La Atlántida

Asya Arteyeva GreeceJorge Ávalos

Leo a Platón y descubro uno de los grandes paraísos perdidos: La Atlántida, esa isla dentro del cuerpo de agua de una isla, tierra antigua y mágica donde los seres humanos aún eran cercanos a los dioses y, por ello, más perfectos. Esa isla que ahora creemos que es una leyenda, es presentada por Platón como la historia de una civilización antigua, que existió hace 12 mil años y desapareció como lo hace un cuerpo enfermo, desgastándose y consumiéndose hasta hundirse en las aguas. Pero el filósofo griego sugiere que la pérdida del paraíso es ante todo una cuestión humana: ocurre por la disolución, a través de las generaciones, de la esencia del dios de nuestro origen, por la extinción de lo divino en nosotros los mortales.

Un escrito inacabado, Critias o de La Atlántida vale una aproximación sólo por la bella descripción que hace de un mundo ya desaparecido que combina —según nuestros menos imaginativos referentes bíblicos—, la belleza de un paraíso terrenal que todavía existía bajo la cercana tutela de un dios, y del reino, no menos rico y no menos bendecido por la sabiduría, de Salomón. En sus páginas, encuentro las típicas gemas platónicas:

No se castigaría con justicia al que se engaña si no se le ilustra.

O esta otra:

La ciencia, el talismán por excelencia.

En otro momento nos habla de cómo los dioses se repartieron las comarcas de la tierra, y de cómo gobernaron a los mortales sin violencia:

Los dioses sabían que el hombre es un animal dócil e imitando al piloto que conduce la embarcación, sirviéndose de la persuasión como de un timón para mover el alma a su antojo, dirigieron y gobernaron así la raza entera de los mortales.

Pero son dos los pasajes que me llaman la atención por sobre todo lo demás, porque tratan nociones que yo creía modernas. El primero es sobre el ocio como origen de las ciencias y las artes. Platón expone esta idea con sencillez y sin dejar lugar a equívocos:

El estudio y las narraciones de las cosas antiguas se introducen con el ocio en las ciudades cuando cierto número de ciudadanos que tienen a la mano cuanto necesitan para la vida, no tienen ya por qué preocuparse de ello.

El otro pasaje apunta a la idea de que la desigualdad entre el hombre y la mujer son producto de una construcción social. Ahora bien, esto no es lo que dice Platón, pero lo que sí dice es que en la antigüedad, en aquel mundo primigenio de La Atlántida, cuando los mortales estaban más cerca de la divinidad y de la naturaleza, las mujeres y los hombres eran iguales, y como evidencia de lo que dice apunta hacia las representaciones humanas que les legaron los artistas del pasado:

Los trabajos de la guerra eran entonces comunes a las mujeres y a los hombres, y consecuencia de esto es que los artistas de aquellos tiempos representaban a la diosa en sus imágenes y estatuas vistiendo la armadura: era como una advertencia de que desde que el macho y la hembra están destinados a vivir juntos, ha querido la naturaleza que pudiesen ejercer por igual las facultades que son el atributo de su especie.

La implicación de esto, a mi manera de ver, es que si por naturaleza el hombre y la mujer son iguales, entonces, la desigualdad de los géneros es una consecuencia de la construcción social de las jerarquías humanas.

En ningún momento sostiene Platón que La Atlántida es una tierra fantástica, un mundo legendario. Para él, el origen divino y mortal de la raza humana es un hecho histórico del que perdimos memoria porque ocurrió antes de la era del ocio.

fotografía: Retroatelier
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