De la periodista que lloró por el vestido de una princesa

Esta crónica se publicó por primera vez el 21 de mayo de 2011 y, aunque no lo crean, cuenta una historia real, la historia de cómo y por qué se ocultó un evidente acto de corrupción del presidente de El Salvador, Mauricio Funes. Lo publico de nuevo porque salió a luz este día que el presidente Funes ha declarado en reserva total toda documentación relacionada con sus viajes al exterior, así como los que realice su esposa, Vanda Pignato, pese a que la Ley de Acceso a la Información Pública (LAIP) lo obliga a hacer públicos estos datos.

Jorge Ávalos

Siempre supiste que no eras materia para ser una heroína. La vida era un poco aburrida para vos, pero si algo aprendiste en medio del tedio de tu vida tan simple es el poder de la imaginación y de tu capacidad para evocar fantasías. Ese poder te llevó a la escritura. A los 12 años eras gordita, morena y tímida y, con un dolor profundo en el alma, sabías que ningún compañero de tu clase te veía a los ojos cuando vos les sonreías. Estabas sola y la soledad hizo que esas cosas que escribías te llevaran a un lugar inaudito: la verdad. No importaba qué escribieras —cuentos o poemas o recuerdos de tu vida triste—, todo expresaba tus sentimientos y tu soledad profunda. ¿Pero qué aprendiste de ese diálogo con tu soledad? Te enseñó a percibir la realidad y a reconocer que esa realidad es una máscara que oculta el rostro de la verdad.

Poco antes de graduarte de bachiller, durante la visita de un poeta salvadoreño al instituto, oíste algo que iluminó el camino que debías de seguir: “La verdad es el camino a la belleza”. Vos conocías el rostro de la verdad. Y si la verdad se ocultaba bajo la engañosa realidad, vos tenías el don de descubrirla. La soledad de tu adolescencia te había otorgado un don inapreciable, y ahora sabías que ese don era la llave para descubrir la belleza real, algo que estaba mucho más allá de las apariencias, de las caras bonitas y de las actitudes de superioridad de los jóvenes de tu clase. ¿Pero qué podías hacer con ese don? ¿Cómo podías usarlo para crecer como persona y así ocupar un lugar en el mundo al que pertenecías? Así que asediaste al poeta después de la charla y le preguntaste cuál era el camino que debías seguir. Él dijo: “Si quieres ser escritora de verdad, no basta con el talento; también necesitarás algo más: la disciplina para escribir bajo cualquier condición, aunque estés enferma o cansada, doliente o feliz, solitaria o enamorada”.

Esa disciplina, comprendiste, la podías adquirir trabajando como periodista. Ernest Hemingway lo había dicho: El periodismo te da el método y la confianza para escribir, pero si quieres ser escritora tienes que salirte a tiempo, porque a la larga el periodismo te puede cortar las alas de la imaginación. ¿Cuánto tiempo necesitarías ser periodista antes de escapar de esa carrera? No lo sabías. Pero valía la pena intentarlo y probar si tenías madera para resistir. Al menos tenías una ventaja: sabías distinguir entre la realidad y la verdad, entre el mundo de las apariencias y el de la verdadera belleza. Así que al graduarte estudiaste la carrera de periodismo, y fuiste tan buena estudiante, tan aplicada y tan segura en el trazo de las palabras, que tu valentía ganó la admiración de tus maestros y sus elocuentes recomendaciones. Antes de graduarte ya tenías un trabajo con un importante periódico del país.

Como todos los periodistas comenzaste con trabajos fáciles: redactando notas breves, adaptando los cables noticiosos del mundo de los espectáculos para rellenar columnas vacías creadas por la publicidad de última hora. Un día de tantos, durante un descanso de 15 minutos te conectaste, pese a la prohibición del periódico, a tu cuenta de Facebook. Y entonces descubriste algo que te hizo reír. Una amiga tuya había compartido un álbum de fotografías que mostraban al presidente de El Salvador, Mauricio Funes, durante un viaje a Disneyworld, en Orlando, Florida, a donde viajó en un jet privado. Le diste “Me gusta” al álbum e hiciste un comentario inocuo, algo así como: “Se reunió con sus aliados estratégicos, Mickey Mouse y el Pato Donald”. Tu ocurrencia causó mucha diversión entre tus amigas. Y todo habría quedado así, de no ser porque la realidad te golpeó de pronto mientras adaptabas otra nota más sobre la realeza inglesa para la sección social del periódico. Mientras veías el fasto de la realeza, los vestidos y sombreros absurdos cuyos costos podrían alimentar a una familia africana durante dos generaciones, una intuición rompió el hilo de tu pensamiento: ¿Si el presidente Funes estuvo en Disneyworld el pasado fin de semana, quién fue el presidente de El Salvador durante esos dos días? ¿Salvador Sánchez Cerén?

