Jorge Ávalos: “El silencio y la tempestad”

Una reacción a la muerte de tres escritores centroamericanos en 2010, publicada en Nicaragua.

Jorge Ávalos

Escribí este artículo a petición de Enrique Jaramillo Levi, que me solicitó una nota en homenaje a Roberto Sosa para publicarse en la revista Maga de Panamá. De manera espontánea la escribí así, incluyendo también a Francisco Ruiz Udiel y a Rafael Menjívar Ochoa. Se publicó en Maga, número 69, agosto-diciembre de 2011, y en septiembre 17, 2011, en el suplemento “Nuevo Amanecer Cultural” de El Nuevo Diario, Managua, gracias a la invertención de Ulises Juárez Polanco.

Este año comenzó con un estremecimiento: en la madrugada del primero de enero un joven poeta nicaragüense se colgó en el garaje de la casa donde alquilaba un cuarto. Poco después se nos informó que un novelista salvadoreño estaba en guerra contra el cáncer; su última batalla llegó en abril. Y sólo un mes después, el corazón de un gran poeta hondureño se detuvo.

20110917-portadaportada_culturalDe los tres, Roberto Sosa era el más viejo. Y los viejos, como los niños, saben sorprendernos. La poesía de Sosa se distinguía por deslumbrarnos con su luminoso lirismo al hablar de los horrores de la opresión política y de la desesperación social, pero su muerte en Tegucigalpa fue, como se dice, natural. ¿Quién lo diría?

Rafael Menjívar Ochoa no tuvo tanta suerte, aunque tengo la convicción de que él habría dicho —en boca de algún cínico detective— que la muerte no tiene nada que ver con el azar. Conocido por sus novelas negras, narradas por personajes abrumados por sus propios egos, esa suerte en la que él no creía le jugó una mala pasada y le pudrió los intestinos.

En Managua, Francisco Ruiz Udiel, el más joven de todos, con el rigor y la discreción que siempre le caracterizaban, se quitó la vida con el alba del nuevo año, 2011. La última entrada de su bitácora se tituló “La muerte de Francisco”, y aunque se trataba de otro Francisco, confiesa que bajó la mirada para verificar si aún tenía la sombra de los vivos.

Centroamérica es una región violenta, pero no por ello nos acostumbramos a la muerte. Quizás lo contrario sea cierto: entre tanta zozobra política y social, la certidumbre de la muerte es casi ofensiva. No podemos discutir con ella ni podemos exigirle que nos regrese lo que nos ha quitado ni podemos protestar por lo que nos hace, año tras año, cada día. Después de todo, también anda detrás de nosotros.

Si, como decía Ungaretti, “la muerte se paga viviendo”, entonces es a la vida a quien tenemos que pedirle cuentas por quitarnos a tres hombres, de tres generaciones y de tres países vecinos que se dedicaron a combatir el silencio. Quiero admitir que en la oración anterior quise decir “escritores” o “creadores”, pero me decanté por llamarlos hombres, porque Centroamérica está perdiendo a sus hombres. Por medio de la persecución, el desempleo, el homicidio y la migración, estamos perdiendo a nuestros hombres y nadie habla de ello. Nadie sino una clase de hombres. Por esta razón, la guerra fría en la Centroamérica actual es la que se libra entre los que esgrimen solitariamente la palabra y los que nos oprimen con las fuerzas del silencio.

Hace más de un siglo, cuando aún no existían ni telégrafos ni teletipos, correos electrónicos ni aparatos receptores de microondas satelitales, había mucha más comunicación entre los escritores y los lectores de la que existe hoy. Los escritores no eran tan numerosos y los lectores eran un grupo selecto, es verdad, pero ambos, escritores y lectores, tenían algo entre los dedos, y en la punta de la lengua y en el brillo de los ojos que entre nosotros, los seres del futuro, se está extinguiendo: actitud crítica.

