Las herramientas para un nuevo país

Analistas publican libro “El Salvador en Construcción”, el cual aborda los principales temas en los que el país necesita priorizar para encaminarse al desarrollo en todo nivel.

Rafael Mendoza
El Diario de Hoy | Jueves 22 de junio, 2017

Escribir un libro en El Salvador es una hazaña. Más aún cuando se trata de temas áridos y espinosos. Duros. Para ponerle nombre: política, economía e inseguridad.

La tarea es más grande si se trata de brindar las claves para llevar a buen puerto el barco estatal o, al menos, estabilizarlo.

Con este propósito nació “El Salvador en Construcción”, un libro que aporta herramientas para abordar los más espinosos enfoques de la vida política y nacional, que a la vez se plantean como los más decisivos.

La economista Carolina Ávalos, coordinadora de esta publicación en la que varios expertos han intervenido desde su experiencia, explicó que el libro busca fomentar un debate que lleve a una transformación política nacional.

“La iniciativa de escribir este libro nació de la constatación que sentimos todos los que hemos contribuido a su realización y que creemos es compartida por un número cada vez mayor de salvadoreños: la convicción de que nuestro país se encuentra en un impasse que exige una profunda renovación política”, detalló.

Con tiempo robado y en medio de sus actividades profesionales, los autores han abordado ad honorem aspectos relacionados con la política, la economía, la cultura y lo social. Incluso hasta aspectos filosóficos.

Ávalos señaló que el libro parte del fenómeno de la violencia como freno para el desarrollo. ¿Qué está detrás de la violencia?, se pregunta. “La falta de oportunidades para todos”.

“El Salvador en Construcción” es un abanico que describe los principales aspectos que tienen al estado salvadoreño contra la espada y la pared. Por ejemplo, hay un apartado que habla de la continuidad y transformación de la economía, escrito por el expresidente del Banco Central de Reserva, Carlos Acevedo.

Otro aspecto en el de las políticas sociales. Ávalos aborda el tema junto con la también economista Carmen Aída Lazo. Y, más adelante, la cultura como eje olvidado del desarrollo, expuesto por el periodista y escritor Jorge Ávalos.

En este libro también hay visiones desde afuera, como la que aporta Pedro Caldentey, catedrático de la Universidad Loyola Andalucía, España, quien aborda el tema de la integración centroamericana.

En la introducción de este trabajo analítico, Ávalos llama a los conciudadanos a la reflexión, pero también al compromiso y a la participación en la política nacional.

“Hemos intentado con este libro contribuir a ambos propósitos, con la convicción de que la riqueza del debate es lo que posibilitará una transformación real en beneficio de todos”, concluye.

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El libro, patrocinado por la cooperación española, será presentado el jueves 22 de junio, 2017, a la 5:00 de la tarde en el Centro Cultural de España.

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Un fotógrafo de la vieja escuela

Sobre el fallecimiento de Felipe Ayala, un veterano del fotoperiodismo en El Salvador.

Jorge Ávalos

El fotoperiodista Felipe Ayala, quien durante más de 30 años trabajó para El Diario de Hoy, falleció el 27 de mayo de 2017 a causa de una larga enfermedad. Su deceso ocurrió a las 8:00 de la mañana en el Hospital Médico Quirúrgico, del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), donde permaneció ingresado varias semanas, víctima de una bacteria que se le alojó en el cerebro. Ayala se formó como fotoperiodista, de forma autodidacta, durante la guerra. Se unió al equipo de El Diario de Hoy en 1985. Residente en Cojutepeque, en los últimos años de su vida se dedicó a la agricultura, a través de la siembra y cosecha de naranjales.

Felipe Ayala era como un soldado raso de la fotografía. Era demasiado humilde para pensarse a sí mismo como un artista, así que concebía su trabajo como salir a batallar por la foto necesaria. Y siempre la conseguía, por su clara intuición de guerrero. Por falta de miedo no dudó nunca en salirse de la trinchera de la prudencia y en varias ocasiones, más que ningún otro fotógrafo que yo he conocido, fue apaleado; en una ocasión de forma muy grave después de haber tomado fotos de un infiltrado entre periodistas que estaba tratando de determinar quiénes estaban detrás de los reportajes sobre Belloso, el francotirador de la UES. Gracias a esas fotos esa persona fue detenida por la policía. Cuento esto porque cuando digo que Lipe se salía “de la trinchera de la prudencia” no quiero decir que Lipe era imprudente, sino que realmente era audaz y por eso no tomaba en consideración sus propios riesgos.

