Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.

“Ángel de la guarda” de Jorge Ávalos

DOSSIER DE LA OBRA TEATRAL / FICHA TÉCNICA / ARCHIVO DE PRENSA

Ángel de la guarda

de Jorge Ávalos

Dirección:
Roberto Salomón

Elenco:
Naara Salomón – Angélica / Ángel de la guarda

Estreno mundial:
Jueves 24 de agosto de 2006
Teatro Luis Poma
San Salvador

 


SINÓPSIS

¿Cuál es la línea que divide la realidad de los sueños?

En el mundo de Angélica, una niña de catorce años, esa línea se borra el día en que su ángel de la guarda decide contar la historia prohibida de la pérdida de su inocencia.

Sin tapujos, Ángel de la Guarda trata de la realidad del incesto como un golpe al alma de una adolescente, pero lo hace desde su propia perspectiva y en sus propios términos.

Al confrontar su pasado, la riqueza de su visión original del mundo es restituida, al mismo tiempo que desenmascara y expone lo indecible.

Ángel de la Guarda es también una obra sobre la espiritualidad en la vida de los niños, sobre la magia liberadora de las palabras y sobre el poder de la imaginación para convocar, confrontar y vencer a los fantasmas del pasado.


FICHA TÉCNICA COMPLETA

 

  • Título: Ángel de la guarda (2004)
  • Dramaturgia: Jorge Ávalos (El Salvador, 1964)
  • Adaptación escénica: Naara Salomón
  • Dirección: Roberto Salomón
  • Actuación: Naara Salomón
  • Producción ejecutiva: Teatro Luis Poma
  • Patrocinio: Fundación Poma
  • Diseño de luces: César Noé González
  • Escenografía y vestuarios: Naara Salomón
  • Confección del traje del ángel: Pasita Lazo
  • Artesanía teatral: Elizabeth Guzmán / Carlos Quijada
  • Proyecciones: Maura Mendoza, modelo, en el rol de Angélica joven; fotografías de Tomás Guevara
  • Canciones: “Para cuando me vaya”, letra y música de Amaury Pérez; “Canción de cuna”, letra de Jorge Ávalos, música de Naara Salomón
  • Música: Isaac Albéniz interpretado por John Williams; Franz Schubert interpretado por Murray Perahia
  • Banda sonora: Roberto Quezada
  • Género: Monólogo / Teatro de objetos / Psicodrama / Sociodrama / Monodrama
  • Estreno mundial en El Salvador: Jueves 24 de agosto de 2006 en el Teatro Luis Poma, San Salvador
  • Estreno en Argentina: Miércoles 27 de agosto de 2014 en el Teatro Nacional Cervantes, Sala Luisa Vehil, Buenos Aires
  • Estreno en Honduras: Jueves 2 de octubre de 2014 en el Teatro Memorias, Tegucigalpa
  • Temas claves: ángel, espiritualidad, realismo mágico, abuso infantil, psicología del abuso
  • Duración: 60 minutos
  • Agradecimientos a: Licry Bicard

ARCHIVO DE PRENSA

 

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Jorge Ávalos: “Un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo”

El escritor salvadoreño Jorge Ávalos discute el valor y la función limitada pero constructiva de los talleres literarios. Esta entrevista de fondo fue realizada por la periodista Gabriela Mendoza para sustentar el artículo “Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación”, publicado en El Diario de Hoy el miércoles 27 de enero de 2010.

Gabriela Mendoza

Usted dijo que el tipo de taller que impartía era diferente a los demás, ¿qué tiene de diferente?

Nadie puede aprender a ser escritor por medio de un taller. Sin embargo, un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo, al potencial que ya está en nosotros, y puede mostrar opciones para canalizar el talento o la necesidad apremiante para la expresión personal. Los contenidos, la metodología y el diseño de mis talleres obedecen a esta convicción.

¿Qué temáticas incluye en los talleres que brinda?

Cada sesión de un taller debe estar estructurada alrededor de un objetivo de enseñanza. Los contenidos corresponden a estos objetivos. Yo me concentro en tres metas claramente definidas: la primera es desarrollar las habilidades de percepción de los estudiantes; la segunda es trabajar la memoria como fuente inagotable de inspiración; y la tercera es ejercitar la voluntad y el hábito de trabajo, que requiere dedicación y pasión constante.

¿Incluye alguna metodología para sus alumnos?

Sí. Mis estudiantes dedican un tercio del tiempo haciendo actividades prácticas para ejercitar la percepción sensorial; otro tercio, en ejercicios de memoria y de imaginación; y otro tercio en ejercicios de escritura.

Por lo general, ¿cuánto tiempo duran los talleres?

Yo prefiero una estructura de una sesión a la semana durante dos meses. Un taller debe ofrecer espacio para que el escritor trabaje por su cuenta y también debe tener un límite para que el escritor se gradúe de esa etapa y ponga a prueba lo que ha aprendido.

