Un fotógrafo de la vieja escuela

Sobre el fallecimiento de Felipe Ayala, un veterano del fotoperiodismo en El Salvador.

Jorge Ávalos

El fotoperiodista Felipe Ayala, quien durante más de 30 años trabajó para El Diario de Hoy, falleció el 27 de mayo de 2017 a causa de una larga enfermedad. Su deceso ocurrió a las 8:00 de la mañana en el Hospital Médico Quirúrgico, del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), donde permaneció ingresado varias semanas, víctima de una bacteria que se le alojó en el cerebro. Ayala se formó como fotoperiodista, de forma autodidacta, durante la guerra. Se unió al equipo de El Diario de Hoy en 1985. Residente en Cojutepeque, en los últimos años de su vida se dedicó a la agricultura, a través de la siembra y cosecha de naranjales.

Felipe Ayala era como un soldado raso de la fotografía. Era demasiado humilde para pensarse a sí mismo como un artista, así que concebía su trabajo como salir a batallar por la foto necesaria. Y siempre la conseguía, por su clara intuición de guerrero. Por falta de miedo no dudó nunca en salirse de la trinchera de la prudencia y en varias ocasiones, más que ningún otro fotógrafo que yo he conocido, fue apaleado; en una ocasión de forma muy grave después de haber tomado fotos de un infiltrado entre periodistas que estaba tratando de determinar quiénes estaban detrás de los reportajes sobre Belloso, el francotirador de la UES. Gracias a esas fotos esa persona fue detenida por la policía. Cuento esto porque cuando digo que Lipe se salía “de la trinchera de la prudencia” no quiero decir que Lipe era imprudente, sino que realmente era audaz y por eso no tomaba en consideración sus propios riesgos.

Arturo Silva, un fotógrafo que compartió con él siete años de trabajo, lo describió como “un amigo, un hombre con corazón de niño, enamorado de la vida y de las mujeres, pero muy respetuoso… en medio de buena camaradería, muchas bromas y tantas historias compartidas… a quien cariñosamente conocíamos como Lipe o Lipito como le gustaba que le dijeran, el mejor cliente de El Águila Negra” (un motel en el centro de San Salvador). Según Silva, Ayala fue “un Fotógrafo de la vieja escuela, de los que no le hacía mala cara al trabajo. Siempre dispuesto a ayudar y a compartir, o como decía él: ‘les voy a matar él hambre, shí’, cuando nos prestaba unos cuantos dólares.” Al recordarlo, Silva enumeró los sobrenombres que le caían a Lipe en momentos de jodarria y camaradería: “Chanchón, Tuncón, Trompa de Perro, La Caballa”.

Es verdad, Lipe era “enamorado de la vida y de las mujeres”, pero no era “respetuoso”. Y no falto el respeto a su memoria al decirlo, porque él era el que era y no el que queríamos que fuera. No creo que a ninguna mujer periodista le gustaran sus piropos. Los tiempos cambian y él nunca comprendió esto, pero como también era pintoresco, aceptamos sus fallas como parte de su idiosincrasia, que todos las tenemos. Eso es lo que hace a los equipos de trabajo: como individuos somos imperfectos, pero impulsados por el trabajo de equipo logramos cosas increíbles. Y esto sí le gustaba a él: ser parte del equipo, ser parte de algo más grande. Así que estoy seguro que allí, en el catálogo de El Diario de Hoy, hay fotos históricas muy buenas de él. La cosa es que Lipe nunca se dio cuenta de que eran “históricas” o “buenas”, lo único que le importaba es que había sacado las fotos del día. Toda una época se va con él.

lipe-ayala.jpg

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