Arturo Silva, un fotógrafo que compartió con él siete años de trabajo, lo describió como “un amigo, un hombre con corazón de niño, enamorado de la vida y de las mujeres, pero muy respetuoso… en medio de buena camaradería, muchas bromas y tantas historias compartidas… a quien cariñosamente conocíamos como Lipe o Lipito como le gustaba que le dijeran, el mejor cliente de El Águila Negra” (un motel en el centro de San Salvador). Según Silva, Ayala fue “un Fotógrafo de la vieja escuela, de los que no le hacía mala cara al trabajo. Siempre dispuesto a ayudar y a compartir, o como decía él: ‘les voy a matar él hambre, shí’, cuando nos prestaba unos cuantos dólares.” Al recordarlo, Silva enumeró los sobrenombres que le caían a Lipe en momentos de jodarria y camaradería: “Chanchón, Tuncón, Trompa de Perro, La Caballa”.

Es verdad, Lipe era “enamorado de la vida y de las mujeres”, pero no era “respetuoso”. Y no falto el respeto a su memoria al decirlo, porque él era el que era y no el que queríamos que fuera. No creo que a ninguna mujer periodista le gustaran sus piropos. Los tiempos cambian y él nunca comprendió esto, pero como también era pintoresco, aceptamos sus fallas como parte de su idiosincrasia, que todos las tenemos. Eso es lo que hace a los equipos de trabajo: como individuos somos imperfectos, pero impulsados por el trabajo de equipo logramos cosas increíbles. Y esto sí le gustaba a él: ser parte del equipo, ser parte de algo más grande. Así que estoy seguro que allí, en el catálogo de El Diario de Hoy, hay fotos históricas muy buenas de él. La cosa es que Lipe nunca se dio cuenta de que eran “históricas” o “buenas”, lo único que le importaba es que había sacado las fotos del día. Toda una época se va con él.

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Jorge Ávalos: “El silencio y la tempestad”

Una reacción a la muerte de tres escritores centroamericanos en 2010, publicada en Nicaragua.

Jorge Ávalos

Escribí este artículo a petición de Enrique Jaramillo Levi, que me solicitó una nota en homenaje a Roberto Sosa para publicarse en la revista Maga de Panamá. De manera espontánea la escribí así, incluyendo también a Francisco Ruiz Udiel y a Rafael Menjívar Ochoa. Se publicó en Maga, número 69, agosto-diciembre de 2011, y en septiembre 17, 2011, en el suplemento “Nuevo Amanecer Cultural” de El Nuevo Diario, Managua, gracias a la invertención de Ulises Juárez Polanco.

Este año comenzó con un estremecimiento: en la madrugada del primero de enero un joven poeta nicaragüense se colgó en el garaje de la casa donde alquilaba un cuarto. Poco después se nos informó que un novelista salvadoreño estaba en guerra contra el cáncer; su última batalla llegó en abril. Y sólo un mes después, el corazón de un gran poeta hondureño se detuvo.

20110917-portadaportada_culturalDe los tres, Roberto Sosa era el más viejo. Y los viejos, como los niños, saben sorprendernos. La poesía de Sosa se distinguía por deslumbrarnos con su luminoso lirismo al hablar de los horrores de la opresión política y de la desesperación social, pero su muerte en Tegucigalpa fue, como se dice, natural. ¿Quién lo diría?

Rafael Menjívar Ochoa no tuvo tanta suerte, aunque tengo la convicción de que él habría dicho —en boca de algún cínico detective— que la muerte no tiene nada que ver con el azar. Conocido por sus novelas negras, narradas por personajes abrumados por sus propios egos, esa suerte en la que él no creía le jugó una mala pasada y le pudrió los intestinos.

En Managua, Francisco Ruiz Udiel, el más joven de todos, con el rigor y la discreción que siempre le caracterizaban, se quitó la vida con el alba del nuevo año, 2011. La última entrada de su bitácora se tituló “La muerte de Francisco”, y aunque se trataba de otro Francisco, confiesa que bajó la mirada para verificar si aún tenía la sombra de los vivos.

