El teatro, una herramienta para la hermandad continental

Ángel de la GuardaPositivo balance del Festival Latinoamericano de Teatro de Argentina 2014. Organizado por el Teatro Nacional Cervantes, el encuentro reunió espectáculos de Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Uruguay y Venezuela.

Jorge Dubatti / Tiempo Argentino
Septiembre 14 de 2014

Sin duda, el Festival Latinoamericano de Teatro, realizado por el Teatro Nacional Cervantes del 27 de agosto al 7 de septiembre pasados, figurará entre los acontecimientos más relevantes de las artes escénicas argentinas en el resumen de la temporada 2014. Durante dos semanas, a sala llena, el Festival promovió el encuentro de los espectadores locales con una selección de lo mejor del teatro del continente, doce espectáculos de primer nivel y poéticas diversas provenientes de nueve países: Uruguay (La esencia, por la Murga La Trasnochada, y Sobre la teoría del eterno retorno aplicada a la revolución en El Caribe, de Santiago Sanguinetti); El Salvador (Ángel de la Guarda de Jorge Ávalos); México (Conferencia sobre la lluvia, de Juan Villoro, y Otro día de fiesta de Marco Pétriz); Guatemala (El charlatán de Rodolfo de León); Chile (El Señor Galíndez, de Eduardo “Tato” Pavlovsky, en versión del joven director Antonio Altamirano, y Otelo, por la Compañía Viajeinmóvil); Venezuela (Lírica de Gustavo Ott); Colombia (Ricardo III, por el director César Castaño); Ecuador (Instrucciones para abrazar el aire de Arístides Vargas); y Bolivia (Hamlet de los Andes, dirección de Diego Aramburo y Teatro de los Andes).

El domingo 7, en el cierre del Festival, en una mesa redonda coordinada por Natacha Koss y Pablo Mascareño, un destacado grupo de investigadores, artistas y críticos integrado por Marita Foix, María Fukelman, Nara Mansur, Lola Proaño, Jimena Trombetta, Juano Villafañe y Jorge Eines (quien, en viaje de regreso a España, dejó sus observaciones por escrito) concretó un lúcido balance de lo visto y oído a lo largo de las funciones teatrales. También participó en el debate Gabriel Cosoy, coordinador general del Festival Latinoamericano. Ofrecemos a continuación una síntesis de esa mesa.

Juano Villafañe destacó el Festival como ratificación de la existencia de una realidad y un espíritu de Latinoamérica, retomando la expresión de José Martí: “No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica” (Cuaderno de apuntes, 1881, Obras Completas, La Habana, tomo XXI). Señaló que las doce obras habían permitido, simultáneamente, pensar “una cartografía de la totalidad latinoamericana y de las pequeñas parcelas, cada una con su singularidad”. Puso el acento en la riqueza, variedad y complejidad de lenguajes de las obras, y en la función que históricamente cumple el teatro en la unidad cultural latinoamericana.

Nara Mansur, dramaturga e investigadora cubana radicada en Buenos Aires, observó que en realidad no hay uno sino “muchos teatros latinoamericanos”, pero que lo latinoamericano se unifica provechosamente como “política cultural”. Definió lo latinoamericano en el teatro como un proceso de investigación y entrenamiento, con una mirada y compromiso muy fuertes sobre la realidad política y social. Para Mansur, el Festival significó para los espectadores porteños el desafío y la aventura de tomar contacto con un teatro muy diferente al de Buenos Aires. “El porteño es un teatro que se piensa diferente al latinoamericano”, y agregó: “Latinoamérica ve a la Argentina como la Argentina ve a Europa”. Según Mansur, lo latinoamericano propone permanentemente repensar la responsabilidad del artista, sin temor a lo pedagógico. “El Festival activó eso: cómo la realidad nos constituye en artistas”.

Lola Proaño, investigadora ecuatoriana que vive en la Argentina, recorrió los doce espectáculos y reveló una constante presente en todos ellos: la representación de la violencia. “El conflicto entre dos familias a partir de un asesinato, en Lírica; el incesto y el abuso familiar, en Ángel de la Guarda; la metáfora de la tortura en El Señor Galíndez para pensar el Chile anterior a la presidenta Bachelet; el recurso a la reescritura de las tragedias de Shakespeare en Colombia, Bolivia y Chile; la caída de las utopías en la revolución caribeña representada por el uruguayo Sanguinetti; las desapariciones y asesinatos en la dictadura, en el teatro de Arístides Vargas”.

En una línea de lectura complementaria, Marita Foix habló de la impronta de lo social y lo político en la selección de espectáculos. Por su parte, Jimena Trombetta habló de otra constante observada en las obras: el jaque a los roles de autoridad, la crítica a la autoridad, las jerarquías y las representaciones del poder.

Jorge Eines se detuvo en dos creaciones para analizarlas minuciosamente. Sobre El Señor Galíndez, por el Teatro Amplio de Chile, escribió: “El Teatro Amplio no reduce los conflictos. Los sostiene. No describe. Escribe más con la palabra que los cuerpos, pero están presentes. Deja huella. ¿Qué? La trágica facilidad con que la gente normal se puede convertir en verdugo. La estética de la ambigüedad, aunque revelemos su ética. La marca de Tato, menos visible que en el Galíndez de Jaime Kogan de hace 40 años, pero igual de reveladora y de teatral, en el mejor sentido. La memoria de Chile y la reinvención de la dramaturgia para hacer honor a la memoria.” Sobre Lírica, por el Teatro San Martín, de Caracas, señaló: “Desde lo social recibimos una historia muy potente. La fuerza de lo acaecido en la realidad y la tarea de recuperarlo como narrativa se merecían un equilibrio mayor entre la palabra y la acción. La información se recibe más que nada en los contenidos verbales y las acciones descriptivas que organizan los conflictos. El signo escénico es más que nada signo verbal. Aun así, el esfuerzo de los actores para implicarse hace factible sostener con dignidad su recorrido.”

María Fukelman, por su parte, celebró la relación de este encuentro con el proyecto político de hermandad latinoamericana afianzado por los distintos países en el siglo XXI. Destacó la importancia de la gestión político-cultural, así como su valor en la visibilización de la actividad artística.

Finalmente, Gabriel Cosoy puso en primer plano dos aspectos: que los elencos del Festival salían en gira por las provincias en las próximas semanas, integrados al Circuito Nacional de Teatro, que cubre prácticamente todo el país; que el Festival del Cervantes y el Circuito Nacional venían a generar un nuevo diálogo. “Queremos romper”, afirmó, “con lo que el investigador José Luis Valenzuela llama ‘diálogo de espaldas’: los provincianos que dialogan con la espalda de los porteños, los porteños que dialogan con la espalda de los norteamericanos y los europeos.”

El Festival Latinoamericano de Teatro ha sido, fundamentalmente, un gran espacio de diálogo. Esperamos que en 2016 –ya que su realización será bianual– regrese con toda la fuerza de su misión.

 


Dubatti, Jorge. “El teatro, una herramienta para la hermandad continental”. Tiempo Argentino, Buenos Aires, domingo 14 de septiembre, 2014.

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