En el siglo XIX el pensamiento crítico no era potestad del mundo académico. Al contrario, nuestras literaturas se originan en una liberación del juicio crítico. La literatura Centroamericana llegó al mundo huérfana: un colonialismo trasnochado y un positivismo aventurero pero escuálido de carnes nos dejó consternados ante la posibilidad de ser nosotros mismos. Y sin embargo, lo logramos. Con el cubano José Martí en Guatemala, con el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo en París, con el nicaragüense Rubén Darío en El Salvador y con toda suerte de desplazamientos, exilios, destierros y marginamientos, descubrimos el modernismo antes de llegar a la modernidad.

Ya entonces la muerte nos seguía de cerca y nos quería imberbes, idealistas y lúcidos. Y cuando llegaba nos sorprendía con un aguijón, con un balazo o con una cirrosis alcohólica que llegaba prematuramente porque los aguardientes de entonces eran tan fuertes como para mantener a raya las fiebres del paludismo y los cortejos del diablo, pero no a la suerte. Esa mala suerte que persigue a nuestros poetas y a nuestros ángeles de la prosa luminosa del cambio del siglo. Esa suerte en la que no creen los detectives cínicos pero que no nos deja en paz.

Y he aquí que de nuevo estamos ante otro giro de la historia y no sabemos qué hacer. Tenemos la violencia del narcotráfico, tenemos el capitalismo depredador, tenemos la democracia conspirativa y los escritores nos mantenemos quietos mientras cae sobre nosotros el fino polvo del olvido. El corazón de Sosa se detiene. La quimioterapia de Menjívar Ochoa deja a su familia al borde de la pobreza. Y el suicidio de Ruiz Udiel nos encuentra consternados y sucios de soledad.

Pero lo que nos jode a más no poder es que no sabemos con certeza, con esa certeza que tiene la muerte para ser tan categórica, si el corazón de Sosa no palpitó en vano o si las vísceras de Menjívar Ochoa merecieron esa corrupción o si la asfixia de Ruiz Udiel es una impugnación a algo más terrible que la vida misma o, peor aún, si el suicidio es una pregunta que no sabremos responder jamás. De interrogantes tan íntimas y personales se nutre la imaginación del autor.

Algunos me dirán que cómo me atrevo a pensar así, que cómo me atrevo a cuestionar la potestad de la palabra sobre la muerte. Sosa es grande, cabrón. Menjívar Ochoa fue un gran amigo, y Ruiz Udiel fue un bardo enamorado de la palabra pura. Pero sucede que yo tengo mi propio juicio crítico. Y disiento, por tres razones que son a su vez, las tres muertes inquietas de tres inquietantes escritores.

Sospecho que la grandeza de la poesía centroamericana no cabe en la calificación de “gran poeta hondureño”, porque la literatura hondureña no existe, el menos entre nosotros los centroamericanos. Yo sé, porque lo sé, que Menjívar Ochoa se dejaba guiar por una pulsión de muerte que lo llevaba inexorablemente hacia el lugar más recóndito del alma, un lugar donde no caben los amigos. Y sospecho, porque aún no lo puedo asegurar, que Ruiz Udiel brilla por sus ambigüedades y oscuros enigmas más que por esos versos traidoramente incluidos en una reciente antología por ser tan “comprensibles”.

Nadie escribe para posicionarse con claridad ante la incertidumbre, a menos que se trate de un filósofo del siglo dieciocho. ¿Alguien ha leído el poema “Sonatina” de Rubén Darío recientemente? Aquél que comienza con el verso: “La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?” Ese no es un poema inocente: es sobre el despertar de la sexualidad en una niña. ¿Alguien ha confrontado —alguna vez, por primera vez— la novela El Señor Presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias? Esa música verbal no es un canto de protesta, sino un deslumbramiento: toma como punto de partida el encuentro de la luz en los antros más oscuros de la miseria. ¿Y qué decir de los extraordinarios poemas Miguel Arcángel de Eunice Odio, o Dónde llegan los pasos de la salvadoreña Claudia Lars? Esos grandes poemas anuncian, con persuasiva incomprensión, que lo inexpresable existe.