¿Qué se espera de los alumnos, que escriban algo grande, que publiquen?

No. Un taller es un período de proceso que permite la experimentación y la libertad. No es necesario que un participante escriba algo “grande”. Lo más importante que un taller le ofrece al participante es la oportunidad para asumir la voluntad de crear por medio de la palabra. Para llegar a eso, el instructor tendrá que brindar nuevas herramientas y el participante deberá descubrir y utilizar sus propias habilidades y talento. Aun así, no niego el poder de la publicación. Los resultados de mi último taller de narrativa, organizado por el Foro de Escritores, fueron publicados, y tanto los participantes como yo nos sentimos muy orgullosos de los logros, tan evidentes.

¿Es importante que se impartan talleres de literatura en el país?

Sí, en la medida en que estén bien diseñados y con el interés del participante en mente.

¿Se considera detractor o partidario de los talleres?

Soy partidario de motivar la imaginación y la creación por cualquier medio, pero me opongo a las siguientes deformaciones de un taller, y las cuales he visto en El Salvador: primero, un taller no debe ser permanente, porque esto crea un sentido de dependencia en el taller por parte del participante; segundo, un taller no debe convertirse en una capilla para el escritor que lo imparte, porque esto atrofia el talento individual del participante o la percepción que tiene de la literatura; por último, un taller debe ser un espacio de confianza en el que no se viole la distancia saludable que debe existir entre la persona que imparte el taller y la persona que lo recibe. Este último punto es un imperativo ético que está a la raíz de cómo funciona un taller: los participantes son vulnerables porque comparten sus historias personales, nos abren sus corazones y exponen sus emociones. Por lo tanto, violar ese vínculo de mutua confianza es siempre un abuso de poder.

¿Recomendaría a los jóvenes que quieren empezar una “carrera” como escritores que se acerquen a los talleres literarios para formarse como tales?

Algunos de los participantes en mis talleres, que sentían que no podían escribir, son ahora escritores de oficio, algunos de ellos periodistas. Esto sucedió porque encontraron la confianza en sí mismos para confirmar una vocación que ya estaba latente. Así que sí es posible usar un taller para explorar la posibilidad de una carrera como escritor, como comunicador o como periodista.

¿Cuál es el papel del director del taller y cuál el del alumno?

Un taller es un proceso participativo. El instructor del taller es ante todo un moderador que dirige al alumno a través de un proceso de auto aprendizaje. Mi filosofía es que el escritor se hace a sí mismo. No puede ser de otra manera porque escribir es una tarea muy solitaria y necesitamos aprender a gozar de esa soledad creativa.

Puede mencionar algunas experiencias enriquecedoras cuando ha impartido los talleres, algún caso en especial.

Yo tengo un ejercicio que llamo “del ángel”, que funciona como una frontera, puesto que siempre logra que el participante escriba algo profundo acerca de sí mismo: a menudo se convierte en la primera vez en que el participante escucha su propia voz. Casi siempre, más de alguno se pone a llorar al leer los resultados de ese ejercicio. Ese momento siempre es emocionante y enriquecedor para todos.

¿Algún resultado de sus talleres lo ha sorprendido?

Sí. Hay gente que desborda talento y uno no puede más que maravillarse. También he descubierto que hay escritores ya publicados, suelen ser hombres, que sufren una crisis del ego cuando nadie los elogia en los talleres. Es un fenómeno muy extraño que desaparece cuando aprenden a superar estímulos externos y se enfocan en sus propias fuerzas internas.

¿Qué debería esperar un alumno al terminar su taller de escritura?

Encontrar su propia voz.

 


Esta entrevista es citada en un artículo de Gabriela Mendoza, Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación, publicada en El Diario de Hoy el 27 de enero de 2010.

A Few Words About Nothing

A Choral Play on the Subject of Race

 

By Jorge Ávalos

 

FOR AN UNDETERMINED NUMBER OF PLAYERS

 

This is a choral work made out of phrases and opinions about race and racism. Each sentence must be assigned to the players (actors or vocal performers) by the director, depending on the number of players.

None of the statements are meant to represent absolute truths. The point is to have the phrases be spoken, clearly and quickly, until the sense of an intense exchange of images and ideas is created. Within each numbered section, the statements can be spoken in the present order or in an order defined by the director, some can be repeated, and they can be said in a whisper or aloud, until the whole work projects a feeling of a spoken choral work. The first part is a bit narrative and it should end more or less in the same way, so as to give a sense of closure.

 

Introduction

A single player appears on the stage and reads from a book the following statement:

“Race is everything or nothing”. John Edgar Wideman.

The rest of the players appears on the stage. The book is given to another player, who gives the book to another player and then another until, somehow, the book has disappeared. The players begin to glance at each other until there is a need to speak. The play begins.

 

1.

And we thought the old trickster was dead.

Race, the old trickster… He’s back.

He arrived and came into our house as if he had never left.

He sat at our table.

He asked for a piece of our bread, for a hot cup of coffee.

