Testigos

Uno de mis primeros trabajos como periodista, en 1992, me llevó a la frontera de México y Texas, desde donde conté la experiencia de los inmigrantes salvadoreños que viajaban por vías ilegales a los Estados Unidos. Allí, entre Matamoros y Brownsville vi a niños, solitarios, cruzar el Río Grande rumbo al norte.

Jorge Ávalos 

Ese niño que se persigna
antes de saltar a las frías y turbulentas aguas
del Río Grande, ese niño nos defiende. Ampara
nuestras conciencias de una muerte prematura:
de la indiferencia ante la vida. Míralo saltar
al agua y nadar contra la corriente hasta la otra orilla.
Ese niño se levanta temblando de frío
y torna sus ojos para mirarte, una vez más,
antes de seguir su larga y peligrosa jornada.
A ese niño que corre, perseguido,
no lo olvides, poeta.

La poesía de David Escobar Galindo

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DAVID ESCOBAR GALINDO
(1943)

Poeta prolífico y de muy variados registros, aborda una amplia gama de contenidos, tanto en sus dimensiones realistas como metafísicas. El asombro cotidiano, el erotismo, la guerra civil y la experiencia mística encuentran lugares privilegiados en su poesía.

Uno de sus temas transversales es el del tiempo: hay un tiempo histórico, el cual puede ser una fuerza destructiva, pero este contiene a su vez el tiempo humano, el cual puede ser una fuerza constructiva. La memoria ocupa, por lo tanto, un papel preponderante en su examen permanente de cómo el ser humano interpreta, resume y asume la historia para sí mismo. La imaginación y la sensibilidad no son ni engaños ni filtros de la realidad: son la realidad misma del poeta. Así, la obra de Escobar Galindo es la gran construcción de una ciudad imaginaria: ahí se encuentran los personajes reales e ideales de su infancia con los seres y la historia del ahora; y los jardines fantásticos de la memoria con los paisajes capturados por su palabra en sus viajes de adulto por el mundo.

Tradicional e innovador a un mismo tiempo, educado para el clasicismo pero gran antropófago de la modernidad, Escobar Galindo pertenece a la rara estirpe de los poetas contemporáneos de Latinoamérica que encuentran sus raíces no en los movimientos de la modernidad europea, sino en las tradiciones ibéricas, como Ricardo E. Molinari en Argentina o Vicente Gerbasi de Venezuela.

Dejo pendiente una selección de sus mejores títulos.

Nota de Jorge Ávalos

 

LAS PRIMERAS AUDIENCIAS

Las niñas fueron leves alimentos deseados,
frutas para el domingo que se duerme en la niebla,
y de sus ojos fui
naciendo como un río
nace entre el aguacero
que azota suavemente
la llanura. De aquellas
conversaciones llenas de palabras sin llave,
creció un amor al juego de las risas, y estuvo
tantas horas mi voz diciendo cada nombre,
que en lo oscuro del cuarto aparecieron cuerpos
de niñas con un grave esplendor desvelado,
primera fantasía del sexo o de la música.

Los encajes se fueron
haciendo telarañas
y en cada uno fungía
una araña de oro,
una estrella de sangre…
Por la ventana vuela
la nube del invierno,
negra y umbilical como la sed que apaga
más que por la abundancia por el deslumbramiento;
y así pasó la sombra de tan hondos avíos,
sobre el papel quedaba perfume de cabellos,
luz de niñas amadas en pleno pensamiento,
cercanas como el dulce contagio de la niebla
que se elevó llorando
después de la ventana.

 

ME DESPIERTO EN LA NOCHE

Me despierto en la noche —media/noche:
qué alegre: noche entera, noche íntegra,
como un toro dormido
en la paciencia aterradora de su semen.

—Y al despertar ya no prendo la luz:
suenan bombas lejanas,
lejanas en el fondo de un soneto de Góngora
—pastilla o caramelo—.

Y de esas palabritas espumosas
se levanta un olor
de tierras con fogatas,

de ciudad con las uñas
creciéndole
hacia adentro.

7-V-81

 

ADVIENTO

Lo único inmortal es la búsqueda de un cuerpo
—ese cuerpo elegido en la sábana de los ilusos—
que nos repita como las llamas del infierno feliz.
Unos cabellos que interrumpan nuestro desvelo por la duna.
Unas sienes con el metal de las coronas fabulosas.
Unos ojos con las alas húmedas y celestes.
Unos labios de intrépida y alevosa cereza.
Un cuello de flor de magnolia.
Unos hombros para túnica de semidiós.
Unos pechos en plenilunio circular.
Un ombligo imaginado por la inocencia de Petrarca.
Un oasis de púbicos helechos.
Un manantial sexual con el espejo al fondo.
Unos muslos de espesa madera inmemorial.
Unas rodillas de ámbar.
Unos pies como fieles guerreros de la Ilíada.
Y la perplejidad del fastuoso milagro
en la ciega ufanía de la sangre.

 

El retrato de David Escobar Galindo es obra del caricaturista salvadoreño, Toño Salazar.