Si alguien quiere certidumbre, ahí está la muerte. La literatura Centroamericana es una invitación a la turbación, a la angustia, a la paradoja, al enigma, a la confusión, a la inquietud y sí, también, a la incertidumbre. Antes de matar, el sicario de una novela de Menjívar Ochoa contempla el cuerpo dormido de su víctima: su sueño plácido, su candor casi infantil. En Panamá, en el 2005, en una lectura dominada por poesía erótica y amorosa, Ruiz Udiel nos habló con oscuro deseo de las poetas suicidas, esas que todos los poetas amamos secretamente: Alejandra Pizarnik, para unos; y Sylvia Plath, para otros (dulce y dolorosa amargura en ambos casos: placer puro, perdición total).

Y Sosa, el más viejo de nuestros nuevos muertos, no nos dejó un legado de certidumbre. Él comprendió mejor que nadie que la literatura hondureña no existirá mientras no exista una literatura centroamericana, un concierto de voces con sus propios vasos comunicantes, sus propias editoriales y su propio pensamiento crítico. Los pobres, nos dijo una vez, “entran y salen por espejos de sangre”, un verso que aún me hace temblar. Más al punto es su declaración de estilo, en la que afirmó, refiriéndose a la diferencia entre lo ya conocido y lo eternamente ignorado: “Desprecio en toda línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del oro. Por ello adoro el mar y su silencio previo a la tempestad”.

De eso estamos hablando, de la asombrosa tempestad de una literatura que termine al fin con ese silencio que nos divide con sus sangrientas fronteras, una tempestad que nos permita concebir y crear una América bella y brutal, una América insólita pero nuestra, una América de la imaginación, compacta y central, donde no haya lugar para la muerte.

Cuentos de guerra de Jorge Ávalos en la revista Los Heraldos Negros

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Cuentos breves y realistas publicados en México.

La revista bimestral mexicana de creación literaria y análisis político Los Heraldos Negros publica, en su edición de marzo-abril de 2017, un número dedicado a las Dictaduras y Golpes de Estado. En la sección Escribir para Transformar se incluye una secuencia narrativa del escritor salvadoreño Jorge Ávalos bajo el título común: “Signos vitales: cinco cuentos escritos desde un estado de terror político”. Escritos durante la guerra de El Salvador en la década de 1980, los textos, breves pero intensos, tratan sobre la persecusión política, la tortura, la muerte y la situación de los niños en los frentes de guerra. Narrados sin sentimentalismos ni posturas políticas, cada uno de los cuentos es un retrato compasivo de personajes en situaciones extremas.

Puedes leer estos cuentos del escritor salvadoreño galardonado con los premios centroamericanos de literatura Sinán de Panamá 2004 y Monteforte Toledo de Guatemala 2012 en el siguiente enlace:

“Signos vitales: cinco cuentos escritos desde un estado de terror político”

  • Lo indecible
  • Cosas de niños
  • Baratijas
  • Signos vitales
  • Cadalso

Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.

“Ángel de la guarda” de Jorge Ávalos

DOSSIER DE LA OBRA TEATRAL / FICHA TÉCNICA / ARCHIVO DE PRENSA

Ángel de la guarda

de Jorge Ávalos

Dirección:
Roberto Salomón

Elenco:
Naara Salomón – Angélica / Ángel de la guarda

Estreno mundial:
Jueves 24 de agosto de 2006
Teatro Luis Poma
San Salvador

 


SINÓPSIS

¿Cuál es la línea que divide la realidad de los sueños?

En el mundo de Angélica, una niña de catorce años, esa línea se borra el día en que su ángel de la guarda decide contar la historia prohibida de la pérdida de su inocencia.

Sin tapujos, Ángel de la Guarda trata de la realidad del incesto como un golpe al alma de una adolescente, pero lo hace desde su propia perspectiva y en sus propios términos.