El primer acto fue el más lógico: verificar si alguien más sabía de esto, si la noticia había circulado por los cables de noticias, o si algún otro medio de comunicación había informado del viaje de Funes a Disneyworld con su séquito familiar y de seguridad. No encontraste nada, nada. Nada. El segundo paso, llevado a cabo casi con la rapidez de un impulso animal, fue regresar a Facebook y bajar las fotografías del álbum que mostraban al presidente y a su familia en Disneyworld. Examinaste las fotografías con atención: provenían del álbum personal de Cristina Pignato, la hermana de la primera dama, Vanda Pignato. Eran fotografías reales, recientes y en conjunto constituían una prueba innegable de que el presidente de la República había hecho algo incorrecto. Aún no sabías qué, pero era un tema demasiado importante para pasarlo por alto. Así que imprimiste las fotos, las metiste en tu cartera y evadiendo la mirada de la editora de tu sección tomaste el camino más largo hasta la oficina del editor en jefe.

Nunca antes habías estado en la oficina del legendario editor del periódico para el que trabajabas. Le pediste cinco minutos. Él te invitó a pasar. Comprendiste que no te reconocía, así que sin mediar palabras, sacaste las reproducciones impresas de las fotografías del presidente en Disneyworld y las pusiste sobre su escritorio.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—El pasado fin de semana —respondiste—, el presidente Funes se escabulló con toda su familia a Disneyworld, sin decírselo a nadie.

—¿Cómo obtuviste estas fotografías?

—De un contacto que no puedo revelar. Pero las fotografías son reales y se puede verificar que los son.

El editor las examinó con admiración.

—¡Qué mal gusto para las camisas tiene Funes! —observó—. Debió haber visto muchos capítulos de Hawaii 5-0 cuando era un niño.

Vos no entendiste la referencia a la vieja serie de televisión, pero aventuraste tu propia hipótesis.

—Lo que hay que considerar es que durante dos días Salvador Sánchez Cerén fue presidente del país —dijiste con un tono de confianza que te sorprendió a vos misma.

El editor te miró a los ojos. Sin lugar a dudas, esa fue la primera vez que realmente te vio a los ojos. ¿Lo habías logrado? ¿Habías demostrado, al fin, que eras capaz de hacer mucho más como periodista? ¿Acaso era este el momento definitivo para arrancarle la máscara a la realidad y mostrar su verdadero rostro? Pero el editor no dijo nada. Sonrió. Luego eligió una de las fotografías y te la dio. A tu manera de ver, era la imagen más inocente de todas: la fotografía del jet en el que Funes viajó a Florida.

—Si realmente crees que Funes nombró a Sánchez Cerén como presidente durante su ausencia, no sabes nada de política —te dijo—. La pregunta es: ¿Quién pagó por ese viaje? Es decir, ¿de quién es ese jet privado?

Por un momento quedaste paralizada.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó el editor en jefe.

—Una nota sobre el enigma del vestido de novia para la boda real en Inglaterra.

—Olvidate de esa payasada.

El editor levantó el teléfono, habló con la editora de la sección de espectáculos y le informó que te robaría por unos días. Luego llamó a su oficina al editor de política y lo puso al tanto del descubrimiento.

—Ayudala a encontrar el camino. Esta historia podría ser madera.

—¿Madera? —dijiste sorprendida.

—Tema de portada —dijo el editor de política.

