La cima de la fama

Sabes, siempre pensé qué el gángster y el artista eran iguales a los ojos de las masas. Ellos son admirados y adorados cómo héroes, pero siempre está presente el deseo subyacente de verlos destruidos cuando alcanzan la cima de la fama.

Jim Thompson (1906-1977)
Los asesinos, guión de la película de Stanley Kubrik

La hora de los marginados

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Jorge Ávalos

Alucinante. Esta es la palabra que Sergio Ramírez eligió para describir los dos sucesos más recientes en Nicaragua que han capturado la atención del mundo y que muestran los extremos de cómo se manifiesta el poder del presidente Daniel Ortega: la represión violenta de una protesta de ancianos y la aprobación relámpago de una concesión de medio siglo para la construcción del futuro canal interoceánico de Nicaragua a un empresario chino desconocido. ¿Qué conecta ambos eventos desde una perspectiva crítica?

Ramírez nos recuerda que sólo hay una democracia, y las reglas de la democracia son las mismas sin importar qué partido está en el poder o qué ideología guía la política del Estado. Tanto la izquierda como la derecha deben estar sujetas a la ética, a la transparencia y a la aceptación absoluta del sistema democrático mismo. La represión de los ancianos y la aprobación de una concesión que “entrega la soberanía nacional” a un empresario son actos que rompen el tejido de integridad ética que une al poder en Nicaragua con sus ciudadanos.

La turba que dispersó a garrotazos la protesta de los ancianos la madrugada del sábado 22 de junio pretendió pasar como un grupo de civiles sin vinculación al gobierno, pero actuaron como el batallón de un ejército: 300 personas con el rostro cubierto con pañuelos, pero vestidas con camisetas impresas con consignas del partido en gobierno que se abalanzaron sobre personas indefensas mientras la policía cercaba el área para impedir que escaparan. Hay reportes que indican que mientras los ancianos caían bajo los garrotazos, los policías reían. Junto a esos ancianos, sin embargo, había jóvenes que los apoyaban y acompañaban.

“Que haya jóvenes al lado de los ancianos que reclaman por sus derechos, protestando juntos, nos dice que hay esperanzas para Nicaragua”, escribió Ramírez en las redes sociales después de la represión. Esta declaración de fe en el futuro revela mucho sobre el concepto que Ramírez tiene de la izquierda: para él es un compromiso con la “gente sencilla”, con los marginados, con los desposeídos. Si en Nicaragua esto no es un cliché, mucho menos lo es en la literatura de Ramírez, el novelista centroamericano de mayor proyección mundial.

Su último libro, Flores oscuras, es una colección de cuentos que reclama atención hacia los seres marginados por la historia y la sociedad. Los marginados no necesitan ser pobres: si bien son ancianos sin pensión en Nicaragua, en Brasil son la clase media. Ramírez los entiende porque es un novelista, esa rara especie de intelectual que tiene acceso, simultáneamente, al destino de los grandes héroes de la historia y al de los seres anónimos que construyen la historia.

“Los escritores no son producto del Estado ni de la empresa privada ni los produce un estamento de la sociedad”, afirmó en una entrevista que le hice el 26 de junio pasado. “El escritor puede ser una producción instantánea de un país. Por ejemplo, Rubén Darío. Uno de los grandes genios de la literatura hispanoamericana, nace en un país que tenía 150 mil habitantes analfabetos, marginales”.

Esos jóvenes que acompañaban a los ancianos son ahora la mayor amenaza al abuso del poder en Nicaragua. Entre ellos podría estar una nueva voz de la conciencia nacional, alguien que acepte la herencia de Darío y la de Ramírez, quien nos advierte: “Un escritor sale de donde menos uno se lo imagina: de los barrios bajos, de las sombras de la noche, de los sectores marginales”.

Entrevista a Sergio Ramírez en El Diario de Hoy,
por Jorge Ávalos y Tomás Andreu,
domingo 30 de junio de 2013:

Política: «No hay democracia sin una oposición vigorosa»

Literatura: «Mi ambición es ser un escritor memorable»

Video: «Y si está en la literatura está en la realidad»

Una invitación a la poesía

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Jorge Ávalos

Un bosque de signos, el poema. Del follaje de letras, ágil, salta un venado. Tras él, fieros cazadores: críticos impotentes, inspectores políticos, poetas malversadores. El relámpago negro de mi pluma los reduce al ripio de sus lenguas (debo advertir que mi licencia poética está vigente.)

A pesar del historicismo y su jauría, un poema se sitúa fuera de toda progresión histórica. El poeta sabe que un momento en la historia puede iluminar todo el curso de la historia. El poeta sabe que una imagen arrancada del presente y cristalizada en el poema puede contener las claves de nuestra era.

La imaginación histórica del poeta trabaja contra el tiempo y contra los brutales atropellos del progreso para rescatar imágenes como se rescatan especies en peligro de extinción. Por ello el poema es un santuario, un refugio para la ecología amenazada de nuestras conciencias.

Aún en este paraje, elemental y prosaico, la imagen de un venado establece su hogar como entre las líneas de un poema. La ambigua riqueza de su mirada y su corazón palpitante se ocultan en la espesura de los signos.

Nada sabemos ante el poema, como nada se sabe al mirar los ojos de un venado. Ya José Lezama Lima nos había demostrado que siempre es así: «Hasta donde he podido caminar en la poesía, he comprendido. Después ha vuelto de nuevo la oscuridad, la que produce una visita, la que me deja una imagen».

Aprovecho, entonces, la oportunidad para extender una invitación. El lector es bienvenido a caminar «en el poema». Leyes de conservación nos obligan a imponer un sólo límite a la apreciación de su realidad textual: no atentar contra la belleza pacífica de su flora, la libertad de su fauna o la redención última de su imagen.