El lenguaje de la política en Latinoamérica

Jorge Ávalos

El domingo 10 de diciembre de 2006, a los 91 años de edad, murió el ex gobernante chileno Augusto Pinochet. En una sorprendente coincidencia, un hombre que al momento de su muerte estaba siendo juzgado de terribles abusos a los derechos humanos en Chile, falleció el Día Internacional de los Derechos Humanos. La historia de Latinoamérica es también la historia de estas ironías del lenguaje y de los actos de la política.

Nunca olvidaré un comentario que Pinochet hizo una vez ante las cámaras de televisión: «Si al comunismo se llega por medio de la dictadura del proletariado, a la democracia hay que llegar por medio de la dictadura de la democracia». Con ese oxímoron admitió que su régimen fue una dictadura. Y con un eufemismo asumió responsabilidad de «los hechos» ocurridos durante su régimen. Esto lo hizo el 25 de noviembre de 2006, en el último cumpleaños que celebró. Y lo hizo a tiempo. Una semana después, el 2 de diciembre, sería ingresado al Hospital Militar tras sufrir un miocardio y un edema pulmonar agudo.

Los disturbios ocasionados en torno a la noticia del fallecimiento de Pinochet me llevaron a pensar en los laberintos del lenguaje político. Ante la conmoción inoportuna provocada por la muerte del más notorio dictador latinoamericano del siglo XX, el poeta Mario Benedetti reaccionó con inusitada pero memorable lucidez: “La muerte le ganó a la justicia”. Una doble metáfora en un círculo sin fin: incredulidad ante la muerte (gana la impunidad); asombro ante el suspenso eterno de la justicia (gana la muerte).

Para entender el lenguaje de la política en Latinoamérica, necesitamos recordar algunos conceptos claves. Para empezar cito las siguientes definiciones de las más comunes figuras retóricas, de acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua:

Oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., la dictadura de la democracia.

Eufemismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante; p. ej., decir hechos en lugar de asesinatos políticos, abusos de mis subalternos en lugar de genocidio.

Paradoja: Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción; p. ej., Mira al poderoso, en sus abusos, débil.

Metáfora: Entre otros significados, alegoría en que unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado: La muerte le ganó a la justicia.

Ironía: 1. Burla fina y disimulada. 2. f. Tono burlón con que se dice. 3. f. Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice. P. ej., El lenguaje de la política.

Las madres

La primera vez que tomé fotografías en Santa María de Jesús, Guatemala, una vendedora del mercado sacó unos binoculares que tenía debajo de su manta, me vio con ellos en desafío y me insultó en Kaqchikel. Yo puse cara de enojo y establecimos un duelo, mirándome ella con sus binoculares y yo, con mi cámara, acercándome hasta que llegué a un metro de distancia de ella. Las vendedoras del mercado (todas eran mujeres) estallaron en carcajadas. Dos días después, nos encontramos en la calle. Ellas salían de la iglesia y me pidieron un retrato porque estaban ataviadas con sus mejores trajes y se veían «bonitas». Mientras encuadraba y enfocaba la cámara, un niño sacó su cabeza de entre las mantas y me miró.

© Jorge Ávalos

Las madres

Retrato de una madre

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Jorge Ávalos

Creemos saber qué es lo bello porque lo reconocemos fácilmente, intuitivamente, por su apariencia. En realidad, sólo comprendemos el propósito de la belleza cuando superamos las trampas de las apariencias. No quiero decir con esto que trascendemos la apariencia de las cosas, aun cuando esto sea posible. Lo que me interesa aquí es el descubrimiento de que no sólo amamos lo que es bello a nuestros ojos: también le asignamos la categoría de lo bello a lo que amamos.

Hay un dibujo del artista español Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) que ilustra mi punto. Es un retrato de una mujer y de su niño, un bebé que se divierte jugando con las barbas de su madre. El niño no conoce diferencias ni jerarquías sociales; las categorías de lo bello o de lo monstruoso aún no existen en su conciencia. Frente a él, sólo está su madre: ella es la mujer que lo ama y lo alimenta, que lo mima y lo reconoce como suyo. Su vida y la de él, en esta etapa, son una sola.

Esa mujer barbuda que Goya retrató con tanta gracia realmente existió. Su nombre fue Magdalena Ventura. Más de un siglo antes, en 1631, la retrató el Españoleto, José de Ribera (1591-1652). Esto significa que el dibujo de Goya, aunque inspirado en la realidad, es una obra de la imaginación y, como tal, busca decirnos algo acerca de la mujer retratada que no nos dice el cuadro original del Españoleto.

El dibujo de Goya no es sobre la rara condición de Magdalena, no es sobre lo que la hace diferente de los demás: es sobre la humanidad que su hijo reconoce en ella. Es un dibujo sobre el amor. El amor transforma las apariencias: hechiza con significados íntimos; le otorga valor a lo que nos es entrañable; y le confiere atractivo a quienes vemos como un espejo de nuestros deseos más profundos. El amor crea belleza.

Mujer_barbuda_ribera