Una conversación con Jeanne

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Czeslaw Milosz 

No hablemos más filosofía. Desiste, Jeanne.
Tantas palabras, tanto papel, ¿quién puede tolerarlo?
Te dije la verdad cuando te hablé de distanciarme.
Dejé de preocuparme de mi amorfa vida —no era
mejor o peor que las habituales tragedias humanas.
Por más de treinta años hemos librado nuestra disputa
como lo hacemos ahora sobre esta isla, bajo el cielo del trópico,
donde escapamos un chubasco y un instante después brilla,
radiante, el sol. Y donde yo pierdo la razón, deslumbrado
por la naturaleza de la vegetación: hojas de preciosa esencia:
esmeraldas. Nos sumergimos en la espuma, donde las olas se rompen.
Nadamos lejos, hasta donde el horizonte es una maraña de arbustos
de guineo; parecen pequeños molinos por las hélices de sus palmas.
Pero he sido inculpado: No estoy a la altura de mi obra;
no exijo lo suficiente de mí mismo,
como pude haber aprendido de Karl Jaspers;
y mi despecho por las opiniones de mi tiempo decae, apático.
Me dejo voltear por una ola y miro las blancas nubes.
Tienes razón, Jeanne, no sé cómo velar por la salvación de mi alma.
Algunos han sido elegidos, otros hacemos lo que podemos.
Lo acepto, merezco mi suerte. No aspiro a la sabia dignidad de la vejez.
Intraducible a las palabras, elijo mi hogar en el ahora,
en las cosas de este mundo, en lo que existe y, por lo tanto, nos deleita:
La desnudez de las mujeres en la playa, el moreno fruto de sus pechos;
hibiscos, alamanda, un rojo lirio; devorar con mis ojos,
labios, lengua, el jugo de la guayaba, el jugo de la prune de Cythère;
ron con hielo y miel; orquídeas-bejucos de la húmeda selva,
donde los árboles se elevan sobre los zancos de sus raíces.
La muerte, me dices, la tuya y la mía, se acerca más y más.
Sufrimos y esta pobre tierra no fue suficiente.
Pero la púrpura tierra, con sus jardines y hortalizas,
estará aquí, aunque rehusemos mirarla; el mar, como en este día,
respirará desde sus abismos. Empequeñecido, desaparezco
en la inmensidad, cada vez más y más libre.

Guadalupe

Traducción de Jorge Ávalos

El estilo

Jorge Ávalos

Todo lector encuentra, tarde o temprano, el camino a la flor amarga de un poema terrible y bello que no teme develar lo indecible. Los puntos de partida parecen claros: Baudelaire o Rimbaud, García Lorca o Vallejo, Mandelstam o Celan. Y están los caminos más violentos: Tsvetáyeva y Plath y Pizarnik. Pero sobre todo está el pasaje casi secreto hacia la voz desnuda, la vida desgarrada y la historia mutilada en la poesía de Anna Swir.

San Francisco, 1985. Una tienda de libros usados. Un ejemplar golpeado de cubierta dorada y un título aséptico: Antología de la poesía polaca de posguerra editada por un tal Czeslaw Milosz. Lo abro al azar y leo los primeros tres versos de un poema: «Si me amas no me beses./Si me amas no me abraces./Si me amas, mátame».

Hubiera querido declararle mi amor a Anna Swir, pero era incapaz de matar por amor. Busqué en cambio a un testigo, a un hombre que la conocía y podía explicarme por qué Anna Swir sólo podía permitirse lectores implacables. Así que una madrugada de tantas, tomé el tren a la Universidad de Berkeley y me inscribí como observador de una clase maestra de literatura, pretendiendo interés por el Departamento de Lenguas Eslavas.

En realidad, sólo me interesaba conocer al poeta polaco que por muchos años enseñó ahí literatura y que ahora visitaba la universidad de forma casi furtiva. Fui aceptado. La única condición era no interrumpir la clase; yo era sólo un observador, después de todo.

Impaciente, no pude esperar hasta el final de la clase, así que levanté mi brazo y dije:

—Profesor Milosz, ¿qué quiso decir Anna Swir cuando dijo que un poeta sólo tiene dos misiones: crear un estilo y destruir ese estilo, siendo la última la más importante?

El resto de estudiantes estalló en risas porque mi pregunta no tenía nada que ver con el tema en discusión, pero el profesor con aspecto de lechuza de oro miró sus manos vacías por un instante y respondió al enigma con una insoportable verdad:

—Porque un estilo encarna la historia.

Y desde entonces sé cómo encarnar y destruir la historia en mí, y sé cómo amar hasta el crimen con mis palabras.