La poesía de Rafael Mendoza

Mendoza - He dicho

RAFAEL MENDOZA
(1943)

Poeta cívico, en el sentido clásico de la frase, su obra se encauza por dos claras vertientes: una lírica y otra discursiva. En ambas, lo personal y lo político se fusionan a través de una constante reflexión sobre el individuo en los avatares de la historia.

Como bien lo señaló Claudia Lars al reseñar su primer libro, su “fina ironía” es “a veces convertida en amargura”. Esa amarga desesperación ante la historia —por sus trágicos eventos políticos: la represión, el exilio, el desencanto— encuentra en los meandros de la memoria su más acertada ruta de escape. Así, por vías de la evocación, la solidaridad y el amor, Mendoza formula una poética de la resistencia ante los abusos del poder.

Obra poética: Confesiones a Marcia (1970); Los muertos y otras confesiones (1970); Testimonio de voces (1971); Sermones (1972); Los derechos humanos (1974); Elegía a media asta (Premio Club de Prensa de El Salvador, 1977); Entendimientos (1977); Homenaje nacional (1986); Los pájaros (1987); Poemas para morir en una ciudad sitiada por la tristeza (2004); Este mal de familia (publicación colectiva con sus hijos Mezti Súchit y Rafael Mendoza, 2008).

Una antología de toda su obra, He dicho (Editorial Universitaria, San Salvador, 2013), recoge también su poesía dispersa y el poemario inédito Hommo Sapiens.

[Nota de Jorge Ávalos]

 

A LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

Te prestas a mi juego dócilmente.
Ordenas mis palabras, me las juntas.
Das vida a mi papel cuando me lo untas
de negro literal, maquinalmente.

Eres una entre mil, mas diferente
porque no eres burócrata. No apuntas
sentencias ni injusticias; no preguntas
ni contestas detalles de la gente.

Contestas solamente a mis nerviosos
desesperados dedos que teclean
y tecleándote dictan esos trozos

que tú alineas. Sean como sean,
amargados, serenos o furiosos,
a ti te basta con que me los lean.

 

BODEGÓN EXACTO DE LATIDOS

Crecí entre maquinarias de relojes,
bellos mecanismos por donde el tiempo real, el insobornable,
planificaba sus rondas espectaculares en mi infancia infeliz.
Me agradaba escuchar los latidos que recobraban esos soles
cuando pasaban por las artes de mi tío Ramón
en una especie de resurrección que él oficiaba a diario.

Afuera
las horas reptaban en el limo de otra realidad
con la suerte marcada por todo tipo de intrigas
complicando a quienes se le ofreciesen
para llevar a cabo las maquinaciones típicas de un medioevo
al que todavía seguimos tan acostumbrados.

Me decían entonces que era el tiempo
el que pasaba. Me dijeron
toda suerte de mentiras.
Lo cierto es que pasaron los relojes, mi tío
y una generación de parroquianos que confiaban en él
porque sabía entrar al alma de aquellos aparatos.
Pasó la historia misma de largo sin tomarnos en cuenta,
sin siquiera darnos la palmadita en el hombro.

En cambio el tiempo sigue aquí,
no se ha ido, anda conmigo,
esperando el día en que yo me tenga que ir también
y deba él quedarse cuidando
estas queridas monstruosidades
que he venido atesorando.

 

YA GIMEN TUS INDÓMITOS MASTINES

Estás ahí, dragona,
esperando en la oscuridad,
velando tus armas, salaz,
con el codicioso organismo ovillando apetito,
fiera desnuda disponiendo la lid.

Mírate los enhiestos botones del pecho,
dominan el claroscuro con su brillo;
y las piernas apretando el imponente caracol,
verticilo ardiente, suave, limoso,
en sereno control del torrente
que las ansias agitan.

¡Ah, golondra!
Ya gimen tus indómitos mastines.
Reclaman mi cabeza.
Calculan la tremenda acometida,
el envión del esperado invasor,
la refriega en el rítmico galope,
las mil y una escaramuzas que adoptarás,
en la ya irrefrenable sofoquina,
para salvaguardar tu retaguardia de los embates.
Y al cabo de la carga decisiva,
laxos por fin los indomables muslos,
la capitulación de todas tus defensas.

Sí. Sé que estás ahí, jadeante, sudorosa,
tomando posiciones en tu acecho,
repasando la estrategia a implementar,
las tácticas de manos, labios, dientes y saliva,
esperando la hora en que yo me levante de escribir
y me vaya a la cama, a la celada urdida.

Después, como si nada,
saldrás como siempre a pasearte en la playa
con tu insolente aire de ingenuidad,
leyendo los nuevos poemas que nacieron,
como muchos otros hoy libres,
bajo tu permanente estado de sitio.

 

* Poemas reproducidos con el permiso del autor, de la antología He dicho.

«Venezuela está en llamas»

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Carta abierta de la venezolana Gabriela Montero, una pianista de música clásica de fama mundial a Gustavo Dudamel, el músico que dirigía un concierto mientras la guardia nacional de Venezuela disparaba en contra de una manifestación pacífica de estudiantes, y a José Antonio Abreu, que fundó el proyecto de las orquestas sinfónicas juveniles en Venezuela. La transmisión de ese concierto en televisión suplantó las imágenes de la represión que ocurría en las calles, en un inaudito contraste que puso en evidencia el control gubernamental de los medios de comunicación.

Gabriela Montero *

Creo que ha llegado el momento para mí como artista, venezolana, mujer y madre, de escribir una carta a José Antonio Abreu y a Gustavo Dudamel. Yo no había hecho esto antes por el afecto y el respeto que le tengo a Gustavo. Pero no puedo permanecer callada por más tiempo.