Al confrontar su pasado, la riqueza de su visión original del mundo es restituida, al mismo tiempo que desenmascara y expone lo indecible.

Ángel de la Guarda es también una obra sobre la espiritualidad en la vida de los niños, sobre la magia liberadora de las palabras y sobre el poder de la imaginación para convocar, confrontar y vencer a los fantasmas del pasado.


FICHA TÉCNICA COMPLETA

 

  • Título: Ángel de la guarda (2004)
  • Dramaturgia: Jorge Ávalos (El Salvador, 1964)
  • Adaptación escénica: Naara Salomón
  • Dirección: Roberto Salomón
  • Actuación: Naara Salomón
  • Producción ejecutiva: Teatro Luis Poma
  • Patrocinio: Fundación Poma
  • Diseño de luces: César Noé González
  • Escenografía y vestuarios: Naara Salomón
  • Confección del traje del ángel: Pasita Lazo
  • Artesanía teatral: Elizabeth Guzmán / Carlos Quijada
  • Proyecciones: Maura Mendoza, modelo, en el rol de Angélica joven; fotografías de Tomás Guevara
  • Canciones: “Para cuando me vaya”, letra y música de Amaury Pérez; “Canción de cuna”, letra de Jorge Ávalos, música de Naara Salomón
  • Música: Isaac Albéniz interpretado por John Williams; Franz Schubert interpretado por Murray Perahia
  • Banda sonora: Roberto Quezada
  • Género: Monólogo / Teatro de objetos / Psicodrama / Sociodrama / Monodrama
  • Estreno mundial en El Salvador: Jueves 24 de agosto de 2006 en el Teatro Luis Poma, San Salvador
  • Estreno en Argentina: Miércoles 27 de agosto de 2014 en el Teatro Nacional Cervantes, Sala Luisa Vehil, Buenos Aires
  • Estreno en Honduras: Jueves 2 de octubre de 2014 en el Teatro Memorias, Tegucigalpa
  • Temas claves: ángel, espiritualidad, realismo mágico, abuso infantil, psicología del abuso
  • Duración: 60 minutos
  • Agradecimientos a: Licry Bicard

ARCHIVO DE PRENSA

 

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Jorge Ávalos: “Un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo”

El escritor salvadoreño Jorge Ávalos discute el valor y la función limitada pero constructiva de los talleres literarios. Esta entrevista de fondo fue realizada por la periodista Gabriela Mendoza para sustentar el artículo “Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación”, publicado en El Diario de Hoy el miércoles 27 de enero de 2010.

Gabriela Mendoza

Usted dijo que el tipo de taller que impartía era diferente a los demás, ¿qué tiene de diferente?

Nadie puede aprender a ser escritor por medio de un taller. Sin embargo, un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo, al potencial que ya está en nosotros, y puede mostrar opciones para canalizar el talento o la necesidad apremiante para la expresión personal. Los contenidos, la metodología y el diseño de mis talleres obedecen a esta convicción.

¿Qué temáticas incluye en los talleres que brinda?

Cada sesión de un taller debe estar estructurada alrededor de un objetivo de enseñanza. Los contenidos corresponden a estos objetivos. Yo me concentro en tres metas claramente definidas: la primera es desarrollar las habilidades de percepción de los estudiantes; la segunda es trabajar la memoria como fuente inagotable de inspiración; y la tercera es ejercitar la voluntad y el hábito de trabajo, que requiere dedicación y pasión constante.

¿Incluye alguna metodología para sus alumnos?

Sí. Mis estudiantes dedican un tercio del tiempo haciendo actividades prácticas para ejercitar la percepción sensorial; otro tercio, en ejercicios de memoria y de imaginación; y otro tercio en ejercicios de escritura.

Por lo general, ¿cuánto tiempo duran los talleres?

