos en plenilunio circular.
Un ombligo imaginado por la inocencia de Petrarca.
Un oasis de púbicos helechos.
Un manantial sexual con el espejo al fondo.
Unos muslos de espesa madera inmemorial.
Unas rodillas de ámbar.
Unos pies como fieles guerreros de la Ilíada.
Y la perplejidad del fastuoso milagro
en la ciega ufanía de la sangre.

 

El retrato de David Escobar Galindo es obra del caricaturista salvadoreño, Toño Salazar.

La poesía de Alfonso Fajardo

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ALFONSO FAJARDO
(1975)

Poeta salvadoreño, autor de versos desbordantes, de largo aliento y que, a primera vista, parecen ser producto de procesos espontáneos de escritura automática. Pero una lectura atenta nos demuestra que en realidad estamos ante un escritor que hace del espacio verbal un ámbito de exploración de la nueva psiquis urbana, caótica y violenta, del Gran San Salvador de postguerra, y de cara al siglo XXI. Fajardo retoma los métodos y los temas de los poetas malditos, y de su fraseo exuberante y de sus delirantes figuras de lenguaje hace pedernales para suscitar descargas semánticas, anulando o potenciando el vértigo de su afán comunicativo.

En poesía, obtuvo el título de Gran Maestre en los Juegos Florales de El Salvador en 2000, y el LXV Premio Hispanoamericano en los Juegos Florales de Quezaltenango, Guatemala, 2002. Ha publicado: Novísima antología (Mazatli, 1999); La danza de los días (Lis, 2001); Los fusibles fosforescentes (DPI, 2013); y Negro (Laberinto, 2013).

Nota de Jorge Ávalos

 

TENÉS CAMINOS INSOSPECHADOS

Tenés caminos insospechados en tus venas
poseés penas que tienen como destino mis arados
Tus volcanes erupcionan se emocionan tus Balcanes
llamean brasas tus montes flamean llamas tus Zenzontles
sos la montaña la araña que mi espalda araña
sos el boscaje yo el animal salvaje que explora tus ramajes
Brota agua mi lengua mengua remota tu magma
tu magna bellota tengo a mi legua desagua y se frota
Sos la carne que encarna mi sueño yo el dueño del karma
tu gendarme

 

ARDOR DE SAN SALVADOR

Abro mis puertas y ya el oleaje de las calles
baña con su espuma negra mis famélicas raíces.
Y de nuevo sentimos la tentación de abandonarnos
y abusar del adjetivo al nombrarte.
Pero tu rostro duele, arde; y el dolor es poesía, y ello fecunda.
Retrataré  tus vísceras con mi sangre, tus fauces engullirán mi voz
y la saliva centelleante de tus pozos será mi altar.
Empezaré por decirte mal y maldecirte
con todo el amor de hijo echado a perder, de nieto
del fuego primero. Te diré, por ejemplo, eres pétalo
pero hay un hedor que permanece; maquillada mas con cicatrices,
voluptuosa hasta lo grotesco; perfumada, pero, en fin, cancerosa.
Hay calles que sólo la locura comprende: sus paredes de polvo mojado,
sus casas desvencijadas de mujeres tristemente desnudas, sus salones
oscuros donde una rockola se queja del amor, sus etílicos sueños,
sus gritos, sus cuchillos que pacientes nos esperan, sus miradas de paranoia
en las que no somos bienvenidos y todo el surrealismo
de sus pinturas de mármol de sangre de veneno de hermandad.

Te diré, también, que tus vestidos de gala no me convencen,
tus cadenas de tiendas donde se venden imposibles, los caracoles del comercio
y las plazas de circo donde las miradas desfilan.
Hay calles que sólo la noche devela: sus luces de neón,
sus nombre parpadeantes, sus fosforescencias, los idilios entre el hombre
y la máquina, la pureza de las piedras, las iglesias del ruido,
la bruma del delirio, la sed de infinito y las alas de otro sueño que se niega a despertar.
Ciudad, secreto de estado, proxeneta de los locos,
canasto de los mercados, sacerdotisa de la muerte, casa de los nómadas,
partera de los invisibles, manantial del anticristo, drenaje del mundo.
Ciudad, secreto de estado. Aquí mis pasos en tu niebla, en tu sol.

