Hombre de leyendas

Mario Pleitez - Casa Dueñas

Jorge Ávalos

En El Salvador se recuerda a Miguel Dueñas por una casa, una casa a la que se le atribuyó por mucho tiempo un embrujo romántico. En ella caminaba, se decía, el espíritu intranquilo de su hija, Eugenia, atormentada por la muerte de su esposo. El origen de la leyenda es una historia real: Dueñas mandó a construir la casa para su hija en 1919 como un regalo de bodas, pero poco después de que ella contrajera nupcias su joven marido falleció.

La leyenda se desploma cuando uno se entera de que Eugenia nunca habitó la casa, una elegante mansión Art Nouveau diseñada por el ingeniero Daniel C. Domínguez, quien importó desde Francia laminas deployé, mármoles y otros lujosos elementos decorativos para darle el toque afrancesado que tanto gustaba a los cafetaleros de la época. La casa no pudo ser habitada porque se convirtió en el centro de una disputa legal. Tras dos años de lucha judicial por deudas fiscales con el Ministerio de Hacienda, la casa le fue expropiada a Dueñas en 1922.

El cafetalero falleció seis años después de perder el inmueble, el cual, irónicamente, llegó a ser conocido como la “Casa Dueñas”. Los cáusticos rumores sobre su legado giraban en torno a estas aseveraciones: había sido acusado de soborno y de la compra de voluntades de funcionarios públicos, de incumplir sus promesas fiscales y de ser un antipatriota afrancesado. Ninguno de estos asuntos podía discutirse en los medios de prensa. ¿Cómo podían, en ese tiempo, consignar los historiadores estas cosas sin recibir un castigo por parte de una familia tan poderosa? La respuesta a esta pregunta no es una leyenda, pero debería serlo.

En el libro San Salvador y sus hombres, publicado por la Academia Salvadoreña de la Historia, aparece esta curiosa nota biográfica sobre Miguel Dueñas, construida por medio de una serie de paralelismos entre los hechos de su vida y las valoraciones a su vida, valoraciones que a primera vista parecen muy elogiosas, pero que están escritas con la agudeza del sarcasmo:

Nació el 28 de agosto de 1871.
Agricultor y ciudadano distinguido, mantuvo siempre el cultivo de idealismos generosos.
Si su capital, libre de impurezas, era inmenso, más grande fue el prestigio de su crédito moral.
Por la patria supo luchar con decoro, poniendo sus entusiasmos de leal salvadoreño por la causa del bien.
Murió en París en 1928.

Así, este “leal salvadoreño” que “murió en París”, fue un agricultor que prefirió dedicarse al “cultivo de idealismos” (compra de políticos) y para quien el “prestigio de su crédito” resultó ser, al fin y al cabo, verdaderamente “más grande” que su capital. Es por estas razones, sabemos ahora, que existe la mansión que Miguel Dueñas mandó a construir pero que nunca pudo ser suya. Desde el 2004, la “Casa Dueñas” es ocupada por la institución que escribió esa nota biográfica: la Academia Salvadoreña de la Historia. Así que si una leyenda es el lado oscuro de una verdad, entonces el fantasma que ahora sufre su condena en esa casa es el del cafetalero que creía estar por encima de la historia.

(Fotografía de la Casa Dueñas por Mario Pleitez)

Un mapa de tu tierra

Jorge Ávalos

 

Tu tierra abusa de tu amor por ella.
Castígala. Demuéstrale quién eres.
Toma su pequeña imagen, la imagen
de su pequeño cuerpo accidentado

y arrúgala en tu puño, estrújala
entre tus dedos. Luego, despliégala
sobre una almohada y dile: “has
sido infiel, has sido mala conmigo”.

Insértale alfileres en esos lugares
donde te hizo sufrir en demasía.
Escupe sobre su imagen, rompe

su frágil geografía. Dale fuego
y déjala arder, déjala ser cenizas.
Por una vez has sido su tirano.

 

Había olvidado este poema, que escribí y publiqué hace más de 20 años. Realmente había estado trabajando un mapa de El Salvador que incluía una geografìa de su historia, y de pronto caí en la cuenta que parecía un mapa de historias de horror, un mapa de la infamia. Pero el poema no sólo trata sobre eso, sino que retoma un comentario que me hizo mi novia de entonces, cuando tomé un boceto de ese mapa y después de observarlo un rato, lo rompí, lo estrujé en mi mano y lo boté a la basura. Recuerdo ese momento con fría claridad, como si me viera a mí mismo, porque mi novia me hizo tomar conciencia de lo que había hecho cuando dijo: “¿Saldando cuentas con tu país?”. ¡Las musas!