La poesía de José María Cuéllar

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JOSÉ MARÍA CUÉLLAR
(1942-1980)

Autor de versos autobiográficos, de tono elegíaco. Su obra supuso un distanciamiento de la ambición por la voz épica y abanderada en la revolución a la que aspiraban los poetas de su generación. Su obra señala, por lo tanto, el camino inmediato que seguirán la mayoría de poetas que comienzan a escribir a finales de la década de 1980. Sus poemas de denuncia no parten de una crítica de contenido político, sino de su empatía con la experiencia del sufrimiento. Retazos de costumbrismo permean su voz coloquial y apelativa, pero un equilibrio clásico entre el modo tan sobrio de contar y la trémula emotividad de los recuerdos iluminan sus mejores poemas.

Ensayó la crítica literaria, el cuento y la dramaturgia. Se le recuerda por su poesía: Escrito en un muro de París (1968); Crónicas de infancia (1971); Diario de un delincuente (1976); La cueva (1979); Los poemas mortales (1974).

Nota de Jorge Ávalos

TRES POEMAS INÉDITOS DE JOSÉ MARÍA CUÉLLAR

 

EL QUETZAL

Amo tu piel de rumorosos bosques.
Amo tu altivez de esmeralda en el hombro del guerrero.
Amo tu vuelo de leyenda, tu plumaje de savia.
Todo amo de ti, ave sagrada de los grandes labradores de la piedra.
Como brasa nupcial,
como lumbre de jadeíta desatada en las venas del aire.
Como flecha en el dormido corazón de la tierra,
se apaga tu verde, fecundador de los ríos y la fuerza de los dioses.
Ave grabada en el duro rostro de los templos,
en su noche de claros enjambres de dinteles y flautas.
Ave hermana del maíz y la víbora,
tu mineral ausencia golpea mi silencio.
Poco a poco se va quedando sola la madera…
Poco a poco se va quedando solo mi corazón.

 

CUANDO LA TARDE SE VUELVE PRIMITIVA

Me asomo a tus patios antiguos
donde inició Rubén su fuga de quince años.
Me asomo a las montañas de Segovia
donde ha quedado erguida la luz del Universo.
Me asomo al filo estelar de los tejados,
a la música antigua de tus calles,
a la sangrante noche de tu historia.
(Me duele la voz de los que fueron
y los que quedan ausentes en la sombra).
La chorotega angustia se hace flor de locura,
que visita los templos
cuando la tarde se vuelve primitiva.
Nace Alfonso Cortez en las calles de Managua,
en los dinteles donde la noche tiene muchos siglos.
Nace su flor doliente
que yace aprisionada en los linderos de los manicomios.
Pero una herida más se abre en la tierra
para dar sepultura a Joaquín Pasos:
el que odia la guerra como un niño…
(Me duele la voz de los que fueron
y los que quedan ausentes en la sombra…).

 

LA MUERTA

Tus cabellos son líquenes rojos del silencio,
el sol no llega a ellos
porque el niño lo lleva entre los labios.
Humedad de tu cuerpo
tendido como cruz sobre la tierra.
No alcanzaron tus senos a fecundar el alba.
No alimentó al futuro su nebulosa piedra.
Las pupilas sin peces y sin algas,
con el tejido negro y silencioso,
perdieron su retorno
para vagar cansadas las márgenes del llanto.
Mariposas azules se alzan de tus huesos;
son rituales enviados
por la materia enferma de tu ausencia.
Invades mi recuerdo con tu franela antigua,
y tus pasos de viajera distante.
Te espero por las tardes,
y te siento llegar con un rumor de espadas en el aire.
Me duelen tus ojos
que se quedan tan solos cuando llega el invierno.
El frío de tus manos luminosas de muerte,
desesperadas lámparas de calcio,
que olvidó la primavera encender en su costado.

La poesía de Rebeca Henríquez

REBECA HENRÍQUEZ
(1982)

En su poesía, muy afín al surrealismo, Rebeca Henríquez reconstruye con detalles alucinantes la experiencia cotidiana, transformando los escenarios urbanos —salas de cine, calles o jardines— en ámbitos simbólicos, donde sus personajes —seres ordinarios hechizados por su poética, tan visual— adquieren un aura mítica, como en este esplendente retrato de una madre: “Ella siempre ha sido el respiro de un jaguar, / suspendido por una saeta en el follaje del bosque”.

Su imaginación interpretativa y una simbología muy personal la ubican en una línea de la poesía salvadoreña que Carlos Santos nombró la “tradición subterránea”, y en la que también se distinguen poetas como Alfonso Kijadurías, Rolando Costa y Jorge Ávalos. En esta tradición, Rebeca Henríquez se distingue por la manera tan personal en la que trata temas sombríos: la alienación social de la mujer, los efectos de la violencia en la conciencia y la angustia ante la muerte.