En sólo quince minutos estabas en la sección más exclusiva del periódico, con instrucciones precisas para verificar la información, y los contactos para hacerlo, incluyendo el celular del jefe de comunicaciones de Casa Presidencial y los números de acceso directo a los jefes de bancada de los partidos políticos, de asesores legales y politólogos e incluso de algunos ex presidentes del país. Comenzaste con los diputados, porque sería lo más simple: de ellos sólo necesitabas reacciones al viaje que Funes había hecho a Disneylworld por medio de un jet privado. Los primeros comentarios que recibiste fueron de sorpresa, pero todos ellos, incluso los del propio partido de Gobierno, el Fmln, consideraron que era necesario indagar si se habían utilizado fondos públicos para esa vacación familiar. Era claro que los partidos de oposición olieron sangre y advirtieron una oportunidad para despotricar contra el Gobierno. Pero vos estabas más allá de los intereses partidarios. Lo que importaba era determinar si se había violado la confianza pública y si el mandatario del país había incurrido en un acto de corrupción. Era un tema importante. Estabas en camino, toda tu vida te había preparado para esto: para indagar, para hacer trizas las apariencias públicas, para defender la verdad a toda costa. Además, perdiste el miedo a preguntar; las primeras llamadas te ayudaron a confirmar que los diputados eran seres comunes y corrientes y el olfato político que demostraron en sus respuestas te alertó de que actuaban en base a sus intereses políticos, no por el bien público.

Llegó el momento de llamar a David Rivas, el jefe de comuniciones de Casa Presidencial. Su sorpresa fue mayor: guardó silencio por un buen rato mientras asimilaba la revelación. Era claro que él sabía que el viaje había ocurrido pero no sabía cómo la información se había filtrado. Ante tu aseveración de que el periódico tenía en su posesión una serie de fotografías que demostraban más allá de toda duda de que el viaje había ocurrido el fin de semana pasado, Rivas balbuceó algo ininteligible. Era necesario encarrilarlo con una pregunta. Nada complejo, sólo necesitabas un sí o un no.

—Señor Rivas, ¿viajó el presidente Mauricio Funes con su familia a Disneyworld el pasado fin de semana?

—Sí —dijo Rivas—, pero fue un viaje familiar, nada que ver con asuntos del Estado y por lo tanto está fuera de mi campo de trabajo.

—De acuerdo a nuestra investigación, el costo de viajar en un jet privado como este ronda los ocho mil dólares por hora. ¿Cómo costeó el presidente Funes este viaje?

—Como dije, se trató de un viaje familiar y el presidente también tiene derecho a una vida privada.

—El jet en el que el presidente Funes viajó, partió del aeropuerto de Ilopango. Es un jet privado. ¿De quién es ese jet?

—Eso no puedo decirlo, precisamente porque es un jet privado.

—Pero señor Rivas, un ciudadano común y corriente no posee jets. Sólo un empresario con millones de dólares en capital podría tener un jet de este tipo. ¿Pagó Funes? Es obvio que el presidente Funes no puede pagar con su salario un viaje privado de este tipo, el coste superaría los 80 mil dólares en un día, si es que estuvo en Florida sólo un día.

—Tengo entendido —dijo Rivas— de que un amigo del presidente se lo prestó.

—¿Es ese amigo un empresario salvadoreño?

—No, ese amigo es un empresario extranjero, pero no tiene vínculos económicos ni políticos con el país y por lo tanto no es necesario dar más explicaciones al respecto.

—Otra pregunta, señor Rivas. Durante la ausencia del presidente Funes, ¿se nombró presidente suplente al vicepresidente Salvador Sánchez Cerén, tal y como lo ordena la Constitución de la República en el artículo 155?

Rivas colgó el teléfono. Lo hizo con miedo o con rabia. Fue un golpe súbito y fuerte que te hizo apartar el auricular de la oreja. Y quedaste paralizada. ¿Por qué Rivas podía informar, elaborar o inventar sobre el tema del jet y la posible falta de transparencia de Funes pero no podía hablar sobre Sánchez Cerén? Quizá tu intuición original había sido la correcta y este era el tema de fondo. Pero, para ser honesta contigo misma, no sabías cuál era el marco legal para conducirte en este espinozo tema. En tu lista de contactos había nombres y teléfonos de asesores legales, entre ellos había un experto en temas constitucionales. Lo llamaste, era un hombre viejo y con la voz muy grave. Esa conversación te educó sobre el tema constitucional.

