La poesía de Alfonso Kijadurías

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ALFONSO KIJADURÍAS
(1940)

Heredero auténtico de los “poetas malditos”, se convirtió en un autor de culto con la publicación de su libro Los estados sobrenaturales (1971); el poema en prosa del título, en particular, tuvo una poderosa influencia en el desarrollo de un movimiento que el crítico Reynaldo Echeverría denominó “feísmo”, y que se distinguió porque los artistas abordaron lo grotesco de forma consciente. El resto de su obra oscila entre una poesía subterránea que convoca fuerzas oscuras, sobre el ser humano abrumado por sus circunstancias, y una poesía transparente y metafísica, que le debe más al misticismo oriental del Tao Te Ching que a Rimbaud y que se regodea en evocar la disolución del ser. También narrador, nutre su obra poética de situaciones y personajes. Su palabra, siempre lúdica, se puebla de citas, retruécanos y juegos verbales, lo cual favorece los derroteros de su imaginación febril y  barroca.

Sus principales libros de poesía son: Los estados sobrenaturales (1971); Toda razón dispersa, antología de obra publicada entre 1967-1993 (1998); Es cara musa (1997); y La certeza de la duda (2005).

Nota y fotografía de Jorge Ávalos

 

EL ESCARABAJO

Te debo esta batalla,
no así a los que un día me enseñaron a pagar
con otra moneda, este oscuro trabajo en que se pierde la memoria,
lo sabes por esta caja de Pandora, por este tamborcito
donde caen las gotas
de algún llover que hace mirar las cosas con un deleite de anfitrión,
del que mira desde los ojos de sus bolsillos un mundo pobre,
algo así como un niño, matador de insectos
a esa hora de los invernaderos, del solipsismo contra lo real
que vive adentro de estas casas,
de la mierda que dejaron los abuelos paternos
y que nosotros llevamos con desesperación.
Te la debo, porque un día lleno de amor feudal
quisiste enseñarme tus dominios
y hablaste de la razón como de un espejo recién quebrado
y a la hora de comer abrías los ojos, te dabas el lujo
de preguntar por mi salud,
recomendarme luego un viaje al exterior
pasando indiscutiblemente por el jardín botánico,
sin darte cuenta,
o por lo menos tratando de ignorar que el escarabajo se llena de su porquería,
se envuelve mejor dicho, y retorna al hoyito
como al principio de todos los orígenes,
sino lo crees podríamos hacer la prueba
yéndonos y regresando al mismo sitio, a esa hora que guardamos
los instrumentos de siempre.
Regresaremos aun cuando esa frase gastada de «quienes regresan ya no son los mismos», nos de estupor,
deseos malsanos,
ganas de escupir, reírnos como locos
pataleando sobre estos papeles donde muchos vienen a escribir
historias falsas, suicidios de muchachos increíbles,
la pérdida del pelo, el falso juego del verano, esas muchachas en plena entrega,
esas muchachas que gritan amormío con los dientes apretados.
Te debo esta batalla, a ti, quizá la última de las primeras,
esta batalla sin caballos,
sin armas,
sin escudos,
a pie,
cambiando de sonido  de lugar, haciendo de la vida la mejor coartada
para vencer estos dominios del orden, de las creencias en el
más allá, de los confetis arrojados desde el balcón más alto.
Porque estás cada vez dentro de lo posible,
circundada por todos los temores.
Esta batalla te la debo,
esta batalla de vivir llegando al mismo sitio
como el escarabajo.

 

SIEMPRE CLAVANDO, DESCLAVANDO

Siempre clavando, desclavando
y volviendo a clavar.
Siempre buscando cajas: cajas pequeñas,
cajas grandes.
Y otra vez a clavar y clavar.
Y cuando todo está en su sitio
(hasta tu corazón)
te avisan que te buscan
dos hombres sospechosos
en un carro sin placas o que en el quinto piso
(tú vives en el cuarto) se acaba de mudar
el hombre rana
y te marchas entonces a otra ciudad lejana.
Muy lejana
y comienzas de nuevo a desclavar
y buscar cajas: cajas grandes, cajas pequeñas.

 

ERÓTICA

Volcada y revolcada con las piernas abiertas  Desnuda
sin más vestidos que su desnudez avanza la babosa
su baba entusiasmada
En su rosada vulva ostenta un caracol que enardece la lengua
La sombra de la sombra gozosa de la noche se hunde entre jadeos
buscando su espesura
A nísperos maduros huelen sus pezones
y allá donde se vuelve inalcanzable la inmensidad redonda de sus frías esferas
brilla voraz la punta del cuchillo
Lucifer le clava el diente  Su lengua afilada serpiente colorada
traspasa la papaya su oscuro semillero
Otra vez el jadeo el jade condenado  Otra vez el deseo y lo deseado
gozosa muerte sin fin.

 

Poemas reproducidos con permiso del autor, Alfonso Kijadurías.

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