Un momento poético

Imagen

Jorge Ávalos

El martes 15 de mayo de 2007, visité con un grupo de poetas el sitio arqueológico de Piedras Blancas, en Santa Ana. Entre nosotros había una niña de sólo cinco años de edad, Mariana, la hija menor del poeta Otoniel Guevara.

Mientras los escritores se dispersaron para recorrer el lugar, Mariana, su madre Marisol y yo preferimos quedarnos en el idílico patio interior del museo, una preciosa quinta en forma de herradura, de tejados rojos y pasillos abiertos a la naturaleza. Al centro de ese patio, agua cristalina y fresca brota de una fuente de piedra.

Jugando, Mariana se acercó a un enorme árbol de conacaste ubicado al extremo del patio, donde estaba la vereda que conducía al sitio arqueológico. Su curiosidad infantil la atrajo a un pequeño rótulo blanco situado al pie del árbol. Leyó con cuidado la inscripción. De pronto, se estremeció y, asustada, dio dos pasos atrás.

—¡Aquí hay una familia enterrada! —gritó, señalando el rótulo.

—¡No! —exclamé, al borde la risa—. No estamos en un cementerio.

Sólo para constatar que no era cierto, me acerqué a la placa, aunque con un poco de temor porque al verla bien me pareció muy similar a una lápida. Por fortuna, Mariana se me adelantó.

—Sí —me aseguró—. Aquí está enterrada la familia. Aquí lo dice —y leyó en voz alta—: «Nombre: Conacaste. Familia: Leguminosas».

Así que Mariana tuvo razón, después de todo. Miembros de la familia Leguminosas están enterrados allí, en Piedras Blancas.

Dos poemas de Muriel Rukeyser

Imagen

Muriel Rukeyser

Música nocturna

 

Ascienden los días y las estrellas surcan
y mi cama salvaje gira lentamente entre los astros.

 

Esta mañana

 

Despierto esta mañana,
una mujer violenta en el violento día,
riendo.

Más allá de la frontera de la memoria,
a lo largo del largo cuerpo de esta vida
en que se estremecen tu niñez, tu juventud, la historia toda de tu tacto
—ojos, labios, pecho, barriga, sexo y piernas, ondulándose, sinuosas, bajo las sábanas.

Veo más allá de la tímida plantita,
en su tiesto a la orilla de la ventana
abierta a la ciudad, a las altas torres apiladas como libros
en el desvarío de la codicia, al río que fluye corroído y brillante,
al intrincado puerto y al mar, las guerras, la luna, los planetas
todos los que poblamos el espacio
bajo un sol invisible / visible.

Violetas africanas bajo la luz
respirando, tímidas, bajo el hálito del universo. Quiero la potente paz, sus delicias,
la silvestre bondad.
Quiero escribir los poemas de mi tacto:
encontrar mi mañana, descubrir tu vida toda
ondulándose, sinuosa, entre los intocables.

Te digo, a través de las ondas del viento:
hoy, una vez más
trataré de ser no-violenta,
un día más
esta mañana, despertando a un mundo aparte
del violento día.

 

Traducciones de Jorge Ávalos