Jorge Ávalos: “El silencio y la tempestad”

Una reacción a la muerte de tres escritores centroamericanos en 2010, publicada en Nicaragua.

Jorge Ávalos

Escribí este artículo a petición de Enrique Jaramillo Levi, que me solicitó una nota en homenaje a Roberto Sosa para publicarse en la revista Maga de Panamá. De manera espontánea la escribí así, incluyendo también a Francisco Ruiz Udiel y a Rafael Menjívar Ochoa. Se publicó en Maga, número 69, agosto-diciembre de 2011, y en septiembre 17, 2011, en el suplemento “Nuevo Amanecer Cultural” de El Nuevo Diario, Managua, gracias a la invertención de Ulises Juárez Polanco.

Este año comenzó con un estremecimiento: en la madrugada del primero de enero un joven poeta nicaragüense se colgó en el garaje de la casa donde alquilaba un cuarto. Poco después se nos informó que un novelista salvadoreño estaba en guerra contra el cáncer; su última batalla llegó en abril. Y sólo un mes después, el corazón de un gran poeta hondureño se detuvo.

20110917-portadaportada_culturalDe los tres, Roberto Sosa era el más viejo. Y los viejos, como los niños, saben sorprendernos. La poesía de Sosa se distinguía por deslumbrarnos con su luminoso lirismo al hablar de los horrores de la opresión política y de la desesperación social, pero su muerte en Tegucigalpa fue, como se dice, natural. ¿Quién lo diría?

Rafael Menjívar Ochoa no tuvo tanta suerte, aunque tengo la convicción de que él habría dicho —en boca de algún cínico detective— que la muerte no tiene nada que ver con el azar. Conocido por sus novelas negras, narradas por personajes abrumados por sus propios egos, esa suerte en la que él no creía le jugó una mala pasada y le pudrió los intestinos.

En Managua, Francisco Ruiz Udiel, el más joven de todos, con el rigor y la discreción que siempre le caracterizaban, se quitó la vida con el alba del nuevo año, 2011. La última entrada de su bitácora se tituló “La muerte de Francisco”, y aunque se trataba de otro Francisco, confiesa que bajó la mirada para verificar si aún tenía la sombra de los vivos.

Centroamérica es una región violenta, pero no por ello nos acostumbramos a la muerte. Quizás lo contrario sea cierto: entre tanta zozobra política y social, la certidumbre de la muerte es casi ofensiva. No podemos discutir con ella ni podemos exigirle que nos regrese lo que nos ha quitado ni podemos protestar por lo que nos hace, año tras año, cada día. Después de todo, también anda detrás de nosotros.

Si, como decía Ungaretti, “la muerte se paga viviendo”, entonces es a la vida a quien tenemos que pedirle cuentas por quitarnos a tres hombres, de tres generaciones y de tres países vecinos que se dedicaron a combatir el silencio. Quiero admitir que en la oración anterior quise decir “escritores” o “creadores”, pero me decanté por llamarlos hombres, porque Centroamérica está perdiendo a sus hombres. Por medio de la persecución, el desempleo, el homicidio y la migración, estamos perdiendo a nuestros hombres y nadie habla de ello. Nadie sino una clase de hombres. Por esta razón, la guerra fría en la Centroamérica actual es la que se libra entre los que esgrimen solitariamente la palabra y los que nos oprimen con las fuerzas del silencio.

Hace más de un siglo, cuando aún no existían ni telégrafos ni teletipos, correos electrónicos ni aparatos receptores de microondas satelitales, había mucha más comunicación entre los escritores y los lectores de la que existe hoy. Los escritores no eran tan numerosos y los lectores eran un grupo selecto, es verdad, pero ambos, escritores y lectores, tenían algo entre los dedos, y en la punta de la lengua y en el brillo de los ojos que entre nosotros, los seres del futuro, se está extinguiendo: actitud crítica.

En el siglo XIX el pensamiento crítico no era potestad del mundo académico. Al contrario, nuestras literaturas se originan en una liberación del juicio crítico. La literatura Centroamericana llegó al mundo huérfana: un colonialismo trasnochado y un positivismo aventurero pero escuálido de carnes nos dejó consternados ante la posibilidad de ser nosotros mismos. Y sin embargo, lo logramos. Con el cubano José Martí en Guatemala, con el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo en París, con el nicaragüense Rubén Darío en El Salvador y con toda suerte de desplazamientos, exilios, destierros y marginamientos, descubrimos el modernismo antes de llegar a la modernidad.

Ya entonces la muerte nos seguía de cerca y nos quería imberbes, idealistas y lúcidos. Y cuando llegaba nos sorprendía con un aguijón, con un balazo o con una cirrosis alcohólica que llegaba prematuramente porque los aguardientes de entonces eran tan fuertes como para mantener a raya las fiebres del paludismo y los cortejos del diablo, pero no a la suerte. Esa mala suerte que persigue a nuestros poetas y a nuestros ángeles de la prosa luminosa del cambio del siglo. Esa suerte en la que no creen los detectives cínicos pero que no nos deja en paz.