Esto es lo que aprendiste. El artículo 158 de la Constitución de El Salvador exige que el presidente de la República informe al primer órgano del Estado, la Asamblea Legislativa, cada vez que va a hacer un viaje fuera del país. Esto, te dijo el experto en temas constitucionales, es un requisito indispensable porque el presidente representa a todo el país, es el principal interlocutor internacional de los asuntos del Estado y es también el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la República. En otras palabras, el presidente es presidente 24 horas al día y siete días a la semana. Y aunque tiene derecho a tomar vacaciones con su familia, aún en ese tiempo, el Estado tiene el deber de protegerlo a él y a su familia todo el tiempo, por eso sus hijos también tienen seguridad pagada por el Estado. El presidente es un “activo” del país, como el oro en la economía, él es no sólo la cabeza del Estado sino también un símbolo del país porque como persona es también la figura política que representa a la presidencia como institución nacional. Sus actos definen lo que nuestra nación considera un liderazgo democrático aceptable.

Ahora comprendías la reacción de Rivas. No fue cólera lo que lo hizo colgar el teléfono, sino miedo. El presidente Funes había violado dos exigencias legales de la Constitución: no había informado a la Asamblea Legislativa de que iba a hacer un viaje al extranjero (artículo 158 de la Constitución), y tampoco había hecho el traspaso de mando necesario mientras se ausentaba del país (artículo 155 de la constitución). El caso era particularmente grave porque en El Salvador se vivía una situación de emergencia. Con una de las tasas per cápita de homicidios más alta del mundo, el presidente había desplegado cientos de unidades militares a las calles, imponiendo, en efecto, la militarización del país. ¿Cómo era posible que el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de El Salvador abandonara al país en medio de un despliegue militar para visitar a Mickey Mouse?

Estabas asombrada. Este era el meollo del asunto, pero tampoco se podía ignorar el tema financiero. Mientras estudiabas periodismo, tenías que admitirlo, eras una genuina admiradora del entrevistador Mauricio Funes. Sus palabras te hacían creer que el periodismo podía ser, en su modo más reflexivo, la conciencia del país, una manera de ser desde la ética y el deber ciudadano. Por eso tenías un recorte de un editorial que Funes publicó en 1999, cuando eras una adolescente. Y ahí estaba, definido a la perfección, el concepto de que la responsabilidad pública de un funcionario era inseparable de su actuar privado: “En un funcionario de Gobierno”, escribió Funes, “es inaceptable la tesis de que su vida personal pertenezca a la esfera de lo estrictamente privado”. Este era el Mauricio Funes que una vez habías admirado. ¿Existía todavía en él esa fibra moral?

Llamaste a un viejo ex presidente. Estaba igual de sorprendido por la revelación, y entonces, con un dejo inesperado de vergüenza y de paternalismo te dijo: “Niña, la transparencia no es un asunto de moral individual. La cuestión no es si en sus actos Funes es consecuente con su palabra, o con sus promesas de transparencia. La presidencia es una institución demasiado importante para dejarla en manos de decisiones y preferencias arbitrarias. La transparencia de los actos presidenciales es un asunto de naturaleza legal: si el viaje a Florida fue el regalo de un empresario amigo, estamos hablando de un ingreso en especie de casi 100 mil dólares. Estos son 100 mil dólares que Funes no tenía antes de convertirse en presidente. Esto es equivalente a que un amigo del presidente le compre un Ferrari como gesto de amistad. Ninguna persona, por mucho dinero que tenga te regala 100 mil dólares sin considerarlo una inversión. Funes tiene que revelar quién le hizo ese regalo y cuanto costó porque la Unidad de Probidad de la Corte Suprema de Justicia tiene que saber en cuánto han aumentado sus ingresos, en efectivo o en especie desde que se convirtió en presidente de la República. Esa es la ley”.

—¿Pero no tiene que esperar a que termine su período presidencial para hacer eso? —preguntaste.