Aquí mis pasos, mar gris, sobre la danza eterna de los días.

 

EL HOMBRE QUE CRUZA SU SEGUNDO

Maldito disfraz el que permanece en la célula. Aquí, entre la lluvia de la mierda y los pájaros escarlatas, un prestidigitador de epitafios en el mínimo país de los sueños. Me consume, en efecto, esta hambre literal de horizonte que hunde mis ventanas. El hombre, al mundo, para engañar y ser engañado ha nacido, es decir, para orgasmos y horas administrativas. Tiene que existir, entonces, otro sol: uno que, plétora de agua, no queme, carbonice y ahogue, como lo hace el ojo pervertido del sin rostro, a sus hijos bastardos amantes de la miseria. Tiene que existir —escupo hacia arriba sin que me caiga en la cara— un astro con más intestinos, arterias y ventrículos que el perro de mi vecino. ¡Ah, mi negra esperma derramándose en los muslos del silencio! El hambre del hombre, sin mayores profecías que el tiempo, es el que posee siete cabezas con siete gritos fosforescentes. Me cansa ensimismarme en el vómito de mi fiebre, castrarme el alma con los vidrios afilados del espejo roto e inmolarme, como lo hace el insecto cuando la púrpura lámpara lo atrae, en la luz artificial de la locura. Maldito puente.

Maldito puente el que, tatuado y relleno de tierra, va del polvo al polvo. A veces, cuando la noche entra a mi casa, un incendio de grandes proporciones se apodera de sus luces: ahí sus quemados fusibles, sus sangrientas ventanas, sus erosionados jardines, sus patios ensombrecidos, sus cielos falsos negros, adormecidos y embotados. Entre una y otra orilla, un parpadeo. Entre la casa y el sol, un puente. Y tú, lector de espejismos, estás en esa blanca sala de espera atiborrada de juguetes, sexo y oraciones. Estás tirando a la basura tus sonrisas, desperdiciando —mientras la nada llamea en las calles— el parpadeo que el puente utiliza mientras, bajo sus podridas maderas, corre el agua nocturna con todas sus imágenes. Tiene que existir entonces, otro estadio, otra naturaleza dispuesta a tragarnos y, en su bello infierno de despojos, llevarnos a su útero de nubes, a sus dunas de miel. Tengo que masticar este segundo. Mientras tanto, con todas las posibilidades de la imaginación, del buen humor y la locura, voy consumiendo, quemando mis signos vitales, mis fusibles. Y vestido de extranjero cruzo el mundo, y extranjero y mundo soy yo. Maldito disfraz. Maldito puente.

 

* Poemas reproducidos con permiso del autor, Alfonso Fajardo.

La poesía de Mario Noel Rodríguez

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MARIO NOEL RODRÍGUEZ
(1955)

Sus poemas son ramilletes de figuras de lenguaje, más cercanos al espíritu lúdico de Cortázar que a la tradición de la poesía coloquial, tan propia de su generación y hacia la cual se inclina naturalmente. Al enhebrar su voz poética con una irreprimible efusión de símiles, metáforas y equívocos, sus versos parecen impermeables a la lógica, pero esto no niega que el autor siga líneas temáticas coherentes. Una fascinación por las emociones suscitadas por el cine, la música pop y la literatura moderna, convierten su obra en un registro al margen de la cultura de masas, a la que celebra transformándola en una mitología personal, y en la que, por ejemplo, una actriz de cine erótico, Sylvia Kristel, o un cantante argentino de rock, Fito Páez, figuran en calidad de semidioses.

