La canción del borracho

Una parodia de la famosa «Canción del pirata» de José de Espronceda, escrita por Eliseo Miranda (1845-1901), uno de los poetas del romanticismo salvadoreño incluidos por Román Mayorga Rivas en su Guirnalda Salvadoreña, volumen II (Imprenta Sagrini, San Salvador, 1885). Huérfano antes de cumplir mayoría de edad, fue un escribiente hasta que en 1867 inició una carrera militar forjada en batallas a lo largo de toda Centroamérica; en sólo cinco años ascendió al grado de capitán y fungió como teniente coronel durante la triunfante revolución de Honduras en 1876. No publicó libro; sus versos aparecieron en periódicos de la época, La Tribuna y El Recreo.

EL BORRACHO

Eliseo Miranda

Coro

Con diez botellas por banda,
trago libre —¡viva el cielo!—
No corro sino que vuelo
a embriagarme en el festín;
y voy, capitán bizarro
en todo buen charracoaco
audaz paladín de Baco,
contoneándome sin fin.

Canto

¡Hurra! ¡Hurra! ¡De Sileno
vamos todos a gozar,
que ya se oyen entre copas
mil canciones resonar;
y los brindis más alegres
y los besos cuchichear,
y las risas de los beodos
y los gritos y el danzar!

¡No temáis llenar la copa
una vez y tres y más,
que los vinos generosos
no se hicieron por demás!
¡Hurra, pues! ¡Pronto a engullir
sendos tragos muy en paz,
cada cual con su miquela,
zapateando a buen compás!

¡Todos traguen a millares
las vasadas de jerez,
aunque rueden por el suelo
y vayan dando traspiés!
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Venga vino,
venga champaña después,
que la gloria de este mundo
hecha de uvas también es!

¡Venid todos paladines
de aquel Dios tan previsor,
y lustrad vuestros blasones
del festín en el calor!
¡Abran pipas y toneles
con estruendo seductor,
trasegándose mil litros
cada tuno bebedor!

***

Y entre el diabólico ruido
de orgía tan infernal,
el borracho embrutecido
entona su bacanal.

Orgullo y prejuicio

Jorge Ávalos

Durante la década de 1980, El Salvador vivió una guerra que atrajo y mantuvo por muchos años la atención del mundo. Y tarde o temprano, cada uno de los cientos de periodistas que reportearon sobre el conflicto comentaron o escribieron o bromearon sobre uno de los aspectos del patriotismo salvadoreño que ellos consideraban irresistiblemente divertido: el himno nacional.

Tom Buckley, por ejemplo, escribió en su libro Violent Neighbors (1984) que el himno nacional de El Salvador tenía que ser el más largo que había oído en su vida. El comentario pretendía ser irónico, magnificado aún más por su observación sobre el increíble parecido que la melodía tenía con dos óperas. También Charles Clements, en su libro Witness to War (1985), describió el parecido que el himno de El Salvador tenía con música de la famosa ópera «El profeta» (1849) del compositor alemán Giacomo Meyerbeer (1791–1864).

Buckley escuchó el himno en numerosos actos oficiales. Clemens lo escuchó cantado por las fuerzas rebeldes que se atrincheraban en el volcán de Guazapa. Esto era lo que les parecía tan gracioso: tanto la oligarquía como los revolucionarios cantaban en una «república bananera» un himno plagiado de música europea. Y ni los oligarcas ni los rebeldes tenían conciencia de que al cantarlo no hacían más que emular a sus antiguos amos coloniales. En el mejor de los casos, creían, se trataba de un ejemplo más de «realismo mágico».

Tan reconocibles son las fuentes del himno nacional de El Salvador para los oídos de los extranjeros, y tan divertido les resulta cuando lo escuchan, que cuando el director de cine Paul Mazursky creó una sátira sobre la intervención de los Estados Unidos en El Salvador, la comedia Moon over Parador (1988), se tomó el tiempo para parodiar el pastiche operático del himno salvadoreño con un pastiche similar en el que se conjugaban éxitos de musicales de Broadway. Y, en efecto, ese es uno de los momentos más deliciosos de esa película.

En realidad, el himno de El Salvador, compuesto por el músico italiano Juan Aberle (1846-1930), no es un plagio sino un pastiche: un refinado coctel de los éxitos musicales que tanto gustaban a la clase alta en el período romántico. Contiene un toque del italiano Gioachino Rossini (1792–1868) en el coro, otro del francés Léo Delibes (1836-1891) en la melodía y otro más, la estructura misma del himno, proviene del alemán Meyerbeer.

Aberle compuso el acompañamiento musical al poema patriótico de Juan José Cañas por petición de un presidente de la república, Rafael Zaldívar. El himno se escuchó públicamente por primera vez el 15 de septiembre de 1879, pero no fue oficializado sino hasta el 14 de diciembre de 1953. Entre 1866 y ese año, varias composiciones compitieron por el honor oficial de ser el himno nacional.

¿Cómo reaccionan los salvadoreños cuando se les dice que la música del himno nacional no tiene ni una pizca de originalidad? Una anécdota lo ilustra muy bien. Según un amigo que estuvo en Guazapa durante la guerra, cuando el norteamericano Clemens le advirtió al grupo de guerrilleros que él acompañaba en calidad de médico que el himno que cantaban era un plagio de óperas muy famosas, uno de los guerrilleros lo vio a los ojos y le dijo: «Es que no lo cantamos para vos, gringo pendejo».