—En teoría, y sobre todo si Rivas asegura que se trata del regalo personal de un amigo, entonces Funes debería mantener cuentas claras de sus ingresos privados día a día. La información debería tenerla al alcance de la mano y si la ciudadanía quiere saber, tiene derecho a saberlo. Pero como la Asamblea Legislativa tuvo que haber sido informada de ese viaje antes de que lo hiciera, la legislatura está obligada a preguntarle por qué viajó fuera del país sin permiso y en violación a las exigencias de la Constitución de la República. La Asamblea es el primer órgano del Estado y hablan en nombre de la ciudadanía, puesto que son los legítimos representantes del pueblo en materia legislativa. Pero también Funes debe revelar porqué hizo ese viaje ocultando quién es propietario de ese jet y cuánto costó ese viaje privado que no se puede financiar con fondos públicos, pero que tampoco podría haber sido financiado con los fondos privados de Funes. Es por eso que habría que examinar cuál fue el propósito principal para que su amigo Salume le prestara dos millones de dólares durante la campaña presidencial. Según Funes era un préstamo para la campaña, pero el dinero no fue transferido a una cuenta de la campaña sino a la cuenta personal de Funes. La razón por la que esto es sospechoso es porque la Fiscalía confirmó el hallazgo de una transferencia sospechosamente grande a la cuenta de un candidato presidencial un par de semanas antes de las elecciones. Y el dinero no había sido tocado. Esto significa que podría haber sido un préstamo para burlar a la Unidad de Probidad de la Corte Suprema de Justicia. Así, Mauricio Funes podría haber iniciado su presidencia con dos millones de dólares en su cuenta bancaria, retornar el préstamo a Salume durante su presidencia y rellenar ese vacío con “regalos” de sus amigos, un margen para una ganancia personal de dos millones de dólares durante la presidencia. Al final de su período la Unidad de Probidad no vería cambio alguno: sólo notaría que inició su período presidencial con dos millones de dólares en su cuenta personal y lo finalizó con dos millones de dólares. La misma cifra indicaría que no habría habido ningún cambio, cuando en realidad, habría habido un ingreso espectacular de dos millones de dólares. Es algo para indagar más a fondo porque podría ser el indicio de un acto planificado de corrupción sistemática.

Esto era más que una especulación. De inmediato comprendiste que tenías un tema para la “madera” del periódico. No podías creerlo. Era tu hallazgo y era tu primera oportunidad para un reportaje de verdad. Y te sentías preparada para tomar acción, para indagar con más profundidad y para escribir periodismo de calidad. Así que saltaste de tu silla y corriste con tus notas a la oficina del editor en jefe. Se lo contaste todo, cada hallazgo, cada giro legal, cada probabilidad, cada hecho sustancial. El editor en jefe te miró fijamente mientras armabas el caso de tu investigación.

—¿Puedo proceder con esta línea de investigación? —preguntaste, con la certeza de que diría que sí.

Pero el jefe se llevó las manos y la cara y la ocultó por un minuto mientras reflexionaba.

—No —dijo, finalmente—. Nuestro interés es demostrar que Funes no cumple su palabra y que no tiene ninguna disponibilidad a la transparencia. Funes es el objetivo de nuestras indagaciones políticas, si develamos sus contradicciones revelamos su naturaleza ambigua como político. No podemos profundizar en las violaciones constitucionales ni alertar al público sobre las responsabilidades de la Unidad de Probidad, porque si hacemos eso vamos a tener que admitir que el sistema de corrupción fue instituido por el partido Arena. Fue el ex presidente Armando Calderón Sol quien desafió a la Asamblea Legislativa y los hizo retroceder en cuanto al artículo 158 de la constitución: ahora un presidente sólo tiene que pedir permiso una vez al año para viajar fuera del país y, con la complicidad de la Asamblea Legislativa, la presidencia no reporta los detalles de esos viajes. Y fue el ex presidente Francisco Flores quien impidió que la Unidad de Probidad de la Corte Suprema de Justicia indagara más a fondo los ingresos en dinero y en especie que recibió durante su período, bloqueando por medio de presión política la investigación de la Corte en las cuentas bancarias de los presidentes. El manejo impune de la corrupción política es parte de nuestra realidad nacional. Se acepta porque cada partido recibe así su tajada del pastel. Pero si atacamos a Funes a partir del marco legal, tal y como lo propones, entonces abriríamos una lata de gusanos, una caja política de Pandora. Y nosotros, como periódico, tendríamos que admitir que no hicimos nada contra la corrupción presidencial del partido Arena. Tendríamos a Funes por su corrupción, por sus abusos de confianza a la ciudadanía y por su falta de transparencia, pero también revelaríamos nuestra complicidad por haber guardado silencio cuando no debíamos haberlo hecho. No tuvimos el nervio para arriesgarnos entonces, y si lo hacemos ahora, no tenemos la legitimidad para sostener una posición ética ante los abusos de la presidencia.