Tres veces ganadora de premios nacionales de poesía, su obra aparece seleccionada en dos antologías: Las otras voces: Antología de poesía joven salvadoreña, San Salvador, DPI, 2011; y El libro verde: 39 poetas en defensa de la tierra, Fundación Metáfora, México, 2012. Ha publicado: El verano aventurero. Poesía infantil. Colección Juegos Florales Vol. 8. DPI, 2013. Inéditos: En el año del error (poesía); y Vidas Irremediables (cuento).

Nota y fotografía de Jorge Ávalos

 

 

A PROPÓSITO DE LA MUERTE DE PAUL RÉE

Muchas cosas coinciden ahora para llevarme
al borde de la desesperación. Y una de ellas
es también, no quiero negárselo, mi desilusión
con respecto a Lou Salomé.
Carta a Paul Rée de Friedrich Nietzsche

Los hombres se suicidan por placer, no por amor.

Que no te engañe ese bandido del inframundo.
Que no pretenda jugar contigo
y sus naipes de misterio profesado.
Ten cuidado con ese raptor de la gracia del arcoíris,
ese ladrón de axiomas furtivos
y amante de las apuestas ladinas.
Que no sea tu rostro el de un arlequín
que cambia de tristeza a furia y de alegría a espanto
en las cartas de su mano fantasmal.
No convides a la culpa, al pudor o a la demencia
para que cierre tu corsé de inocente pensadora.
No despliegues los rizos de tu cabello,
desde un puente hacia el abismo,
como una soga de luz para sus manos.
Deja que caiga aquel
quien con sus emociones te perjura,
deja que el leviatán
le reciba en la hondura de sus entrañas,
que el espiráculo de un delfín oscuro
le aspire con lujuria,
hasta que sus dedos no puedan señalarte
o escribirte un verso
o acariciar la delgadez de una sábana
mendigando la tersura de tu piel.

Que no te engañe, mi aturdida Lou,
los hombres se suicidan por placer, no por amor.

 

CINEMA

El ciego avanza por una fila.
Taciturno.
Su travesía es dirigida por las máculas
que vuelven decadentes las galaxias.
Posa sus brazos morenos
sobre el aparador,
y de sus vellos caen gotitas de sándalo.
El rumor de las máquinas nunca cesa,
en sus pantallas los números aparecen
como actos de magia
para los seres que habitan en las cuencas de sus ojos.

El ciego avanza por una tundra.
Taciturno.
Con las suelas de sus zapatos percibe la lisura de la alfombra
y el fulgor de las luces que
—atrapadas en pequeños círculos—
brillan en medio de ella.
La película está a punto de comenzar.
Él,
con sus pupilas indolentes, se resigna a reír
cuando ríen los demás,
hasta que todo es un largo silencio.

 

JARDÍN DE BONSÁIS

Nunca olvido a la muerte.
Es un cascabel que repica en la punta de mi melena,
la cual se alarga con los años hacia la cuenca terrosa del sepulcro.
Y no es que esté inmersa en mi hechura:
es que yace junto a mí,
se adecúa a la furia del estío en los recovecos de mi piel
y se acurruca en el centro de mi pecho como un murciélago sombrío.

La muerte siempre está conmigo.
Y puesto que la memoria es una repisa atestada de films inapreciables,
ordenados en una trastienda
donde sólo el murmullo de los gorgojos
podría cuestionar con agujeros su existencia,
así la muerte,
con sus atuendos extravagantes,
está apilada en las celdas acuosas de mi recuerdo.

Allá,
en algún jardín memorial,
un celador recoge los ramos marchitos de los mausoleos
y los extiende sobre un sillón agradable.
Sabe que la muerte es nada,
tanto como yo sé que con el tiempo
los troncos de un roble diminuto
se inclinarán hacia mis labios
para adornar la estrechez del jardín
donde la muerte
es un cascabel que repica en la punta de mi melena.

 

* Poemas reproducidos con permiso de la autora, Rebeca Henríquez.

De mujer a mujer

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Un poema inédito de Antonia Galindo (1858-1893), poeta salvadoreña, activa durante el período romántico tardío y que inicia, junto con Luz Arrué de Miranda, la participación plena de la mujer en las letras salvadoreñas.

A DELIA

Antonia Galindo

Yo vi la luz de tu pupila hermosa
en la luz rutilante del lucero;
tu color en el tinte de la rosa
y tu blanco en la flor de limonero.

Vi tu flexible talle en la palmera;
tu lágrima en el seno de las flores;
tus bucles, tu dorada cabellera,
del alba entre los vívidos fulgores.

Tu aliento, en el suspiro de la brisa,
deslizó perfumado por mi frente:
yo adiviné tu angélica sonrisa
en las huríes que soñó mi mente.

Oí tu voz en el arpado trino
que entona el ruiseñor enamorado,
y el tinte de tu labio purpurino
vi en la flor encendida del granado.

¡Mas nunca oí la dulce melodía
que exhalas, Delia hermosa, en tus dolores,
ni a la brisa que trémula gemía,
sollozante del prado entre las flores;

ni a la tórtola amante que se queja
lejos del bien amado por quien llora…
ni al ángel de la tarde que se aleja
en las brumas de un sol que se evapora!

Santa Tecla