Diecisiete sueños en abril

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Escribí este texto en abril de 2005. Aunque no lo parezca, es un cuento. Los párrafos se suman y hacen una sola pieza de música para la imaginación. Es la huella de un amor.

Jorge Ávalos

Soñé con El libro del silencio. Cuando lo leí, el mundo escuchó.

Soñé que en una librería de la ciudad de México compré la primera edición de Nostalgia de la muerte, veintiséis años antes de nacer.

Soñé que descubrí el más bello verso de amor tatuado alrededor del ombligo de Mariabé, la mujer de mis sueños. Cada vez que ella aparece en la casa de mis sueños, un nuevo verso aparece tatuado en otra parte de su cuerpo. “¿Quién hace esto?”, le pregunté, celoso. Ella me miró sorprendida, y con una dulce sonrisa contestó: “Lee con atención. Son las huellas de tu amor.”

Soñé que en mis estantes se hallaba el mapa de la ciudad del deseo. Su geografía es una leyenda. Anhelo llegar a ese hotel donde se reúnen todas las vidas que yo he vivido, en todas las ciudades que he conocido. Algún día, ese lugar será tan real como uno de mis cuentos.

Soñé que César Vallejo me llamaba y me pedía prestado un carrete de tinta para su máquina de escribir. Cuando le dije que no tenía ninguno, me pidió que buscara en un bolsón de mi vieja maleta. Y, en efecto, ahí había uno, pero no supe cómo hacérselo llegar a ese “París con aguacero” que él habita desde el día de su muerte.

Soñé con una Biblia que al leerse se enciende y arde sin cesar.

Soñé que en una transitada calle de Nueva York perdí mi copia de El laberinto de la soledad. No pude detenerme cuando el libro cayó de mis manos y desapareció de mi vista. Grité pero nadie me hizo caso. Apresurada, la multitud siguió caminando, llevándome con ella.

Soñé con la Enciclopedia de la ignorancia. Sus artículos, he oído, se escriben solos. Su lectura está prohibida a los humanos por el mismo Dios. Fugaces referencias a ella se vislumbran en la frente de los sabios.

Soñé que Kafka me visitó. Insistió, furioso, que le devolviera el ejemplar de Don Quijote que me había prestado. Le di el mío y se marchó satisfecho. Juro que nunca antes lo había conocido.

Soñé que me convertí en una joven polilla. Me dormí entre las páginas de un libro abierto. Mi madre lo cerró mientras limpiaba el estudio.

Soñé que adquiría una ceguera que sólo me permitía distinguir, en el griego original, los dulces versos de Homero.

Soñé con un libro de frágil lectura. Al abrirlo, las letras se desprendieron de las páginas y cayeron sobre mi regazo como los vellos de una mujer. Al despertar observé con atención el pubis de Mariabé y noté que sus vellos se ensortijaban de tal manera, que formaban un diminuto jardín de letras.

Soñé que un raro virus borró la palabra escrita y tornó todos los libros en blanco. Sin memoria, la humanidad llegó a su fin. Desde entonces, algunos vivimos en cavernas.

Soñé que escribí un cuento en el que mi personaje sueña con una mágica biblioteca. Allí descubre un catálogo de flores. Al abrirlo se esparcen cientos de pétalos azules, rojos y amarillos. Ese libro es un símbolo del amor.

Soñé que encontré un caracol a la orilla de mar. Al llevármelo al oído escuché a Pablo Neruda decirme cuánto extrañaba los sonidos de la tierra.

Soñé que escribí mi obra maestra. En otro sueño, recibí una llamada de mi editor. “No lo podemos publicar”, me dijo, apenado, “este libro sólo se puede leer en sueños, y en los sueños nadie compra nada”.

Soñé que Olivier Messiaen me envió por correo aéreo los siete volúmenes de una edición especial de su Catalogue d’Oiseaux. El libro sólo contiene las brillantes imágenes de cientos de pájaros de todo el mundo. Muy pronto descubrí la mecánica de los bellos cromos. Si se elige una imagen y se coloca la yema de un dedo sobre el área del corazón, el pájaro despierta y canta. Este es uno de mis libros favoritos; cada vez que visito la biblioteca de mis sueños, lo mantengo a mi alcance.

Soñé que al terminar de leer Cien años de soledad, apreté el libro contra mi pecho. En ese momento una bala entró por la ventana de mi cuarto y golpeó mi corazón. El libro detuvo la bala. Ahora recuerdo que no lo soñé. Esto me sucedió de verdad.

La primera mañana de mayo, exaltada, Mariabé me despertó. “Mira”, me dijo, y señaló más allá de la ventana. Como en un poema de Guido Gezelle, sobre la tranquila superficie de una charca, unos insectos escribían con sus ágiles patas el nombre de Dios.

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