Centroamérica es una región violenta, pero no por ello nos acostumbramos a la muerte. Quizás lo contrario sea cierto: entre tanta zozobra política y social, la certidumbre de la muerte es casi ofensiva. No podemos discutir con ella ni podemos exigirle que nos regrese lo que nos ha quitado ni podemos protestar por lo que nos hace, año tras año, cada día. Después de todo, también anda detrás de nosotros.

Si, como decía Ungaretti, “la muerte se paga viviendo”, entonces es a la vida a quien tenemos que pedirle cuentas por quitarnos a tres hombres, de tres generaciones y de tres países vecinos que se dedicaron a combatir el silencio. Quiero admitir que en la oración anterior quise decir “escritores” o “creadores”, pero me decanté por llamarlos hombres, porque Centroamérica está perdiendo a sus hombres. Por medio de la persecución, el desempleo, el homicidio y la migración, estamos perdiendo a nuestros hombres y nadie habla de ello. Nadie sino una clase de hombres. Por esta razón, la guerra fría en la Centroamérica actual es la que se libra entre los que esgrimen solitariamente la palabra y los que nos oprimen con las fuerzas del silencio.

Hace más de un siglo, cuando aún no existían ni telégrafos ni teletipos, correos electrónicos ni aparatos receptores de microondas satelitales, había mucha más comunicación entre los escritores y los lectores de la que existe hoy. Los escritores no eran tan numerosos y los lectores eran un grupo selecto, es verdad, pero ambos, escritores y lectores, tenían algo entre los dedos, y en la punta de la lengua y en el brillo de los ojos que entre nosotros, los seres del futuro, se está extinguiendo: actitud crítica.

En el siglo XIX el pensamiento crítico no era potestad del mundo académico. Al contrario, nuestras literaturas se originan en una liberación del juicio crítico. La literatura Centroamericana llegó al mundo huérfana: un colonialismo trasnochado y un positivismo aventurero pero escuálido de carnes nos dejó consternados ante la posibilidad de ser nosotros mismos. Y sin embargo, lo logramos. Con el cubano José Martí en Guatemala, con el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo en París, con el nicaragüense Rubén Darío en El Salvador y con toda suerte de desplazamientos, exilios, destierros y marginamientos, descubrimos el modernismo antes de llegar a la modernidad.

Ya entonces la muerte nos seguía de cerca y nos quería imberbes, idealistas y lúcidos. Y cuando llegaba nos sorprendía con un aguijón, con un balazo o con una cirrosis alcohólica que llegaba prematuramente porque los aguardientes de entonces eran tan fuertes como para mantener a raya las fiebres del paludismo y los cortejos del diablo, pero no a la suerte. Esa mala suerte que persigue a nuestros poetas y a nuestros ángeles de la prosa luminosa del cambio del siglo. Esa suerte en la que no creen los detectives cínicos pero que no nos deja en paz.

Y he aquí que de nuevo estamos ante otro giro de la historia y no sabemos qué hacer. Tenemos la violencia del narcotráfico, tenemos el capitalismo depredador, tenemos la democracia conspirativa y los escritores nos mantenemos quietos mientras cae sobre nosotros el fino polvo del olvido. El corazón de Sosa se detiene. La quimioterapia de Menjívar Ochoa deja a su familia al borde de la pobreza. Y el suicidio de Ruiz Udiel nos encuentra consternados y sucios de soledad.

Pero lo que nos jode a más no poder es que no sabemos con certeza, con esa certeza que tiene la muerte para ser tan categórica, si el corazón de Sosa no palpitó en vano o si las vísceras de Menjívar Ochoa merecieron esa corrupción o si la asfixia de Ruiz Udiel es una impugnación a algo más terrible que la vida misma o, peor aún, si el suicidio es una pregunta que no sabremos responder jamás. De interrogantes tan íntimas y personales se nutre la imaginación del autor.

Algunos me dirán que cómo me atrevo a pensar así, que cómo me atrevo a cuestionar la potestad de la palabra sobre la muerte. Sosa es grande, cabrón. Menjívar Ochoa fue un gran amigo, y Ruiz Udiel fue un bardo enamorado de la palabra pura. Pero sucede que yo tengo mi propio juicio crítico. Y disiento, por tres razones que son a su vez, las tres muertes inquietas de tres inquietantes escritores.