Y he aquí que de nuevo estamos ante otro giro de la historia y no sabemos qué hacer. Tenemos la violencia del narcotráfico, tenemos el capitalismo depredador, tenemos la democracia conspirativa y los escritores nos mantenemos quietos mientras cae sobre nosotros el fino polvo del olvido. El corazón de Sosa se detiene. La quimioterapia de Menjívar Ochoa deja a su familia al borde de la pobreza. Y el suicidio de Ruiz Udiel nos encuentra consternados y sucios de soledad.

Pero lo que nos jode a más no poder es que no sabemos con certeza, con esa certeza que tiene la muerte para ser tan categórica, si el corazón de Sosa no palpitó en vano o si las vísceras de Menjívar Ochoa merecieron esa corrupción o si la asfixia de Ruiz Udiel es una impugnación a algo más terrible que la vida misma o, peor aún, si el suicidio es una pregunta que no sabremos responder jamás. De interrogantes tan íntimas y personales se nutre la imaginación del autor.

Algunos me dirán que cómo me atrevo a pensar así, que cómo me atrevo a cuestionar la potestad de la palabra sobre la muerte. Sosa es grande, cabrón. Menjívar Ochoa fue un gran amigo, y Ruiz Udiel fue un bardo enamorado de la palabra pura. Pero sucede que yo tengo mi propio juicio crítico. Y disiento, por tres razones que son a su vez, las tres muertes inquietas de tres inquietantes escritores.

Sospecho que la grandeza de la poesía centroamericana no cabe en la calificación de “gran poeta hondureño”, porque la literatura hondureña no existe, el menos entre nosotros los centroamericanos. Yo sé, porque lo sé, que Menjívar Ochoa se dejaba guiar por una pulsión de muerte que lo llevaba inexorablemente hacia el lugar más recóndito del alma, un lugar donde no caben los amigos. Y sospecho, porque aún no lo puedo asegurar, que Ruiz Udiel brilla por sus ambigüedades y oscuros enigmas más que por esos versos traidoramente incluidos en una reciente antología por ser tan “comprensibles”.

Nadie escribe para posicionarse con claridad ante la incertidumbre, a menos que se trate de un filósofo del siglo dieciocho. ¿Alguien ha leído el poema “Sonatina” de Rubén Darío recientemente? Aquél que comienza con el verso: “La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?” Ese no es un poema inocente: es sobre el despertar de la sexualidad en una niña. ¿Alguien ha confrontado —alguna vez, por primera vez— la novela El Señor Presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias? Esa música verbal no es un canto de protesta, sino un deslumbramiento: toma como punto de partida el encuentro de la luz en los antros más oscuros de la miseria. ¿Y qué decir de los extraordinarios poemas Miguel Arcángel de Eunice Odio, o Dónde llegan los pasos de la salvadoreña Claudia Lars? Esos grandes poemas anuncian, con persuasiva incomprensión, que lo inexpresable existe.

Si alguien quiere certidumbre, ahí está la muerte. La literatura Centroamericana es una invitación a la turbación, a la angustia, a la paradoja, al enigma, a la confusión, a la inquietud y sí, también, a la incertidumbre. Antes de matar, el sicario de una novela de Menjívar Ochoa contempla el cuerpo dormido de su víctima: su sueño plácido, su candor casi infantil. En Panamá, en el 2005, en una lectura dominada por poesía erótica y amorosa, Ruiz Udiel nos habló con oscuro deseo de las poetas suicidas, esas que todos los poetas amamos secretamente: Alejandra Pizarnik, para unos; y Sylvia Plath, para otros (dulce y dolorosa amargura en ambos casos: placer puro, perdición total).

Y Sosa, el más viejo de nuestros nuevos muertos, no nos dejó un legado de certidumbre. Él comprendió mejor que nadie que la literatura hondureña no existirá mientras no exista una literatura centroamericana, un concierto de voces con sus propios vasos comunicantes, sus propias editoriales y su propio pensamiento crítico. Los pobres, nos dijo una vez, “entran y salen por espejos de sangre”, un verso que aún me hace temblar. Más al punto es su declaración de estilo, en la que afirmó, refiriéndose a la diferencia entre lo ya conocido y lo eternamente ignorado: “Desprecio en toda línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del oro. Por ello adoro el mar y su silencio previo a la tempestad”.

De eso estamos hablando, de la asombrosa tempestad de una literatura que termine al fin con ese silencio que nos divide con sus sangrientas fronteras, una tempestad que nos permita concebir y crear una América bella y brutal, una América insólita pero nuestra, una América de la imaginación, compacta y central, donde no haya lugar para la muerte.

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