Un poema de Ana Frank

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Un poemita juvenil de la famosa diarista Ana Frank.

Jorge Ávalos

En un cuaderno de Christiane “Cri-Cri” van Maarsen, encontraron un poemita escrito por Ana Frank, conocida por su famoso diario, que quizás han leído. Les traduzco el poema (del inglés, el original está escrito en holandés) para que no se olviden de esta lección de una niña de 12 años que no creía en dejar cosas mal hechas.

Amsterdam, 28 de marzo de 1942.

Estimada Cri-Cri,
Si no completaste bien tu tarea,
y perdiste tu preciado tiempo,
entonces, vuelve a hacerla
y esfuérzate esta vez más que antes.
Si otros te reprochan
por lo que tan mal has hecho,
asegúrate de enmendar tu error.
Este es el mejor consejo que yo te puedo dar.
Un recuerdo de Ana Frank.

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La resonancia limitada del arte en El Salvador en el 2005

Casi por casualidad redescubrí este artículo en el que se me entrevista sobre la situación de las artes y la cultura. Una buena instantánea de aquel año.

Ruth Grégori / Rosarlin Hernández
El Faro, 1 de enero de 2006

A pesar de la diversidad de las propuestas artísticas, el principal desafío de los creadores y de los gestores culturales al cierre de este año es trabajar en función de una demanda que no crece al mismo ritmo de la oferta.

Sólo entre septiembre y octubre, una persona interesada en las artes tenía la posibilidad de asistir a dos festivales de teatro, uno de poesía y un encuentro internacional de ballet, además de la exposición de “Salarrué, el último Señor de los Mares” en el Museo de Arte y el doble montaje de “Petición de Mano” como parte de la temporada permanente del Teatro Luis Poma, entre otras actividades culturales.

Pese a que San Salvador este año tuvo una agenda cultural diversa, existe la percepción de que la oferta ha crecido más rápido que la respuesta del público. El director del Museo de Arte y ex presidente de Concultura, Roberto Galicia, señala que no se están haciendo en ningún campo esfuerzos significativos para generar nuevas audiencias: “Eso es dramático porque uno ve en los diferentes eventos, literalmente, a la misma gente”.

Dos de las actividades más relevantes de las artes visuales fueron presentadas en el Museo de Arte, la exposición de “Salarrué, el último Señor de los Mares” que reveló una faceta poco conocida del célebre escritor, y la celebración de la V Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano, que por primera se realizó en el país.

El escritor y crítico Jorge Ávalos destaca sobre todo la exposición de las obras de Salarrué: “Hay logros a nivel de la curaduría, de la museografía, de la investigación. Pero el mayor logro es haber realmente restaurado la imagen del escritor como un artista visual importante en El Salvador y en Latinoamérica”.

La V Bienal Centroamericana representó para el Museo de Arte no sólo la posibilidad de ser la sede del único certamen de artes visuales de la región sino también una oportunidad para poner a prueba su capacidad organizativa. “Para nosotros la V Bienal ha sido un relanzamiento del Mueso de Arte”, dice Galicia.

Jorge Ávalos considera que eventos como la Bienal evidencian el anhelo de estar en sintonía con el espíritu global de los tiempos. Sin embargo, señala que con el propósito de competir, en ocasiones los artistas sacrifican parte de la autenticidad de sus propuestas: “Muchas veces, los artistas rompen con su línea de desarrollo para participar con un tipo de obra específica en esa Bienal”.

Agrega que en estas bienales ocurre un proceso doble de mímesis: “Los artistas están creando obras que se asemejen lo más posible a lo que se está dando a nivel global, y donde los jurados también están actuando porque las artes centroamericanas sean parte de este movimiento global en las artes”.

Al parecer, este no fue el año de las artes escénicas. Algunos signos como la escasez de estrenos de obras teatrales, la disparidad entre el desarrollo individual y el colectivo, así como la irregular asistencia del público hacen pensar incluso en la posibilidad de un  retroceso.

Ávalos reconoce que hay actores y bailarines en los que se ha dado un crecimiento individual pero que es difícil que en un montaje coincida un elenco del mismo nivel profesional: “Siempre hay ese tipo de problemas de ajuste entre los elementos que constituyen una producción escénica. A veces sin embargo esos problemas de ajuste no existen. A veces se da una obra que resueltamente se siente profesional, se siente su nivel de calidad; cuando eso sucede, el público aparece, el público llena”.