La cultura se nutre del conocimiento; el nacionalismo, justificado o no, del orgullo.

Obama bin Nobel

Imagen

Jorge Ávalos

Mucha gente está, como decimos en El Salvador, «clavada» en la idea de que si el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ganó el premio Nobel de la Paz, no debería hacer la guerra. ¡Qué ironía!, se dicen muchos. Pero no hay ironía alguna. Obama es el comandante de las fuerzas militares de los Estados Unidos de América, y esto significa que él representa el poder de 50 estados (o países o repúblicas) federados.

Si hay alguien en el mundo que tiene el poder para tomar acción militar contra una nación es el presidente de los Estados Unidos. ¿Qué razones podrían ser aceptables para permitirle una intervención militar?

En teoría hay tres razones: 1) genocidio (los holocaustos en Alemania o en Rwanda); 2) el ataque injustificado a otras naciones (la Alemania Nazi e Irak, así es, Irak, porque invadió Kuwait pero no porque supuestamente tenía armas químicas, pues nunca se encontraron); 3) por desarrollar armas de destrucción masiva (Irán y Korea del Norte, que no han sido invadidas porque sería demasiado peligroso hacer eso). Estas razones no las inventé yo, lo hizo la OTAN y también las enumera Christopher Hitchens, válgame Dios.

Si los Estados Unidos tiene el derecho a ser el policía del mundo es otro tema (yo creo que NO, pero allá ustedes). Y si los Estados Unidos tiene o no la legitimidad moral y política para tomar acciones militares «justificadas» contra otros países es también otro tema (piensen en Granada, en Panamá y en los gobierno títeres de América Latina y de Asia, donde la intervención económica/política sólo agravó los problemas sociales).

Pero decir que Obama no puede intervenir en Siria porque sería irónico, dado que ganó el premio Nobel, es como decir que Hitler estaría justificado en realizar el holocausto sólo porque se ganó un cero en conducta cuando estaba en la escuela. No hay correlación real, sólo parece haber una.

El premio Nobel de la Paz fue creado por el hombre que inventó la dinamita. Alfred Nobel desarrolló su poderoso explosivo como una herramienta del progreso que facilitó la construcción de infraestructura -ciudades, carreteras, túneles, centros residenciales- en lugares antes inaccesibles. Pero la dinamita también fue usada, a pesar de sus intenciones, para la guerra. E incluso para el arte, pues la gigantesca obra de Mount Rushmore fue esculpida, primero, con dinamita (¡qué clase de musa habrá inspirado al escultor Gutzon Borglum!).

El premio Nobel no es un arma contra la guerra, no es una prohibición de la «dinamita», ni una ley de uso global; es sólo un aliciente para la promoción y la conservación de la paz. Más que nada es un símbolo de valor mundial que honra esfuerzos o logros que contribuyen a la paz. Lo han ganado, entre muchos otros, la Cruz Roja y una indígena guatemalteca conocida por su testimonio, el creador de una semilla transgénica que salvó a millones del hambre, y el primer presidente negro de los Estados Unidos, un país que inmoralmente se sirvió de la esclavitud para establecer su poderío económico.

Muchos de los ganadores del premio Nobel de la Paz han sido guerreros, revolucionarios u hombres de Estado que han tenido que tomar decisiones a favor de algún tipo de acción militar.

Según la historia del premio Nobel de la Paz, tanto Alfredo Cristiani como Shafick Handal lo habrían merecido por haber negociado con éxito la paz en El Salvador, de la misma manera en que lo merecieron Yasir Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres por el conflicto entre Palestina e Israel; o Frederik Willem de Klerk y Nelson Mandela por la negociación para finalizar el Apartheid en Sudáfrica.

Si consideramos el tema a fondo, hay razones para buscar un equilibrio militar contra las amenazas que se han creado en esa zona del mundo, y no creo que mi idea de bombardearlos con pétalos de flores sirva para nada.

Una crítica a la decisión de Obama debe comenzar por el análisis de una paradoja más peligrosa que cualquier ironía: el poder del presidente de los Estados Unidos depende de la impresión que el mundo tiene de su poder, pues mientras más rápidas y decisivas sean sus acciones, más poderoso parecerá ser y, por lo tanto, más respeto tendrá el mundo ante esta figura a la que no habría que provocar porque si se enoja: ¡BUM! Es decir, Obama cree que debe atacar a Siria para garantizar su posición como guardián de la paz en el mundo.

Así que no critiquen al presidente de los Estados Unidos solamente porque cree que debe tomar acción militar contra Siria cuando también ostenta un premio Nobel de la Paz.

Critiquen a Barack Obama porque su único plan es un acto esporádico: enviar bombarderos a Siria y castigar a esa nación sólo para dejarla reducida a escombros sin tener ningún otro plan, porque una intervención real y concertada con las acciones diplomáticas de otras naciones sería demasiado lenta y, por lo tanto, demasiado costosa para su prestigio político.

Critiquen a Obama por su argumento de sexto grado de primaria de que hay que mostrarse «fuerte» ante un bully.

Critiquen a Obama porque de entre todas las estrategias posibles él eligió un método mezquino, el mismo que usó contra la amenaza de las pandillas el expresidente Antonio Saca de El Salvador, entonces el país más violento del mundo: la «mano súper súper dura…»

Nosotros, los salvadoreños, sabemos muy bien que esa «mano» sólo sirvió para acariciarle las orejas al tigre.

La fotografía la tomé, maliciosa y deliberadamente, de aquí:
Weasel Zippers.