El perro azul en la noche amarilla

Un poema.

Jorge Ávalos

No nos salvará la poesía.
No nos salvará
la perfección métrica del soneto,
ni el pequeño
………………..abismo
del hemistiquio
…………………..para ese
salto del aliento
…………………..entre dos
heptasílabos
………………inmortales:
La princesa está triste…
………………………..(aspira),
¿Qué tendrá la princesa?
………………………..(expira).
Los cañaverales serán otro mar,
pues eran mares los cañales,
y ¡El mar, el mar, el mar
que siempre recomienza!
será las cañas
verdinegras
rompiéndose
………………..salvajes
contra las rocas:
…………………..espuma
de azúcar y azar
…………………..bajo
un cielo de
……………luz azul
—espejo iridiscente,
…………………………celeste
distracción—.

No, no será la metáfora
la que nos salve, ni lo hará
el equívoco,
……………..la sinestesia,
la imagen
…………..vista
al cerrar los ojos,
……………………hecha
fábula de fuentes
con el
……..despertar al sueño,
en la muda soledad
de la conciencia…
justo allá…
……………..y aquí,
donde ladra
……………..el perro azul
en la noche amarilla.

No nos salvará la poesía,
……………………………..no,
pero sólo la poesía puede salvarnos.

En su madeja de contradicciones,
los versos reúnen
lo distante
……………y separado,
lo antagónico
………………..y lo magnético,
lo tautológico
………………..y lo imposible
con aristotélica
………………….pasión.
Sólo así el ser reconoce
su finito
…………misterio
y la instantánea
…………………..teología
del tiempo,
en el aquí y en el allá:
…………………………el ser
……………..y el estar
arriba y abajo,
………………..afuera y adentro,
en todas partes
………………….y en ninguna,
eterno
……….y mortal,
múltiple
…………y singular,
como un dios
……………….regodeándose
en el todo
…………..y en la nada.

No nos salvará la poesía.
……………………………..No.
Y, sin embargo,
………………….sólo la poesía
puede salvarnos.
…………………..Porque
el verso es el camino
hacia el origen del asombro,
hacia la semilla
de las búsquedas
……………………del ser humano,
esa pequeña nada con sus raíces
en las sombras
………………..  de la duda.

No tengas miedo del absurdo,
del infante
…………….sinsentido,
porque no es éste
el reverso de la razón:
es tu rostro en el espejo
del caos,
…………ese olvidado taller
de Dios.

Todo comienza
así: con el
………………..big-bongo-bang
del verbo
………….y la cifra secreta
de su significado.
…………………….El caos
es una poética
………………..aún por descifrar.
Lo irracional
………………no tiene
por qué tener
……………….su razón,
pero todo tendrá
su rima
………..o su dulce
cadencia.
…………..O sus dos o tres
números
………….imaginarios.
O el giro imprevisto,
………………………..o el cambio
sincopado,
……………o el color
de su letra,
……………o la música del olvido.
O su gato de Schrödinger.
O el recuerdo del silencio.
……………………………….O la voz
de la vergüenza.
…………………..O la palabra y su poeta.

 

Septiembre 17, 2015.

 

Tránsito

Un poema triste.

Jorge Ávalos

Eres pura luz cuando despiertas,
claridad pura.
Sales de tu casa,
y el encuentro con el cielo
te hace muy feliz y muy celeste.
Pero hay tanta oscuridad allá afuera,
tanta sombra compartida,
que al llegar el mediodía
ya eres azul, azul profundo.
En la hora del almuerzo
escuchas las noticias,
y de tanta sangre te salpican
que a las 3:30 de la tarde
ya estás teñido
de un púrpura
silencioso y taciturno.
Imposible desprenderte
de tanta oscuridad,
de tanta sombra
compartida.
En el camino a casa,
el crepúsculo cae sobre ti,
y te pierdes en la noche
hasta ser la noche,
porque tu luz se apaga,
porque tu luz se extingue.
Y porque ya estás más negro
que las sombras
de la muerte y del olvido.

Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.

“Ángel de la guarda” de Jorge Ávalos

DOSSIER DE LA OBRA TEATRAL / FICHA TÉCNICA / ARCHIVO DE PRENSA

Ángel de la guarda

de Jorge Ávalos

Dirección:
Roberto Salomón

Elenco:
Naara Salomón – Angélica / Ángel de la guarda

Estreno mundial:
Jueves 24 de agosto de 2006
Teatro Luis Poma
San Salvador

 


SINÓPSIS

¿Cuál es la línea que divide la realidad de los sueños?

En el mundo de Angélica, una niña de catorce años, esa línea se borra el día en que su ángel de la guarda decide contar la historia prohibida de la pérdida de su inocencia.

Sin tapujos, Ángel de la Guarda trata de la realidad del incesto como un golpe al alma de una adolescente, pero lo hace desde su propia perspectiva y en sus propios términos.

Al confrontar su pasado, la riqueza de su visión original del mundo es restituida, al mismo tiempo que desenmascara y expone lo indecible.

