Los demonios

ecoli-1184px

Jorge Ávalos

La aceptación irracional de las explicaciones científicas podría ser una nueva modalidad de la superstición. Aceptamos todo lo que nos dicen las autoridades. Hace más de mil años, esas autoridades estaban en la iglesia; ahora, son científicas, y aunque no dudo de que esto sea preferible, tenemos que admitir que la aceptación ciega de estas explicaciones no nos hace diferentes de nuestros antepasados medievales. Con demasiada frecuencia preferimos las respuestas que nos ofrece la imaginación a la verdad científica, y aceptamos con más facilidad la verdad científica cuando ésta es tan misteriosa como una superstición.

Mi primer acercamiento con la ciencia estuvo impregnado por mi pasión por la fantasía. Cuando cumplí los once años recibí de regalo un juego de química, con sus tubos, pinzas y reactivos químicos. Con él hacía experimentos, principalmente inspirado en mi lectura de la novela Frankenstein. Me gustaba quemar azufre, porque a eso olía Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Es decir, el juguete era mi excusa para pretender que yo era un científico loco, o un alquimista medieval.

Lo que ahora me parece un tanto increíble, aunque juro que es verdad, es que compraba productos tóxicos en la farmacia local, como el mercurio. Lo vendían en pequeñas botellitas. Así, con un amigo, Juan Carlos Dueñas, construimos nuestro propio termómetro, excepto que medía tres metros de largo y estaba elaborado en la forma sinuosa y laberíntica de una montaña rusa. En una tienda de productos médicos compramos dos largos tubos de vidrio y un cuñado de Juan Carlos los dobló y retorció a nuestro gusto con la ayuda de una llama. Presentamos nuestro termómetro en la clase de biología de séptimo grado, donde la unión de los dos tubos se rompió y el mercurio salió volando del aparato. Recuerdo que un amigo que reencontré hace poco en las redes sociales, Rafael Rauda​… ¡persiguió la esquiva bolita del mercurio por el salón de clase mientras el resto de mis compañeros gritaban, y logró atraparla con sus manos! No sé cómo no morimos envenenados.

Hacer estas locuras me dio el raro privilegio de tener acceso al equipo de laboratorio de los mayores, los estudiantes de bachillerato, y ver a través de microscopios, donde examiné plumas, briznas de hierba, muestras de coca cola y, ya aburrido, una gota de sangre, pellejos y vellos que arranqué de mi propio cuerpo. La ciencia era fascinante pero, para mí, no lo era por sí misma. No era lo mío. Escribí un cuento de ciencia ficción basado en la idea de un indestructible Treponema Pallidum (la bacteria que causa la sífilis), convertido en un monstruo gigante después de ser bombardeado con radiación. La idea no es muy original si consideramos las películas de la década de 1950 o el famoso monstruo Godzilla (al que adoré en mi adolescencia), excepto que en mi cuento el Treponema Pallidum no deja de crecer y termina destruyendo a la humanidad. La última imagen del cuento era el monstruoso Treponema Pallidum chapoteando en el océano Pacífico y extendiendo su cabeza hacia la luna, como una lombriz excesivamente codiciosa a la que no le basta su propia manzana.

Ya adulto, en un hospital de investigación donde trabajé de noche mientras iba a la universidad, vi en la gigantesca pantalla de alta resolución de un microscopio nuclear las bacterias del Escherichia Coli, con el que muchos ciudadanos de Nueva York se habían infectado en ese tiempo (son las que aparecen en la fotografía que encabeza esta nota). Son animales, de verdad que son animalejos, pero muy chiquitos… microscópicos, como ahora decimos con tanta naturalidad. En nuestro sistema digestivo, desde la boca hasta nuestras entrañas, alojamos cientos de millones de bacterias, algunas, bellamente, como ángeles granjeros, cuidan de nuestro sistema: lo mantienen impecable al devorar los desechos que se acumulan en nuestras membranas.

Ahora bien, ¿cuántos de nosotros hemos vistos bacterias en un microscopio?

Esta mañana oí a una mujer que vende frutas explicarle a otra, y con mucha convicción, que las bacterias son demonios, muy pequeños. La otra mujer asintió, con una expresión de gravedad profunda en su rostro. Esto significaba, según ellas, que hay medicinas que matan demonios. Al principio me dio risa. Y después pensé… Quizás sí. Quizás así sea. Quizás son ellas y no yo, quien tiene la razón.

Siempre consideramos que los demonios eran invisibles y que causan misteriosos males a las personas: enfermedades, locura, depresión o hasta la muerte. De hecho, las bacterias pueden hacer todo eso. Sólo porque ahora las vemos y las llamamos bacterias, no significa que hayan dejado de ser nuestro enemigo invisible, un enemigo que se nos mete al cuerpo: animalejos que muy bien podrían llamarse demonios.

La bacteria del Treponema Pallidum.

La bacteria del Treponema Pallidum.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s