Orgullo y prejuicio

Jorge Ávalos

Durante la década de 1980, El Salvador vivió una guerra que atrajo y mantuvo por muchos años la atención del mundo. Y tarde o temprano, cada uno de los cientos de periodistas que reportearon sobre el conflicto comentaron o escribieron o bromearon sobre uno de los aspectos del patriotismo salvadoreño que ellos consideraban irresistiblemente divertido: el himno nacional.

Tom Buckley, por ejemplo, escribió en su libro Violent Neighbors (1984) que el himno nacional de El Salvador tenía que ser el más largo que había oído en su vida. El comentario pretendía ser irónico, magnificado aún más por su observación sobre el increíble parecido que la melodía tenía con dos óperas. También Charles Clements, en su libro Witness to War (1985), describió el parecido que el himno de El Salvador tenía con música de la famosa ópera “El profeta” (1849) del compositor alemán Giacomo Meyerbeer (1791–1864).

Buckley escuchó el himno en numerosos actos oficiales. Clemens lo escuchó cantado por las fuerzas rebeldes que se atrincheraban en el volcán de Guazapa. Esto era lo que les parecía tan gracioso: tanto la oligarquía como los revolucionarios cantaban en una “república bananera” un himno plagiado de música europea. Y ni los oligarcas ni los rebeldes tenían conciencia de que al cantarlo no hacían más que emular a sus antiguos amos coloniales. En el mejor de los casos, creían, se trataba de un ejemplo más de “realismo mágico”.

Tan reconocibles son las fuentes del himno nacional de El Salvador para los oídos de los extranjeros, y tan divertido les resulta cuando lo escuchan, que cuando el director de cine Paul Mazursky creó una sátira sobre la intervención de los Estados Unidos en El Salvador, la comedia Moon over Parador (1988), se tomó el tiempo para parodiar el pastiche operático del himno salvadoreño con un pastiche similar en el que se conjugaban éxitos de musicales de Broadway. Y, en efecto, ese es uno de los momentos más deliciosos de esa película.

En realidad, el himno de El Salvador, compuesto por el músico italiano Juan Aberle (1846-1930), no es un plagio sino un pastiche: un refinado coctel de los éxitos musicales que tanto gustaban a la clase alta en el período romántico. Contiene un toque del italiano Gioachino Rossini (1792–1868) en el coro, otro del francés Léo Delibes (1836-1891) en la melodía y otro más, la estructura misma del himno, proviene del alemán Meyerbeer.

Aberle compuso el acompañamiento musical al poema patriótico de Juan José Cañas por petición de un presidente de la república, Rafael Zaldívar. El himno se escuchó públicamente por primera vez el 15 de septiembre de 1879, pero no fue oficializado sino hasta el 14 de diciembre de 1953. Entre 1866 y ese año, varias composiciones compitieron por el honor oficial de ser el himno nacional.

¿Cómo reaccionan los salvadoreños cuando se les dice que la música del himno nacional no tiene ni una pizca de originalidad? Una anécdota lo ilustra muy bien. Según un amigo que estuvo en Guazapa durante la guerra, cuando el norteamericano Clemens le advirtió al grupo de guerrilleros que él acompañaba en calidad de médico que el himno que cantaban era un plagio de óperas muy famosas, uno de los guerrilleros lo vio a los ojos y le dijo: “Es que no lo cantamos para vos, gringo pendejo”.

La cultura se nutre del conocimiento; el nacionalismo, justificado o no, del orgullo.

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3 comentarios en “Orgullo y prejuicio

  1. Este es el comentario que Rafael Mendoza me dejó en facebook sobre este artículo: “El cierre es algo así como: “La verdad os hará libres; la mentira, creyentes”. Buena investigación. Muy concisa “

  2. Muy bien por el guerrillero…… que podemos hacer fuimos una colonia, luego la clase dominante (que tenia poder de decision) tenia fuertes lazos con Europa, como en la actualidad con USA.
    Creen que los que aprobaron el himno nacional les hubiera gustado musica de pito y tambor…….. lo dudo

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