Ángel de la Guarda es también una obra sobre la espiritualidad en la vida de los niños, sobre la magia liberadora de las palabras y sobre el poder de la imaginación para convocar, confrontar y vencer a los fantasmas del pasado.


FICHA TÉCNICA COMPLETA

 

  • Título: Ángel de la guarda (2004)
  • Dramaturgia: Jorge Ávalos (El Salvador, 1964)
  • Adaptación escénica: Naara Salomón
  • Dirección: Roberto Salomón
  • Actuación: Naara Salomón
  • Producción ejecutiva: Teatro Luis Poma
  • Patrocinio: Fundación Poma
  • Diseño de luces: César Noé González
  • Escenografía y vestuarios: Naara Salomón
  • Confección del traje del ángel: Pasita Lazo
  • Artesanía teatral: Elizabeth Guzmán / Carlos Quijada
  • Proyecciones: Maura Mendoza, modelo, en el rol de Angélica joven; fotografías de Tomás Guevara
  • Canciones: “Para cuando me vaya”, letra y música de Amaury Pérez; “Canción de cuna”, letra de Jorge Ávalos, música de Naara Salomón
  • Música: Isaac Albéniz interpretado por John Williams; Franz Schubert interpretado por Murray Perahia
  • Banda sonora: Roberto Quezada
  • Género: Monólogo / Teatro de objetos / Psicodrama / Sociodrama / Monodrama
  • Estreno mundial en El Salvador: Jueves 24 de agosto de 2006 en el Teatro Luis Poma, San Salvador
  • Estreno en Argentina: Miércoles 27 de agosto de 2014 en el Teatro Nacional Cervantes, Sala Luisa Vehil, Buenos Aires
  • Estreno en Honduras: Jueves 2 de octubre de 2014 en el Teatro Memorias, Tegucigalpa
  • Temas claves: ángel, espiritualidad, realismo mágico, abuso infantil, psicología del abuso
  • Duración: 60 minutos
  • Agradecimientos a: Licry Bicard

ARCHIVO DE PRENSA

 

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El encuentro

Reproducimos este cuento tal y como se publicó en marzo de 2013 en la revista Suelta, que reúne —de manera complementaria, tangencial o en contrapunto— a un escritor con un artista visual.

Jorge Ávalos
Animación de Tony Cruz

Lo conocí en el cuarto de baño de un viejo hotel del centro. Se parecía a mí en lo esencial: era un hombre insignificante que vestía una gabardina gris tan deslucida como la mía. Pero fue un rasgo único lo que dirigió mi atención hacia él: no tenía reflejo.

Yo fumaba un cigarrillo, apoyado en la pared del fondo, cuando él me descubrió en el espejo. Me miró sin perturbarse. Del bolsillo de su gabardina sacó un peine, cerró los ojos y se peinó a tientas.

—No todos tenemos reflejo —dijo, al terminar de peinarse—. Es una forma de ceguera.

Tiré mi cigarrillo al suelo y lo apagué con la suela del zapato.

—No necesita explicarse —dije—. Yo sólo soy reflejo.

Él se volteó, buscándome ahí donde supuso que yo debía estar, en la pared del fondo. Le tomó un instante asimilar la verdad.

—Nadie a mi lado y nadie al suyo —dijo.

Metí mis manos en los bolsillos de mi gabardina y encogí los hombros.

—Acaso estamos hechos el uno para el otro —dije, ubicándome frente a él.

El hombre se metió las manos en los bolsillos y se acercó al espejo. Y entonces, mirándonos a los ojos con una intensidad que nadie más podría entender, sonreímos al mismo tiempo.

 


jorge_avalosJorge Ávalos (San Salvador, El Salvador, 1964) es poeta, dramaturgo y narrador salvadoreño. Por sus cuentos ha sido galardonado con los dos premios centroamericanos de literatura, el Rogelio Sinán de Panamá en 2004, y el Monteforte Toledo de Guatemala en 2012. Entre sus obras se cuentan La ciudad del deseo (cuento, Panamá, 2004), La balada de Jimmy Rosa (teatro, 2009) y El secreto del ángel (cuento, 2013).


tony-cruzTony Cruz Pabón (Vega Alta, Puerto Rico, 1977), desarrolla su trabajo en medios como el dibujo, la animación y la fotografía. Su obra se ha mostrado en la III Trienal Poli/Gráfica de San Juan (2012), “The Peripatetic School: Itinerant Drawing from Latin America”, en el “Drawing Room” en Londres (2011), en la Galería Casas Riegner en Bogotá, Colombia (2010) y en el Centro de Cultural Chacao en Venezuela (2009). Su trabajo, también se ha expuesto en Brasil, Estados Unidos, Costa Rica, Guatemala, Ecuador, Cuba y República Dominicana. Actualmente es codirector y miembro fundador de Beta-Local.


“El Encuentro” se puede descargar en formato PDF:
https://drive.google.com/open?id=0Bx6jTIw92tWRRi1Xczc2VndtVDg

La publicación original en línea de “El Encuentro” se puede encontrar en el siguiente enlace:
http://www.sueltasuelta.es/Tony-Cruz-Jorge-Avalos

201303 Revista Suelta