We shared with him the little food we had left.

He was dark and silent.

We told him we had heard the stories and the songs.

“The tricks and the mayhem are now legend,” we said.

“Neither plagues nor wars have had the power to stop you”.

“You have wrestled the devil himself, we’ve heard.”

He didn’t say a word. He drank his black coffee.

We wanted to hear yet another story, perhaps a story about ourselves.

Instead, he placed his old bag of tricks on the table and gave us back what he had taken from us. And then he left, once again.

We just wanted to hear another story.

 

2.

Race is an old, timeless trickster.

The dark angel of history.

The evil twin of progress.

Welcome to the circus of reality, where race is the ringmaster.

Welcome to the New World, this way to the looting, this way to the genocide.

Welcome to the cotton fields of America.

Welcome to Auschwitz, the gas chambers are to your right.

Welcome to Bosnia, too little, too late.

Welcome to Hiroshima, welcome to the fire.

You are the color of your skin.

You are the child of a lesser god.

You have an inferior mind.

You are trespassing.

You are illegal.

Your food is so spicy.

Your culture, so traditional.

Oh, and the funny accent.

The oriental charm.

The exotic spell.

I’d love to take that veil off your face.

 

3.

I remember the war.

I remember my sixteenth birthday in a torture chamber.

I remember the cold Christmas Eve, shortly after crossing the Mexican-American border.

I remember sleeping in the streets of San Francisco.

I remember weeping over my first warm meal in two months.

I remember the noise of English.

I remember two boys dressed as girls in the youth shelter of Mission Dolores.

I remember the prostitutes I flirted with in the alleys of the Tenderloin.

I remember my first job, caring for a rose garden.

I remember those days with a strange, dark passion.

I didn’t know who I was. And nobody gave a damn.

 

4.

Race is a political border.

The superstructure of Plato’s Republic over two thousand years in the making.

The hegemonic axis of modern capitalism.

The iron curtain that separates the powerful from the oppressed, the developed master from the developing slave.

The American Civil War was in fact an economic war, the high noon of modern history.

The South didn’t lose the war to the Yankees, they lost to the dawn of the Industrial Revolution.

Race is class.

We can’t speak about race in terms of progress.

The professor tells the history of the world as a history of technological development, as the natural progression of civilization…

But then there is race…

Racism is the reminder that there is no such thing as human progress.

After two thousand years, we are still crucifying the savior.

After two thousand years we are still the predators of our own liberation.

 

5.

To cross the political border of race is to leave behind the trickery of race.

We are afraid to leave race behind, so we stay and live amidst the trickery.

We think we can outwit the oldest trickster, but, can we wrestle the devil?

Our liberation from racism can only come about by transcending the notion of race as color, race as culture, race as the standard of measure of human value.

Our liberation from racism can only come about by implementing a just economic order, for race is above all an economic question.

There was slavery before there was racism.

There was depreciation of human value before there was colonialism.

We have misread the history of our shame because we now inhabit Plato’s cave.

We debate a story of shadows projected on the walls of a cave.

At the center of the cave, the fire of history consumes our true memories.

So I say: “Dare…”

“Dare yourself to look into the fire and listen to the words we have forgotten…”

“Revisit the mountains and the rivers of your childhood…”

“Dream the dreams that you no longer dream…”

“And forget nothing.”

 

New York, 1998.

Actriz salvadoreña destaca en muestra de teatro 2014

El monólogo Ángel de la guarda, presentado por el salvadoreño Teatro Luis Poma, brilló por la actuación de Naara Salomón.

Segisfredo Infante | La Tribuna
Domingo 2 de noviembre, 2014

Resulta que durante todo el mes de octubre del presente año, el “Teatro Memorias” de Tegucigalpa, que dirige voluntariosamente Tito Ochoa Camacho, cristalizó una rica muestra de obras regionales protagonizadas por actores y actrices de casi todos los países centroamericanos, exceptuando, por ahora, a Panamá y Belice.

Aunque es teatro contemporáneo de mucha actualidad, el mismo se conecta, directa e indirectamente, con los viejos complejos de Edipo y de Electra de la Grecia antigua… En esta parte se destacó la actriz salvadoreña Naara Salomón, con la obra Ángel de la guarda, escrita por Jorge Ávalos, dirigida por Roberto Salomón y producida por el Teatro Luis Poma de El Salvador.

Al final, el teatro alternativo “Memorias” de Tito Ochoa Camacho y de su equipo es un experimento atractivo por su anhelo ideológico pluralista, en el que hipotéticamente caben todas las líneas de pensamiento, incluyendo el absurdo y la posmodernidad. Nuestros mejores deseos porque el teatro hondureño adopte un camino de sobriedad y madurez.

 


Infante, Segisfredo. Actriz salvadoreña destaca en muestra de teatro 2014. La Tribuna, Tegucigalpa, Honduras, domingo 2 de noviembre, 2014. [Fragmento de una columna sobre varias obras].