Urdimbre de tinieblas

TRADUCIR A WALCOTT

Jorge Ávalos

Hace 30 años traduje por primera vez un largo poema de Derek Walcott, “The Schooner Flight”. Envié la traducción a mis amigos en El Salvador. Ricardo Lindo consideró que era un poema muy bello e intentó publicarlo. Nadie le dio el espacio, ni siquiera en las revistas literarias universitarias porque ningún editor estaba interesado en promover poetas desconocidos. Cuando en 1992 Walcott ganó el Premio Nobel de Literatura, Lindo todavía guardaba aquella traducción del poema que yo titulé “La goleta Fuga” y de inmediato publicó varios fragmentos en el tercer número de la revista Ars, que él había comenzado a dirigir en ese entonces. Fue una de las dos revistas literarias de América Latina que pudieron hacerlo, puesto que Walcott aún era bastante desconocido en la región.

Derek WalcottDerek Walcott nació en Santa Lucía en 1930, una isla en el mar Caribe que no adquirió su soberanía sino hasta 1979. Publicó su primer libro de poesía, 25 poemas, en 1948, y su obra maestra, el poema épico Omeros, en 1990. Dos años después de ese hito en su carrera, Walcott ganó el Premio Nobel de Literatura por “una obra poética de gran esplendor, sostenida por una visión histórica, resultado de un compromiso multicultural”. Ha publicado 24 libros de poesía y 26 obras de teatro, además de varias colecciones de ensayos.

Traducir a Walcott es difícil. Siempre es difícil traducir a poetas que poseen un gran sentido de la música verbal. Pero es aún más difícil con Walcott porque él no toca un instrumento sino una orquesta lingüística. En sus poemas el ritmo es sólo uno de sus recursos. La pintura del paisaje, el símbolo, el espacio alegórico, la imaginación histórica, el personaje heroico, el colorido verbal, el tono de la voz, y muchos otros recursos los usa renovando al mismo tiempo el lenguaje inglés, como un siglo antes el nicaragüense Rubén Darío lo hizo con el español. Cuando sus versos adoptan el ritmo del oleaje marino del caribe, toda traducción que respete sus interminables oraciones en inglés, acabarán por traicionar al poeta, porque si bien escribe con frases de largo aliento, Walcott lo hace en una de las lenguas más compactas del mundo. El español no posee tantos sustantivos de una sílaba. Para traducir a Walcott se necesita un proceso de alquimia verbal. Hay que respetar su propósito, sus imágenes y la totalidad de su visión ante todo, para ser fiel a su poética.

Aquí, en esta traducción del poema “The Season of Phantasmal Peace”, cometo algunos leves pecados de traductor: cambio una palabra del plural al singular (haz en lugar de haces, lo cual es, a su vez, una interpretación de la frase “silvery ropes”); introduzco un adjetivo que no está en el original (tímida); rompo el ritmo del primer verso para introducir un sistema que me permite entrecortar las frases de tal manera que simulen los efectos corales que Walcott crea en el original (en inglés es posible hacerlo con los acentos de las palabras monosilábicas anglosajonas contrastadas a las palabras más largas de origen latino). Creo que este tipo de cambios sólo se introducen en una traducción con el objeto de mantenerse fiel al original. En este caso, me atrevo a sostener, mi traducción produce, al leerla, un “efecto único”, como llamó Poe al poder de la suma de todas las partes de un poema, muy parecido a la experiencia de leer “The Season of Phantasmal Peace” en inglés.

Comencé a traducir este poema hace diez años, y me frustró no poder replicar su método lírico con tanta economía como él lo hace en el original. Pero ahora que retorna el sentido del terror de las desapariciones en México y en El Salvador, pensé que debía terminar la traducción de aquel poema que osa soñar la esperanza ante “la gran urdimbre de tinieblas de nuestro mundo”.

 

LA TEMPORADA DE PAZ FANTASMAL

Derek Walcott

Sucedió. Pueblos de pájaros alzaron, todos, juntos,
la gran urdimbre de tinieblas de nuestro mundo,
en profusos dialectos, con el terco piar de las lenguas,
en punto y cruz, tejida al vuelo. Encumbraron, así,
las sombras de los altos pinos desbocándose al abismo,
de las torres de cristal despedazando el paso de la noche,
y la silueta de una tímida flor en el alféizar de la ciudad.
El silente vuelo de esa red nocturna, la muda algarabía
de los pájaros, continuó hasta que cesó el crepúsculo,
desde la lenta caída, hasta el instante del ocaso.
Y sólo quedó esta senda de luz fantasmal, un albor
que ni la sombra más estrecha se atrevió a romper.
¿Qué atrajo a los gansos salvajes? Imposible verlo
desde la tierra. ¿Detrás de qué va el águila pescadora,
planeando sobre un haz de plata en la helada luz solar?
¿Por qué no podíamos escuchar el tierno llamado
de las bandadas de estorninos, elevando aún más alta
la malla, cubriendo nuestra tierra como las vides
de una huerta, o como una madre haciendo temblar
un velo sobre los trémulos párpados de su creatura,
que aletea al intentar dormir?  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  Era la luz que se vislumbra
al caer la tarde sobre los oros de octubre, desde las faldas
de la colina. Nadie que prestó atención sabía por qué
había cambiado el graznido del cuervo; por qué era otro,
en su regocijo, el chillido del tero del norte; por qué la chova
piquigualda transitaba inquieta el vasto silencio de campos
y ciudades en los dominios de las aves, excepto porque
ocurrió en el trayecto de su paso estacional. Oh, Amor,
hecho sin estaciones. Desde el alto privilegio de su nacimiento,
algo más brillante que la piedad sintieron por los seres sin alas,
esos que comparten agujeros sombríos —ventanas y vanos—,
y con voces inauditas elevaron, aún más, su tejido de sombras,
más allá de lo mutable —traiciones de soles caídos—. Y esta
temporada duró un instante, como la pausa entre el crepúsculo
y la noche, entre la furia y la paz. Aun así, a la luz
de los hechos vistos sobre la tierra, esa paz fue perdurable.

 

Traducción de Jorge Ávalos

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