Entre sus numerosas publicaciones de poesía cabe mencionar: Epitalamio (1993); Estado Vallejo (Premio Hispanoamericano de Poesía, Quezaltenango, 1997); Agítese antes de leer (2001); Breve, breve que la vida es breve (2003); y Ruiseñoras del Edén (2011).

Nota de Jorge Ávalos

¿QUIÉN TRAE UN SACACORCHOS?

Un sacacorchos necesito a la hora de
escribir. Introducirlo feroz en las
entrañas de lo vivido, hacer que hable
despacio, que relate las flores y úlceras
del camino. Necesito un trampolín que
me lleve al encuentro de nuevas
palabras, otras risas y fragancias.
Necesito la voz de los muertos, la luz
reprimida de sus sueños, la vara mágica
que les devolverá el color. Necesito
ausentarme para ver mejor, ser socio del
animal fundador del crepúsculo.
Necesito claridad y así entender la furia
del rocío sobre los poetas dormidos.
Necesito un segundo en el que quepa
todo, ajado, oloroso a húmedo, íntimo.
Sólo un segundo para llorar papeles. Las
centurias, la eternidad la dejo a otros.

Agítese antes de leer, 2001.

 

1974

A Sylvia Kristel

Fragancia a vida eterna tiene la amante del príncipe,
olor a cuello después de la entrega.
No hay métrica para decir sus caderas trabajadas en jade.
El sudor del corazón vibra y huye.
Música barroca entra a su pelo,
querubines entonan lenguas muertas en su soñado ombligo.
Escultores sin patria, al imaginarla, lloran de tanto cielo.
Plebeyos susurramos odas a esa boca perdida en su bermellón.

En la sala de cine mi corazón no encuentra la salida.
¡Ave, musa!
¡Ave, soberbia escalera a los inviernos!

 

PERMÍTEME, AMOR

Permíteme, amor, que sea yo tu poeta,
el autor de tu historia natural.
Jorge Ávalos

Permíteme escalar los abismos donde chocarán nuestras miradas
y donde será la pedrada de la luz la que ejercerá su poder narcótico.
Permíteme balancear los océanos hacia la playa virgen
donde el navegante loco te imaginará desnuda,
subiendo los cocoteros, subiendo los espejismos.
Soy el hombre de papeles que mirará la lucha
que mantendrán tus pechos con la luna,
y en medio de tanto fuego
nacerán los animales fabulosos que amamantarás.
Permíteme avanzar sobre el turbio espinazo de los días.
Permíteme declarar zona liberada el primer rayo de luz del día,
y jugar con las libélulas
como hicieron los primeros espíritus del mundo.
Permíteme seguir en tu búsqueda,
sé que en un sitio estás, esperando por el alba,
esperándome con la furia de la gaviota
que aprisionaré hasta perder la razón…
y dormir…
y dormir hasta los días postreros.

Inédito, 2004

 

Poemas reproducidos con permiso del autor, Mario Noel Rodríguez.

La poesía de Alfonso Kijadurías

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ALFONSO KIJADURÍAS
(1940)

Heredero auténtico de los “poetas malditos”, se convirtió en un autor de culto con la publicación de su libro Los estados sobrenaturales (1971); el poema en prosa del título, en particular, tuvo una poderosa influencia en el desarrollo de un movimiento que el crítico Reynaldo Echeverría denominó “feísmo”, y que se distinguió porque los artistas abordaron lo grotesco de forma consciente. El resto de su obra oscila entre una poesía subterránea que convoca fuerzas oscuras, sobre el ser humano abrumado por sus circunstancias, y una poesía transparente y metafísica, que le debe más al misticismo oriental del Tao Te Ching que a Rimbaud y que se regodea en evocar la disolución del ser. También narrador, nutre su obra poética de situaciones y personajes. Su palabra, siempre lúdica, se puebla de citas, retruécanos y juegos verbales, lo cual favorece los derroteros de su imaginación febril y  barroca.

