Un cuento de Morena Celarié

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Morena Celarié (1930-1972) es conocida como la creadora de la danza folclórica moderna en El Salvador (los suyos no son bailes autóctonos, sino creaciones que ella basó en las danzas de origen afroamericano de México). La Escuela Nacional de Danza lleva su nombre. Pero muy pocos saben que, poco antes de su trágica muerte, ella preparaba un libro de cuentos de inspiración popular. “El sombrero sin dueña” se publicó en La Prensa Gráfica el viernes 9 de enero de 1970. [ Nota de Jorge Ávalos]

EL SOMBRERO SIN DUEÑA

Morena Celarié

Una vez, estando yo sentada en el parque Libertad, vi pasar un sombrero; pequeño, de terciopelo suave y tres plumitas de avestruz a su derecha.

Este tímido sombrero se sentía fuera de ambiente, fuera de época, fuera de todo y, para colmo, estaba sobre la cabeza de una señora que al colocarlo en casa sobre sus escasos cabellos sentía rubor de poseerlo; pues ella, aunque amaba al sombrerito recordó cómo llegó a sus manos… ¡Pobrecito sombrero! Él a su vez se sentía tan ridículo en su posesión.

Cuando al salir a la calle, su ama repartía saludos a izquierda y derecha, él se deslizaba cortésmente por la oreja derecha y preparaba su evasión, pero al instante la brisa picaresca le jugaba una mala pasada y el pobre sombrero quedaba en la frente de su supuesta dueña.

Una noche… la más agitada de su vida, fue cuando lo conocí, en un mitin en el parque Libertad. Precisamente su dueña pronunciaba un discurso libertario… El sombrero tomó muy en serio sus palabras y al compás de su prédica, aprovechando el momento en que agitaba sus manos la oradora, el sombrero se fugó; poco a poco, dulcemente… así lo vi pasar, aristocrático, feliz, solo, volando hacia la libertad. El viento, su cómplice lo llevaba despacio, el huracán con los brazos cruzados observaba burlesco el acontecimiento.

Pero, ¡oh, tragedia! Terminados los aplausos, el vértigo del discurso, hubo un silencio aplastante, un suspenso trágico. La disertante al saludar sintió hueca la cabeza; pensó un segundo porqué sentía esa rara sensación de la nada: le faltaba su sombrero. Los espectadores, apesadumbrados, se miraban, qué insignificante persona tenían ante ellos o qué insignificante momento estaban pasado, que se sentían tan insignificantes.

La reacción de la soberana del sombrero fue inmediata, una desesperada mirada la llevó tras el sombrero y entre vítores lo recobró; pero no así su serenidad. Desde entonces el sombrero y ella ya no tienen quietud; cuando lo ajusta sobre su cabeza, la rebeldía comienza. Pues él, desde que tuvo un instante de libertad, se venga de la que no lo dejó partir.

La brisa coquetona ha vuelto a ser su amiga y jamás el sombrero ha estado quieto en la cabeza atormentada de la que tomó posesión de él sin su permiso.