En el ámbito de la música, los contrastes de propuesta y poder de convocatoria se reflejan en la asistencia a los conciertos presentados por la Orquesta Sinfónica Nacional y la Juvenil. En tanto que la primera incluye normalmente estrenos de compositores nacionales e internacionales y capta poco público, la segunda ha desarrollado una propuesta de conceptos escenográficos versátiles con temas musicales más populares que atrae a cientos de espectadores.

Roberto Galicia señala que la programación de la Orquesta Sinfónica Nacional es extraordinaria pero carece de promoción: “Los conciertos no logran captar la atención del público y es una lástima, el trabajo de Germán Cáceres es valiosísimo”.

Respecto a la producción literaria, dos salvadoreños obtuvieron importantes reconocimientos a nivel internacional: el Premio Adonáis de Poesía (España) que ganó George Alexander Castillo con Breve Historia del Alba y el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán que fue otorgado a Carlos Soriano por su novela Listones de Colores.

La distancia entre el público y el escenario

El divorcio entre el público y las propuestas artísticas tiene a la base factores como un lenguaje especializado, una población que no cuenta con la formación necesaria para apreciar las artes y una ruptura generacional de artistas.

Roberto Galicia opina que “hay que hacer esfuerzos para crear nuevas audiencias. Nos hemos conformado con hablar entre nosotros mismos, y a que ese lenguaje con el que nos entendemos no sea comprensible para los demás”.

Para Jorge Ávalos esta condición de divorcio es natural en el marco de la transición social que ha tenido el país en los últimos años: “Hay muchos artistas jóvenes que todavía están adaptándose a cambios muy drásticos de la realidad salvadoreña, y las artes son influidas por esos cambios. En la época de la guerra realmente se perdió muchísimo. Las redes sociales de los artistas se cercenaron, volver a reconstruir esas redes sociales y tener una comunidad de artistas donde se confíen completamente los unos con los otros, eso no es tan fácil”.

La pirámide de fiesta y el centro del olvido

El rescate del patrimonio histórico enfrenta la disyuntiva del pasado traslapado con el presente. El derrumbe de las paredes de cemento de El Tazumal, instaladas por el equipo de Stanley Boggs, tal y como dictaba la metodología en boga en los años cincuenta, develaron estructuras antiguas que marcaron un hito en el rumbo arqueológico salvadoreño.

El escritor y curador de artes visuales, Ricardo Lindo, califica el derrumbe en Tazumal como la posibilidad de una nueva indagación del pasado indígena: “Sucedió como un desastre en el momentito y después descubrió cosas enormes del pasado que estaban sepultadas por una estructura de cemento que no era realmente correspondiente a lo que significaba ese monumento, fue algo muy grande para la arqueología”.

Paradójicamente, los hallazgos en Tazumal contrastan con el desaparecimiento de lo que una vez fue el centro histórico de San Salvador. “Algo opuesto en sentido de desastre verdadero fue la muerte de la Casa Munguía en el centro, que era una belleza” dice Lindo.

Roberto Galicia, director del Museo de Arte y ex presidente del Consejo Nacional para la Cultura (Concultura), sostiene que una de las pérdidas más grandes a nivel de patrimonio cultural en el país está retratada en el centro histórico de la ciudad.

“En ese desastre participa en proporciones iguales Concultura y la alcaldía de San Salvador. Cada vez se retrocede más, por mucho que se hable el centro histórico se ha convertido en una frase circunstancial y es un campo en el cual literalmente no se ha hecho nada. Hay un retroceso total en el centro histórico como parte de la memoria, de la historia del país, como problema urbano”, indica Galicia.

Para el escritor y critico de arte Jorge Ávalos es una gran tristeza lo que está pasando al patrimonio histórico del centro de San Salvador: “Todas las leyes están acompañadas de dos tipos de acciones: una para castigar lo negativo y una para apoyar lo positivo. La ley de patrimonio no tiene ese aspecto positivo. No hay incentivos para que la gente invierta en comprar esas propiedades, en restaurar, protegerlas, conservarlas. Estamos ante una situación en la que Concultura, por inacción, está coadyuvando a la destrucción del patrimonio histórico del centro de la ciudad”.