Oíste esto en silencio, con la boca abierta.

—¿Qué vamos a hacer entonces? —preguntaste.

—Lo que el periódico va a hacer, es filtrar la noticia a medios digitales para saber cómo responde el público al chambre del viaje del presidente y su familia. Lo que vos vas a hacer es regresar a la sección de espectáculos y escribir sobre el enigma del traje de novia para la boda real en Inglaterra.

Así terminó esa historia en el periódico, pero no en tu vida. La semana siguiente viste como la noticia que habías descubierto por cuenta propia se difundió en un medio digital. Pero también fuiste testigo de cómo las fotografías circularon con morbo, cómo el presidente evadió toda pregunta al respecto, y cómo los periodistas de todos los medios de comunicación se subordinaron a una explicación inocua sobre la distinción entre lo privado y lo público. Nadie profundizó en el tema legal ni en las implicaciones que éste tenía para el combate contra la corrupción. Los periodistas, sumisos a Funes y entregados a los vertiginosos vaivenes de las noticias políticas, abandonaron el tema. El día que escribiste la nota sobre el vestido de novia de una futura princesa, lloraste como una niña a la que le habían robado algo precioso e irrecuperable.

Hace sólo una semana atendiste un foro sobre periodismo. Y de pronto, entre la multitud de asistentes, viste al presidente Mauricio Funes caminar como si fuese un ciudadano común y corriente. No lo rodeaba la seguridad, y en ese momento, todos estaban demasiado concentrados en socializar con sus colegas para prestarle atención a un ex periodista. Así que sacaste la agenda de tu cartera y con un poco de aprehensión te acercaste a él.

—¡Señor presidente! —dijiste.

Funes se detuvo y te miró a los ojos. No te conocía. No eras parte de la jauría de periodistas políticos que lo perseguían con las preguntas qué el consideraba impertinentes por ser tan ingenuas y tan simples. Para tu sorpresa, él sonrió. Entonces sacaste aquel viejo recorte del editorial que él escribió sobre los deberes éticos de los funcionarios públicos y le pediste su firma.

—¿Mi autógrafo? —preguntó él con una carcajada. Sacó una pluma del bolsillo de su saco y firmó a través del recorte una enorme versión de su propia firma. Te regresó el recorte y siguió caminando.

Y entonces, al verlo caminar de espaldas, lo llamaste de nuevo.

—¡Mauricio! —gritaste.

El giró hacia vos, intrigado.

—¿Por qué nos abandonaste? —le preguntaste—. ¿Dónde quedó el Mauricio Funes que tanto admirábamos? ¿Por qué ya no puede hablar como lo hacía antes, con esa brutal honestidad que nos daba la fuerza para expresarnos y cuestionar al poder?

El presidente perdió el color. Confundido, se dio vuelta y siguió caminando, pero esta vez con pasos más rápidos. Y mientras él se alejaba, hiciste lo que sentías que tenías que hacer: tomaste el recorte del editorial del periodista Funes que habías guardado como un tesoro por tantos años y lo rompiste en pedazos. El presidente escuchó el gesto, estás segura, porque con cada crepitar del papel, se detenía por un instante. No todas las verdades son bellas, pero el que llega a la verdad, conoce el camino a la belleza. Y eso, joven periodista llena de sueños, es más importante que una “madera”, es más urgente que un reportaje anunciado con letras grandes en la portada de un periódico, porque es la belleza de tu integridad profesional y es el rostro verdadero de tu dignidad como persona.

Las fotografías fueron hechas públicas gracias a la fina cortesía de Cristina Pignato, hermana de la primera dama de la República y secretaria de Inclusión Social, Vanda Pignato de Funes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s