Sus principales libros de poesía son: Los estados sobrenaturales (1971); Toda razón dispersa, antología de obra publicada entre 1967-1993 (1998); Es cara musa (1997); y La certeza de la duda (2005).

Nota y fotografía de Jorge Ávalos

 

EL ESCARABAJO

Te debo esta batalla,
no así a los que un día me enseñaron a pagar
con otra moneda, este oscuro trabajo en que se pierde la memoria,
lo sabes por esta caja de Pandora, por este tamborcito
donde caen las gotas
de algún llover que hace mirar las cosas con un deleite de anfitrión,
del que mira desde los ojos de sus bolsillos un mundo pobre,
algo así como un niño, matador de insectos
a esa hora de los invernaderos, del solipsismo contra lo real
que vive adentro de estas casas,
de la mierda que dejaron los abuelos paternos
y que nosotros llevamos con desesperación.
Te la debo, porque un día lleno de amor feudal
quisiste enseñarme tus dominios
y hablaste de la razón como de un espejo recién quebrado
y a la hora de comer abrías los ojos, te dabas el lujo
de preguntar por mi salud,
recomendarme luego un viaje al exterior
pasando indiscutiblemente por el jardín botánico,
sin darte cuenta,
o por lo menos tratando de ignorar que el escarabajo se llena de su porquería,
se envuelve mejor dicho, y retorna al hoyito
como al principio de todos los orígenes,
sino lo crees podríamos hacer la prueba
yéndonos y regresando al mismo sitio, a esa hora que guardamos
los instrumentos de siempre.
Regresaremos aun cuando esa frase gastada de «quienes regresan ya no son los mismos», nos de estupor,
deseos malsanos,
ganas de escupir, reírnos como locos
pataleando sobre estos papeles donde muchos vienen a escribir
historias falsas, suicidios de muchachos increíbles,
la pérdida del pelo, el falso juego del verano, esas muchachas en plena entrega,
esas muchachas que gritan amormío con los dientes apretados.
Te debo esta batalla, a ti, quizá la última de las primeras,
esta batalla sin caballos,
sin armas,
sin escudos,
a pie,
cambiando de sonido  de lugar, haciendo de la vida la mejor coartada
para vencer estos dominios del orden, de las creencias en el
más allá, de los confetis arrojados desde el balcón más alto.
Porque estás cada vez dentro de lo posible,
circundada por todos los temores.
Esta batalla te la debo,
esta batalla de vivir llegando al mismo sitio
como el escarabajo.

 

SIEMPRE CLAVANDO, DESCLAVANDO

Siempre clavando, desclavando
y volviendo a clavar.
Siempre buscando cajas: cajas pequeñas,
cajas grandes.
Y otra vez a clavar y clavar.
Y cuando todo está en su sitio
(hasta tu corazón)
te avisan que te buscan
dos hombres sospechosos
en un carro sin placas o que en el quinto piso
(tú vives en el cuarto) se acaba de mudar
el hombre rana
y te marchas entonces a otra ciudad lejana.
Muy lejana
y comienzas de nuevo a desclavar
y buscar cajas: cajas grandes, cajas pequeñas.

 

ERÓTICA

Volcada y revolcada con las piernas abiertas  Desnuda
sin más vestidos que su desnudez avanza la babosa
su baba entusiasmada
En su rosada vulva ostenta un caracol que enardece la lengua
La sombra de la sombra gozosa de la noche se hunde entre jadeos
buscando su espesura
A nísperos maduros huelen sus pezones
y allá donde se vuelve inalcanzable la inmensidad redonda de sus frías esferas
brilla voraz la punta del cuchillo
Lucifer le clava el diente  Su lengua afilada serpiente colorada
traspasa la papaya su oscuro semillero
Otra vez el jadeo el jade condenado  Otra vez el deseo y lo deseado
gozosa muerte sin fin.