El perro azul en la noche amarilla

Un poema.

Jorge Ávalos

No nos salvará la poesía.
No nos salvará
la perfección métrica del soneto,
ni el pequeño
………………..abismo
del hemistiquio
…………………..para ese
salto del aliento
…………………..entre dos
heptasílabos
………………inmortales:
La princesa está triste…
………………………..(aspira),
¿Qué tendrá la princesa?
………………………..(expira).
Los cañaverales serán otro mar,
pues eran mares los cañales,
y ¡El mar, el mar, el mar
que siempre recomienza!
será las cañas
verdinegras
rompiéndose
………………..salvajes
contra las rocas:
…………………..espuma
de azúcar y azar
…………………..bajo
un cielo de
……………luz azul
—espejo iridiscente,
…………………………celeste
distracción—.

No, no será la metáfora
la que nos salve, ni lo hará
el equívoco,
……………..la sinestesia,
la imagen
…………..vista
al cerrar los ojos,
……………………hecha
fábula de fuentes
con el
……..despertar al sueño,
en la muda soledad
de la conciencia…
justo allá…
……………..y aquí,
donde ladra
……………..el perro azul
en la noche amarilla.

No nos salvará la poesía,
……………………………..no,
pero sólo la poesía puede salvarnos.

En su madeja de contradicciones,
los versos reúnen
lo distante
……………y separado,
lo antagónico
………………..y lo magnético,
lo tautológico
………………..y lo imposible
con aristotélica
………………….pasión.
Sólo así el ser reconoce
su finito
…………misterio
y la instantánea
…………………..teología
del tiempo,
en el aquí y en el allá:
…………………………el ser
……………..y el estar
arriba y abajo,
………………..afuera y adentro,
en todas partes
………………….y en ninguna,
eterno
……….y mortal,
múltiple
…………y singular,
como un dios
……………….regodeándose
en el todo
…………..y en la nada.

No nos salvará la poesía.
……………………………..No.
Y, sin embargo,
………………….sólo la poesía
puede salvarnos.
…………………..Porque
el verso es el camino
hacia el origen del asombro,
hacia la semilla
de las búsquedas
……………………del ser humano,
esa pequeña nada con sus raíces
en las sombras
………………..  de la duda.

No tengas miedo del absurdo,
del infante
…………….sinsentido,
porque no es éste
el reverso de la razón:
es tu rostro en el espejo
del caos,
…………ese olvidado taller
de Dios.

Todo comienza
así: con el
………………..big-bongo-bang
del verbo
………….y la cifra secreta
de su significado.
…………………….El caos
es una poética
………………..aún por descifrar.
Lo irracional
………………no tiene
por qué tener
……………….su razón,
pero todo tendrá
su rima
………..o su dulce
cadencia.
…………..O sus dos o tres
números
………….imaginarios.
O el giro imprevisto,
………………………..o el cambio
sincopado,
……………o el color
de su letra,
……………o la música del olvido.
O su gato de Schrödinger.
O el recuerdo del silencio.
……………………………….O la voz
de la vergüenza.
…………………..O la palabra y su poeta.

 

Septiembre 17, 2015.

 

Tránsito

Un poema triste.

Jorge Ávalos

Eres pura luz cuando despiertas,
claridad pura.
Sales de tu casa,
y el encuentro con el cielo
te hace muy feliz y muy celeste.
Pero hay tanta oscuridad allá afuera,
tanta sombra compartida,
que al llegar el mediodía
ya eres azul, azul profundo.
En la hora del almuerzo
escuchas las noticias,
y de tanta sangre te salpican
que a las 3:30 de la tarde
ya estás teñido
de un púrpura
silencioso y taciturno.
Imposible desprenderte
de tanta oscuridad,
de tanta sombra
compartida.
En el camino a casa,
el crepúsculo cae sobre ti,
y te pierdes en la noche
hasta ser la noche,
porque tu luz se apaga,
porque tu luz se extingue.
Y porque ya estás más negro
que las sombras
de la muerte y del olvido.

Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.