Yo prefiero una estructura de una sesión a la semana durante dos meses. Un taller debe ofrecer espacio para que el escritor trabaje por su cuenta y también debe tener un límite para que el escritor se gradúe de esa etapa y ponga a prueba lo que ha aprendido.

¿Qué se espera de los alumnos, que escriban algo grande, que publiquen?

No. Un taller es un período de proceso que permite la experimentación y la libertad. No es necesario que un participante escriba algo “grande”. Lo más importante que un taller le ofrece al participante es la oportunidad para asumir la voluntad de crear por medio de la palabra. Para llegar a eso, el instructor tendrá que brindar nuevas herramientas y el participante deberá descubrir y utilizar sus propias habilidades y talento. Aun así, no niego el poder de la publicación. Los resultados de mi último taller de narrativa, organizado por el Foro de Escritores, fueron publicados, y tanto los participantes como yo nos sentimos muy orgullosos de los logros, tan evidentes.

¿Es importante que se impartan talleres de literatura en el país?

Sí, en la medida en que estén bien diseñados y con el interés del participante en mente.

¿Se considera detractor o partidario de los talleres?

Soy partidario de motivar la imaginación y la creación por cualquier medio, pero me opongo a las siguientes deformaciones de un taller, y las cuales he visto en El Salvador: primero, un taller no debe ser permanente, porque esto crea un sentido de dependencia en el taller por parte del participante; segundo, un taller no debe convertirse en una capilla para el escritor que lo imparte, porque esto atrofia el talento individual del participante o la percepción que tiene de la literatura; por último, un taller debe ser un espacio de confianza en el que no se viole la distancia saludable que debe existir entre la persona que imparte el taller y la persona que lo recibe. Este último punto es un imperativo ético que está a la raíz de cómo funciona un taller: los participantes son vulnerables porque comparten sus historias personales, nos abren sus corazones y exponen sus emociones. Por lo tanto, violar ese vínculo de mutua confianza es siempre un abuso de poder.

¿Recomendaría a los jóvenes que quieren empezar una “carrera” como escritores que se acerquen a los talleres literarios para formarse como tales?

Algunos de los participantes en mis talleres, que sentían que no podían escribir, son ahora escritores de oficio, algunos de ellos periodistas. Esto sucedió porque encontraron la confianza en sí mismos para confirmar una vocación que ya estaba latente. Así que sí es posible usar un taller para explorar la posibilidad de una carrera como escritor, como comunicador o como periodista.

¿Cuál es el papel del director del taller y cuál el del alumno?

Un taller es un proceso participativo. El instructor del taller es ante todo un moderador que dirige al alumno a través de un proceso de auto aprendizaje. Mi filosofía es que el escritor se hace a sí mismo. No puede ser de otra manera porque escribir es una tarea muy solitaria y necesitamos aprender a gozar de esa soledad creativa.

Puede mencionar algunas experiencias enriquecedoras cuando ha impartido los talleres, algún caso en especial.

Yo tengo un ejercicio que llamo “del ángel”, que funciona como una frontera, puesto que siempre logra que el participante escriba algo profundo acerca de sí mismo: a menudo se convierte en la primera vez en que el participante escucha su propia voz. Casi siempre, más de alguno se pone a llorar al leer los resultados de ese ejercicio. Ese momento siempre es emocionante y enriquecedor para todos.

¿Algún resultado de sus talleres lo ha sorprendido?

Sí. Hay gente que desborda talento y uno no puede más que maravillarse. También he descubierto que hay escritores ya publicados, suelen ser hombres, que sufren una crisis del ego cuando nadie los elogia en los talleres. Es un fenómeno muy extraño que desaparece cuando aprenden a superar estímulos externos y se enfocan en sus propias fuerzas internas.

¿Qué debería esperar un alumno al terminar su taller de escritura?

Encontrar su propia voz.

 


Esta entrevista es citada en un artículo de Gabriela Mendoza, Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación, publicada en El Diario de Hoy el 27 de enero de 2010.