La poesía de Mario Noel Rodríguez

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MARIO NOEL RODRÍGUEZ
(1955)

Sus poemas son ramilletes de figuras de lenguaje, más cercanos al espíritu lúdico de Cortázar que a la tradición de la poesía coloquial, tan propia de su generación y hacia la cual se inclina naturalmente. Al enhebrar su voz poética con una irreprimible efusión de símiles, metáforas y equívocos, sus versos parecen impermeables a la lógica, pero esto no niega que el autor siga líneas temáticas coherentes. Una fascinación por las emociones suscitadas por el cine, la música pop y la literatura moderna, convierten su obra en un registro al margen de la cultura de masas, a la que celebra transformándola en una mitología personal, y en la que, por ejemplo, una actriz de cine erótico, Sylvia Kristel, o un cantante argentino de rock, Fito Páez, figuran en calidad de semidioses.

Entre sus numerosas publicaciones de poesía cabe mencionar: Epitalamio (1993); Estado Vallejo (Premio Hispanoamericano de Poesía, Quezaltenango, 1997); Agítese antes de leer (2001); Breve, breve que la vida es breve (2003); y Ruiseñoras del Edén (2011).

Nota de Jorge Ávalos

¿QUIÉN TRAE UN SACACORCHOS?

Un sacacorchos necesito a la hora de
escribir. Introducirlo feroz en las
entrañas de lo vivido, hacer que hable
despacio, que relate las flores y úlceras
del camino. Necesito un trampolín que
me lleve al encuentro de nuevas
palabras, otras risas y fragancias.
Necesito la voz de los muertos, la luz
reprimida de sus sueños, la vara mágica
que les devolverá el color. Necesito
ausentarme para ver mejor, ser socio del
animal fundador del crepúsculo.
Necesito claridad y así entender la furia
del rocío sobre los poetas dormidos.
Necesito un segundo en el que quepa
todo, ajado, oloroso a húmedo, íntimo.
Sólo un segundo para llorar papeles. Las
centurias, la eternidad la dejo a otros.

Agítese antes de leer, 2001.

 

1974

A Sylvia Kristel

Fragancia a vida eterna tiene la amante del príncipe,
olor a cuello después de la entrega.
No hay métrica para decir sus caderas trabajadas en jade.
El sudor del corazón vibra y huye.
Música barroca entra a su pelo,
querubines entonan lenguas muertas en su soñado ombligo.
Escultores sin patria, al imaginarla, lloran de tanto cielo.
Plebeyos susurramos odas a esa boca perdida en su bermellón.

En la sala de cine mi corazón no encuentra la salida.
¡Ave, musa!
¡Ave, soberbia escalera a los inviernos!

 

PERMÍTEME, AMOR

Permíteme, amor, que sea yo tu poeta,
el autor de tu historia natural.
Jorge Ávalos

Permíteme escalar los abismos donde chocarán nuestras miradas
y donde será la pedrada de la luz la que ejercerá su poder narcótico.
Permíteme balancear los océanos hacia la playa virgen
donde el navegante loco te imaginará desnuda,
subiendo los cocoteros, subiendo los espejismos.
Soy el hombre de papeles que mirará la lucha
que mantendrán tus pechos con la luna,
y en medio de tanto fuego
nacerán los animales fabulosos que amamantarás.
Permíteme avanzar sobre el turbio espinazo de los días.
Permíteme declarar zona liberada el primer rayo de luz del día,
y jugar con las libélulas
como hicieron los primeros espíritus del mundo.
Permíteme seguir en tu búsqueda,
sé que en un sitio estás, esperando por el alba,
esperándome con la furia de la gaviota
que aprisionaré hasta perder la razón…
y dormir…
y dormir hasta los días postreros.

Inédito, 2004

 

Poemas reproducidos con permiso del autor, Mario Noel Rodríguez.

El niño y su carrito

El carrito es de cuerda y el niño lo hacía correr en el atrio de la iglesia de la Compañía de Jesús en Antigua Guatemala, bajo la mirada de ángeles y santos que han estado ahí desde hace cinco siglos. Quizás esos ángeles y santos han esperado tanto tiempo para ver a este niño jugar.

© Jorge Ávalos

El niño y su carrito

La premonición

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Jorge Ávalos

Un cuento breve

Esta mañana vomité violentamente. Creí que esto lo había provocado la visión inesperada de mi ex novia con su nueva pareja, un tipo con mirada bizca y una sonrisa que dibuja su curva hacia arriba, como en la boca de peces y batracios. O como en un gecko. Como en el rostro estúpido de un gecko. Pero esta tarde, después de vomitar otra vez, comprendí que tenía que haber otra razón para mi mal. Después de lavarme la cara y la boca me serví un vaso de agua. Mientras lo hacía noté una nubosidad en medio de la garrafa. Me acerqué al cristal y descubrí algo que debió sorprenderme, pero, en cambio, me hizo feliz: en el agua flotaba la sonrisa estúpida de un gecko ahogado.

© 2014, Jorge Ávalos

 

El cuento original, «El gecko», publicado el 11 de marzo de 2012, se puede leer en: Avalorios. La fotografía de «Paletas Gecko», una tienda real de paletas artesanales en Santa Elena, es de Jorge Ávalos.