Sospecho que la grandeza de la poesía centroamericana no cabe en la calificación de “gran poeta hondureño”, porque la literatura hondureña no existe, el menos entre nosotros los centroamericanos. Yo sé, porque lo sé, que Menjívar Ochoa se dejaba guiar por una pulsión de muerte que lo llevaba inexorablemente hacia el lugar más recóndito del alma, un lugar donde no caben los amigos. Y sospecho, porque aún no lo puedo asegurar, que Ruiz Udiel brilla por sus ambigüedades y oscuros enigmas más que por esos versos traidoramente incluidos en una reciente antología por ser tan “comprensibles”.

Nadie escribe para posicionarse con claridad ante la incertidumbre, a menos que se trate de un filósofo del siglo dieciocho. ¿Alguien ha leído el poema “Sonatina” de Rubén Darío recientemente? Aquél que comienza con el verso: “La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?” Ese no es un poema inocente: es sobre el despertar de la sexualidad en una niña. ¿Alguien ha confrontado —alguna vez, por primera vez— la novela El Señor Presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias? Esa música verbal no es un canto de protesta, sino un deslumbramiento: toma como punto de partida el encuentro de la luz en los antros más oscuros de la miseria. ¿Y qué decir de los extraordinarios poemas Miguel Arcángel de Eunice Odio, o Dónde llegan los pasos de la salvadoreña Claudia Lars? Esos grandes poemas anuncian, con persuasiva incomprensión, que lo inexpresable existe.

Si alguien quiere certidumbre, ahí está la muerte. La literatura Centroamericana es una invitación a la turbación, a la angustia, a la paradoja, al enigma, a la confusión, a la inquietud y sí, también, a la incertidumbre. Antes de matar, el sicario de una novela de Menjívar Ochoa contempla el cuerpo dormido de su víctima: su sueño plácido, su candor casi infantil. En Panamá, en el 2005, en una lectura dominada por poesía erótica y amorosa, Ruiz Udiel nos habló con oscuro deseo de las poetas suicidas, esas que todos los poetas amamos secretamente: Alejandra Pizarnik, para unos; y Sylvia Plath, para otros (dulce y dolorosa amargura en ambos casos: placer puro, perdición total).

Y Sosa, el más viejo de nuestros nuevos muertos, no nos dejó un legado de certidumbre. Él comprendió mejor que nadie que la literatura hondureña no existirá mientras no exista una literatura centroamericana, un concierto de voces con sus propios vasos comunicantes, sus propias editoriales y su propio pensamiento crítico. Los pobres, nos dijo una vez, “entran y salen por espejos de sangre”, un verso que aún me hace temblar. Más al punto es su declaración de estilo, en la que afirmó, refiriéndose a la diferencia entre lo ya conocido y lo eternamente ignorado: “Desprecio en toda línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del oro. Por ello adoro el mar y su silencio previo a la tempestad”.

De eso estamos hablando, de la asombrosa tempestad de una literatura que termine al fin con ese silencio que nos divide con sus sangrientas fronteras, una tempestad que nos permita concebir y crear una América bella y brutal, una América insólita pero nuestra, una América de la imaginación, compacta y central, donde no haya lugar para la muerte.

Cuentos de guerra de Jorge Ávalos en la revista Los Heraldos Negros

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Cuentos breves y realistas publicados en México.

La revista bimestral mexicana de creación literaria y análisis político Los Heraldos Negros publica, en su edición de marzo-abril de 2017, un número dedicado a las Dictaduras y Golpes de Estado. En la sección Escribir para Transformar se incluye una secuencia narrativa del escritor salvadoreño Jorge Ávalos bajo el título común: “Signos vitales: cinco cuentos escritos desde un estado de terror político”. Escritos durante la guerra de El Salvador en la década de 1980, los textos, breves pero intensos, tratan sobre la persecusión política, la tortura, la muerte y la situación de los niños en los frentes de guerra. Narrados sin sentimentalismos ni posturas políticas, cada uno de los cuentos es un retrato compasivo de personajes en situaciones extremas.

Puedes leer estos cuentos del escritor salvadoreño galardonado con los premios centroamericanos de literatura Sinán de Panamá 2004 y Monteforte Toledo de Guatemala 2012 en el siguiente enlace:

“Signos vitales: cinco cuentos escritos desde un estado de terror político”

  • Lo indecible
  • Cosas de niños
  • Baratijas
  • Signos vitales
  • Cadalso

Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.