La costurera prodigiosa

Jorge Ávalos

En una ocasión escribí un artículo sobre un proyecto de ley estancado, y no dudé en decir, en el título mismo, que la ley se encontraba en un limbo. Casi de inmediato, el diseñador de la página me informó que el limbo ya no existía.

“El Vaticano”, explicó, “determinó y fijó en el dogma que ya no existe ese lugar indeterminado y marginal fuera del cielo, el infierno y el purgatorio”.

Yo me reí, pero él hablaba en serio. Lo más importante de este incidente es que él tenía razón.

En un sentido real esa útil metáfora de un vacío moral y sin consecuencias para las almas había dejado de existir. Durante mucho tiempo existió sólo para los católicos, y fue real porque así lo había determinado el dogma. Y dado que el concepto provenía del sistema doctrinario, los católicos aprendimos del limbo por medio del catecismo y lo asumimos como una verdad y como una explicación satisfactoria del destino de las almas no tocadas por el rito y la consagración religiosa.

El limbo fue real hasta que los formuladores del dogma se retractaron y llegaron a la convicción de que era un concepto erróneo para la fe católica, al menos con respecto al limbo de los infantes, una hipótesis medieval (limbus infantium). Si los formuladores del concepto lo negaban, el término y su significado habían dejado de existir. De un día para otro, el limbo desapareció. Para los creyentes, millones de almas de niños fallecidos sin haber sido bautizados aparecieron ese día en el cielo. No podía haber vacíos en el universo de un Dios bondadoso con sus criaturas.

La fe religiosa da forma a muchos de nuestros paradigmas. Aplicamos esquemas de interpretación a la realidad con esos filtros religiosos, y la mayoría de las veces sin darnos cuenta. Cuando los Estados Unidos aplastó militarmente la invasión de las fuerzas de Irak en Kuwait en la primera “guerra del golfo”, se hizo usual cuando llegó el mes de diciembre, que los reporteros occidentales respiraran con alivio porque habría paz en el mes de la navidad, una celebración cristiana que la población musulmana de Kuwait no conoce ni celebra.

Por esta razón me sorprendió descubrir que dos corresponsales internacionales reconocían las fronteras culturales de un paradigma religioso al momento de recurrir a uno de estos conceptos para describir una situación extrema. Este es el caso de un artículo de Saeed Ahmed y de Leone Lakhani, ambos de CNN, en un reportaje especial sobre Reshma, la costurera que sobrevivió 17 días bajo los escombros de un edificio que se derrumbó en Bangladesh, The seamstress in the rubble, publicado el 15 de mayo de 2013.

El artículo comienza así:

El concepto del purgatorio no es familiar para la mayoría de los bangladesíes. Pero por la forma en que Reshma describe sus 17 angustiosos días -enterrada bajo tierra en una ciega oscuridad mientras las voces a su alrededor se desvanecían, mientras los días sofocantes sangraban en noches húmedas, y mientras se preguntaba si ella estaba en este mundo o en el próximo- es el más apto.

Con el tiempo he llegado a la convicción de que no se deben usar conceptos religiosos para describir o interpretar la realidad en el periodismo. Pero de vez en cuando reconozco las excepciones a la regla. El artículo de Ahmed y de Lakhani demuestra cómo ciertos conceptos religiosos pueden ser útiles como metáforas o como símbolos. La escritura periodística no debe renunciar a sus valores literarios. Y una metáfora o un símbolo oportunos, precisos y elocuentes, son un lenguaje universal, y pertenecen a una poética humana a la que el periodismo puede aspirar en sus mejores momentos, como en este momento, el de Reshma, la costurera prodigiosa.

Anuncios