Pavadas

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Jorge Ávalos

Yo tengo un amigo que se llama Sergio. Sergio Mercurio, el titiritero de Banfield.

Cada vez que veo a Sergio y lo oigo hablar se me confunde un poco la conciencia. La conciencia es esa voz que todos tenemos dentro y nos habla. Estamos tan habituados a tener una conciencia que ni siquiera nos damos cuenta que está ahí, hablándonos todo el tiempo. Y como mi conciencia es salvadoreña, me vosea, es decir, no dice “tú” muy a menudo, sino que me habla de “vos”. Sergio me vosea, pero es argentino. También los argentinos usan el “vos”, pero con otro acento. Y cuando Sergio me habla, se le pega el acento argentino a mi conciencia. Es increíble. Eso no me pasa con ningún otro argentino, sólo con Sergio. Mi propia conciencia me habla, pero con acento argentino. Es en esos momentos cuando uno recuerda que tiene una conciencia: cuando se hace la argentina.

Estaba solo, camino del teatro, después de ver un espectáculo de Sergio cuando oí la voz.

“¿Y vos quién sos?”, le pregunté a esa voz.

“Soy tu conciencia”, me respondió, pero con acento argentino.

Imaginen el horror de caminar solo por la calle y tu conciencia es una voz extraña. Es una situación inédita. No es fácil ser salvadoreño y tener una conciencia argentina. Esta mañana, por ejemplo, desperté con hambre y, como todas las mañanas, me preparé un café. Y mientras me lo tomaba mi conciencia me habló: “¿Por qué no te comés un pan con manteca?”. Al principio me pareció una buena idea. Corté un pan y lo unté con grasa de animal.

“¿Pero qué estás haciendo?”, me preguntó mi conciencia.

“Pan con manteca”.

“¡Sos un boludo! Esa no es manteca… ¡Esa es grasa de animal!”.

¡Qué contradicción! Mi conciencia quería pan con mantequilla, y la entendí, pero mi cuerpo no tradujo la jerga argentina a la salvadoreña y siguió las instrucciones equivocadas. Por un instante me sentí como un trabajador indocumentado en un país extraño. Pero era al revés.

“Sos una mala conciencia”, le dije. “¿Quién te dejó entrar?”

“Me colé, ¿por qué? ¿Te molesta?”.

“¡Esto es inaudito! No hay lugar para vos en mi cuerpo”.

Mi conciencia se rió. Mi propia conciencia riéndose de mí.

“¡Dejá de decir pavadas!”, me dijo.

Esto me remite a mis recuerdos de infancia, no sé por qué. Me imagino en el patio del colegio, a los diez años, diciéndole a un amigo: “No digás pavadas”. Mi amigo me mira, confuso.

“¿Qué es eso?”, pregunta.

“¿Qué cosa?”.

“¡Pavadas! ¿Qué querés decir cuando decís pavadas?”.

“No sé”, respondo. “Creo que tiene algo que ver con los pavos”.

“¿Con los chompipes?”.

“Sí”.

“O sea, una pavada es una chompipiada”.

“Sí”.

“¡Qué cosas tan raras decís!”.

“Es algo que le oí decir a Sergio”.

“¿Y quién es Sergio?”.

“Sergio Mercurio, un hombre del futuro”.

“¿Viajaste en el tiempo?”.

“Sí”.

“Y este tipo, del planeta Mercurio, ¿tiene pistola de rayos láser?”.

“No”.

“Entonces no es del futuro, es del pasado”.

“¿Y vos qué sabés? Te digo que lo vi en el futuro, y no es de Mercurio, es de Banfield”.

“Ese planeta no existe”.

“Porque todavía no ha sido descubierto. ¡Lo van a descubrir los argentinos en el futuro!”.

“Y estos seres del planeta Banfield, ¿nos van conquistar?”.

“Sí; el titiritero de Banfield va a viajar por el mundo y nos va a conquistar a todos, pero no con una pistola de rayos láser, sino con muñecos”.

“¿Robots?”.

“No, robots no, ¡muñecos! ¡Muñecos de colchón!”.

“¡Eso no tiene sentido!”.

“Algún día lo tendrá”.

Algún día. Quizás este mismo día. Están advertidos.

También está advertida mi conciencia argentina, que de nuevo se va, y me deja un poco asombrado, y un poco más universal.

“¡Buen viaje, Sergio!”.

“¿Quién dijo eso?”.

“Yo no fui”.

“Yo tampoco”.

“¡Pero qué hatajo de boludos tenés en la conciencia, Jorge! Mejor me voy a otra parte”.

Y se fue.

 

A los incrédulos, que podrían no creer en la existencia de un tal Titiritero de Banfield, les dejo este enlace:
http://www.eltitiritero.com.ar/

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