Ayer, mientras decenas de miles de manifestantes pacíficos marcharon por toda Venezuela para expresar su frustración, el dolor y la desesperación en la ruptura total cívica, moral, física, económica y humana que hunde a Venezuela, y mientras las milicias armadas del gobierno, la Guardia Nacional y la policía atacaban, asesinaban, herían, encarcelaban y desaparecían a muchas víctimas inocentes, Gustavo Dudamel y Christian Vázquez dirigían una orquesta en un concierto para celebrar el Día de la Juventud y los 39 años del nacimiento de «El Sistema». Tocaron un concierto mientras su pueblo estaba siendo masacrado.

A menudo uso la analogía del Titanic. El cuarteto de músicos se hundió con el trasatlántico mientras seguían tocando su música. La música no ayudó. La música no salvó a nadie de esa tragedia. Venezuela se hunde y «El Sistema» se hundirá con ella. Nos hemos movido más allá del punto de no retorno. La ambición y la fama por medio de la música no valen nada al lado de los sufrimientos humanos. No significan nada bajo un sistema de represión, maltrato y muerte.

No más excusas. No más ese «Artistas que están por encima y más allá de todo».

No más «Lo hacemos por los niños». Las 200 mil personas que han sido asesinadas en los últimos 15 años debido a la creciente violencia y a las ignominiosas acciones y lenguaje del gobierno son más importantes que cualquier instrumento, cualquier ideología, cualquier profesión, cualquier suma de dinero y cualquier satisfacción o ganancia personal. Esos mismos niños están creciendo en un país que ya no es un refugio seguro para ellos, y es la responsabilidad de los líderes de iluminar con la verdad de lo que en realidad ocurre en mi país.

Me encantan los músicos de «El Sistema». Muchos de ellos son mis amigos y eso no tiene nada que ver con quitarle nada a ellos, pero los líderes tienen el deber moral de hablar y de arriesgar lo que sea necesario con el fin de hacerle frente a esta dictadura que ahora nos oprime.

Venezuela está en llamas y continuará ardiendo hasta que los cubanos, el gobierno y sus beneficiarios cedan el poder. Yo les pediría que leyeran las noticias, pero no hay nada en las noticias. El poder del gobierno es tal que el mundo permanece mudo, ciego y sordo a lo que nos está pasando a nosotros.

* Gabriela Montero es una pianista venezolana de fama mundial. Traducción del inglés de Jorge Ávalos (original en inglés disponible en este sitio: http://www.artsjournal.com/slippeddisc/2014/02/an-open-letter-to-gustavo-dudamel-on-the-venezeuala-situation.html).

Cortázar: nuestro hermano mayor

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De la relación de Julio Cortázar con El Salvador y con sus artistas y escritores.

Jorge Ávalos

«Me hice muy amigo de Toño, que es un hombre estupendo», escribió Julio Cortázar el 3 de marzo de 1949. Ese amigo es Toño Salazar, quien combatió con su arte la expansión del fascismo en Europa. Sus poderosas caricaturas enfurecieron al gobierno de Perón y, en 1945, Toño fue expulsado de Argentina. Esto provocó la publicación de un «mensaje» firmado por más de 30 artistas y escritores argentinos —Atahualpa Yupanqui, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre ellos.

Desde entonces, Cortázar (1914-1984) amó al pueblo salvadoreño a través de sus mejores embajadores: los artistas. Sus amistades con Claribel Alegría, Roque Dalton, Roberto Armijo y muchos más están documentadas en sus cartas, poemas, cuentos y ensayos. Incluso, en 1965, le reporta a Arnaldo Calveyra haber despachado un informe urgente para la Unesco sobre «¡la educación en El Salvador!».

Sus cartas a Claribel Alegría, la «Jefita», son lúdicas y amorosas. Y su correspondencia con sus amigos editores y traductores deja muy en claro que fue su intervención directa lo que abrió el camino al lanzamiento internacional de la obra de Claribel. Cortázar revisó y corrigió la publicación de uno de sus libros en francés y eligió a los traductores de los otros. En una carta del 13 de abril de 1983, expresa una felicidad casi familiar al enterarse de que el hijo mayor de la «Jefita» se había largado de las filas de la guerrilla salvadoreña después del brutal asesinato de la comandante Ana María.

Para Cortázar, Roque fue su «Miguel Strogoff», un «mensajero tan seguro y tan amigo». Así se refirió a él en una carta a José Lezama Lima del 7 de enero de 1970, el año en que Roque renunció de Casa de las Américas.

En septiembre de 1975, al confirmarse la veracidad de los reportes sobre el cobarde asesinato de Roque en El Salvador, Cortázar escribió un sentido homenaje a su amigo salvadoreño, difundido y publicado alrededor del mundo. En una carta a Roberto Fernández Retamar, fechada el 30 de diciembre de 1975, Cortázar expresó una vez más su repulsa por ese crimen que profanaba la dignidad de todos los intelectuales latinoamericanos: «Para mí, cada día que pasa es un nuevo recuerdo de nuestro compañero y una bocanada de horror y de indignación frente a su asesinato».

Siempre es grato releer a Cortázar. A través de la pasión creadora que electriza cada uno de sus textos, se descubre su envolvente amor por la vida: leerlo es sentirse amado. Pero también es grato recordar lo que perdimos con su muerte y ya no podemos recobrar: que él nos amó como un hermano mayor y nos hizo sentir en familia con el mundo.