 

Poemas reproducidos con permiso del autor, Alfonso Kijadurías.

La poesía de José María Cuéllar

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JOSÉ MARÍA CUÉLLAR
(1942-1980)

Autor de versos autobiográficos, de tono elegíaco. Su obra supuso un distanciamiento de la ambición por la voz épica y abanderada en la revolución a la que aspiraban los poetas de su generación. Su obra señala, por lo tanto, el camino inmediato que seguirán la mayoría de poetas que comienzan a escribir a finales de la década de 1980. Sus poemas de denuncia no parten de una crítica de contenido político, sino de su empatía con la experiencia del sufrimiento. Retazos de costumbrismo permean su voz coloquial y apelativa, pero un equilibrio clásico entre el modo tan sobrio de contar y la trémula emotividad de los recuerdos iluminan sus mejores poemas.

Ensayó la crítica literaria, el cuento y la dramaturgia. Se le recuerda por su poesía: Escrito en un muro de París (1968); Crónicas de infancia (1971); Diario de un delincuente (1976); La cueva (1979); Los poemas mortales (1974).

Nota de Jorge Ávalos

TRES POEMAS INÉDITOS DE JOSÉ MARÍA CUÉLLAR

 

EL QUETZAL

Amo tu piel de rumorosos bosques.
Amo tu altivez de esmeralda en el hombro del guerrero.
Amo tu vuelo de leyenda, tu plumaje de savia.
Todo amo de ti, ave sagrada de los grandes labradores de la piedra.
Como brasa nupcial,
como lumbre de jadeíta desatada en las venas del aire.
Como flecha en el dormido corazón de la tierra,
se apaga tu verde, fecundador de los ríos y la fuerza de los dioses.
Ave grabada en el duro rostro de los templos,
en su noche de claros enjambres de dinteles y flautas.
Ave hermana del maíz y la víbora,
tu mineral ausencia golpea mi silencio.
Poco a poco se va quedando sola la madera…
Poco a poco se va quedando solo mi corazón.

 

CUANDO LA TARDE SE VUELVE PRIMITIVA

Me asomo a tus patios antiguos
donde inició Rubén su fuga de quince años.
Me asomo a las montañas de Segovia
donde ha quedado erguida la luz del Universo.
Me asomo al filo estelar de los tejados,
a la música antigua de tus calles,
a la sangrante noche de tu historia.
(Me duele la voz de los que fueron
y los que quedan ausentes en la sombra).
La chorotega angustia se hace flor de locura,
que visita los templos
cuando la tarde se vuelve primitiva.
Nace Alfonso Cortez en las calles de Managua,
en los dinteles donde la noche tiene muchos siglos.
Nace su flor doliente
que yace aprisionada en los linderos de los manicomios.
Pero una herida más se abre en la tierra
para dar sepultura a Joaquín Pasos:
el que odia la guerra como un niño…
(Me duele la voz de los que fueron
y los que quedan ausentes en la sombra…).

 

LA MUERTA

Tus cabellos son líquenes rojos del silencio,
el sol no llega a ellos
porque el niño lo lleva entre los labios.
Humedad de tu cuerpo
tendido como cruz sobre la tierra.
No alcanzaron tus senos a fecundar el alba.
No alimentó al futuro su nebulosa piedra.
Las pupilas sin peces y sin algas,
con el tejido negro y silencioso,
perdieron su retorno
para vagar cansadas las márgenes del llanto.
Mariposas azules se alzan de tus huesos;
son rituales enviados
por la materia enferma de tu ausencia.
Invades mi recuerdo con tu franela antigua,
y tus pasos de viajera distante.
Te espero por las tardes,
y te siento llegar con un rumor de espadas en el aire.
Me duelen tus ojos
que se quedan tan solos cuando llega el invierno.
El frío de tus manos luminosas de muerte,
desesperadas lámparas de calcio,
que olvidó la primavera encender en su costado.