Originarios

sami boys

Jorge Ávalos

Indígena significa  “originario del pueblo” o “pueblo originario”, pero su aplicación es universal: hay indígenas en todos los territorios de la tierra, y son de todas las razas y culturas (como los niños “blancos” que aparecen en la fotografía, que son del pueblo indígena sami de Finlandia).

La palabra indígena no se opone a la de conquistador ni a la de europeo u occidental, a menos que la integremos a una historia donde ese conflicto entre un pueblo indígena y otro externo ocurra. Pero la historia nos recuerda que entre los indígenas de Mesoamérica, por ejemplo, hubo conquistadores, opresores, esclavistas, reyes, guerreristas y tiranos, como en cualquier lugar de la tierra donde ha habido suficientes humanos para crear una civilización.

Lo que me parece valioso del concepto indígena es que en realidad toda la raza humana tiene un origen común y en un solo lugar de la tierra: África. En África está el pueblo originario de todos los seres humanos. Todos los demás pueblos del mundo no son nada más que el destino permanente de los emigrantes que abandonaron el pueblo originario de los seres humanos, quienes somos, a fin de cuentas, una sola especie.

Miel de tigre

 

Una fábula sobre Augusto Monterroso.

Jorge Ávalos

Autorretrato de Augusto Monterroso 1980Amaba los pájaros. Y era tan pequeño que hasta el día de su muerte a los 81 años, el viernes 7 de febrero de 2003, sus amigos creyeron que era un gatito. Debo decir la verdad. Era un jaguar: el gran felino de Guatemala, su más famoso «tigre». Antes que nadie lo afirmó Luis Cardoza y Aragón, su compatriota, que sabía lo que decía cuando sugirió que si los zarpazos de Augusto Monterroso eran dulces no por ello dejaban de ser zarpazos.

Ahora que ha muerto, sus colegas escritores recuerdan con cariño el humor de Monterroso. Y recuerdan también, con agradecimiento, la brevedad de su obra. Un escritor salvadoreño, por ejemplo, ha exaltado su “poder de síntesis”. Pero los que amamos los libros de Monterroso sabemos que uno de los encantos de su prosa es, en muchos casos, la ausencia de síntesis. Su estilo es coloquial, indeciso a veces, travieso casi siempre. La brevedad de su obra es leyenda sólo para quienes no lo han leído. Para quienes lo han leído, sus lacónicos libros constituyen una fábula cuya moral Monterroso explicó sin dejar lugar a equívocos: “No quiero llenar el mundo de más basura literaria”.

Monterroso fue breve porque nunca quiso repetirse. Como él mismo lo señaló, cada uno de sus libros es un ejercicio literario en un género distinto. De su brevedad Monterroso acusa también a su timidez, aunque ese es otro cuento, porque su timidez no es la razón de la brevedad de su obra sino de la brevedad en su obra. Su timidez lo hacía buscar temas pequeños. El tema de las moscas, por ejemplo. O el tema de los escritores de provincia. Honestamente, ¿cuánto se puede escribir sobre una mosca o sobre un poeta de provincia sin colmar la paciencia de los lectores?

Después de Monterroso, todo buen escritor lleva en su rostro sangre y miel, la marca de su dulce garra. Esa es la fábula que quería contar.

 


Ávalos, Jorge. “Miel de tigre” (sobre Augusto Monterroso). La Prensa Gráfica, 15 de febrero de 2003.

Testigos

Uno de mis primeros trabajos como periodista, en 1992, me llevó a la frontera de México y Texas, desde donde conté la experiencia de los inmigrantes salvadoreños que viajaban por vías ilegales a los Estados Unidos. Allí, entre Matamoros y Brownsville vi a niños, solitarios, cruzar el Río Grande rumbo al norte.

Jorge Ávalos 

Ese niño que se persigna
antes de saltar a las frías y turbulentas aguas
del Río Grande, ese niño nos defiende. Ampara
nuestras conciencias de una muerte prematura:
de la indiferencia ante la vida. Míralo saltar
al agua y nadar contra la corriente hasta la otra orilla.
Ese niño se levanta temblando de frío
y torna sus ojos para mirarte, una vez más,
antes de seguir su larga y peligrosa jornada.
A ese niño que corre, perseguido,
no lo olvides, poeta.