El dibujo de su rostro

Guillermo Cabrera Infante - La isla

 Jorge Ávalos

Hay un universo de la creación literaria y otro de la lectura. El escritor viaja entre ambos mundos, con la razón y la inspiración como vehículos, y su obra sólo alcanza legitimidad literaria cuando compone sus textos en función de la lectura, cuando el acto estético es un fabular y un producir emociones para el lector —alegría, tristeza, melancolía, asombro, sorpresa, tensión, comprensión, empatía—, por medio de un arte de invención y juego literario, de concreción conceptual y construcción de un proceso de lectura más o menos controlado, más o menos deliberado, más o menos intuitivo.

Hacer literatura es reconciliar los territorios de la creación y de la lectura por medio de los puentes de una poética personal, y para eso sirve la poética. Ahora bien, ¿qué sucede cuando las fronteras entre el creador y el lector son insalvables? ¿Qué sucede cuando el autor queda atrapado dentro de las fronteras de su habilidad verbal y no crea un texto abierto a las posibilidades múltiples de la lectura?

Una respuesta posible a esta pregunta está contenida en una colección de juguetes literarios creados por el gran novelista cubano Guillermo Cabrera Infante: Exorcismos de esti(l)o. Publicado en 1976, Cabrera Infante lo llamó un potpourrí “que el tiempo recogió, no yo” y que ya no quería corregir “porque lo escribí con otro concepto de lo poético”. Lo cierto es que no tiene más unidad que la que le otorga su extraordinario carácter experimental y lúdico. Si bien esa característica es un componente central de su narrativa, en este caso, como única cualidad, el libro no es más que una curiosidad que nos demuestra cómo se recrea Cabrera Infante con la literatura, pero que ofrece pocas posibilidades de recreo como lectura. Aún así, el autor lo considera una pieza central de su obra, según nos confiesa en el epílogo del libro (que el llama “Epigologolipo”), firmado en Londres, el 22 de julio de 1970:

De los muchos libros con que se hicieron mis impresores, ninguno, creo, es mío propio como este colecticio y en desorden digesto de diversos ejemplos, y esto es como es porque insiste preciso en innúmeros reflejos y en entreveros.

Yo creo que Exorcismos de esti(l)o es el menor de los libros de Cabrera Infante. Me atrevería a decir, incluso, que es un mal libro. Ni siquiera los elaborados poemas concretos que incluye en la sección final brillan con el ingenio de las maliciosas invenciones que nos regala en sus otras obras narrativas. ¿Por qué, entonces, me detengo a comentarlo? Porque para mí es una historia de amor que no fue. Porque mi acercamiento fue sincero: porque en su interior, bajo la coraza de hierro de su mecanismo interno, descubrí que palpita una emoción que no aprendió a vivir por cuenta propia en la literatura. Y, por último, porque Cervantes, de quien todos los narradores tenemos un poco, nos enseñó que “no hay libro tan malo que no tenga algo bueno”. Dejo constancia, por lo tanto, de los hallazgos que vislumbro en este libro que se rompe y fragmenta como un juguete de cuerda al que se le han perdido un par de resortes y engranajes.

Innúmeros reflejos

Cuando Marcel Duchamp dice que arte es todo lo que el artista dice que es arte, propone una definición que legitima el poder visionario del artista como centro de la percepción social del arte moderno. Cabrera Infante inicia su libro con un planteamiento equivalente pero, a diferencia de Duchamp, sugiere o reconoce que en las letras ese poder conceptual no le pertenece al escritor sino al lector:

Literatura es todo lo que sea lea como tal.

En ocasiones, los juegos lingüísticos de Cabrera Infante no parecen ser nada más que los resultados de una apuesta personal: ¿Puede él crear el mejor ejemplo de una determinada figura retórica? A veces pierde la apuesta. Su “Palindrama” es efectivo pero también banal… utiliza un palíndromo ya conocido al que transforma a través del “drama” del título:

Nada, yo soy Adán.

Pero a veces gana la apuesta. Hay un esplendente uso poético del zeugma —una figura sintáctica que utiliza una palabra común para dos o más unidades paralelas de la oración— en “Dolores zeugmáticos”:

Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.

Leo esto y quiero saborearlo, parafrasearlo, asimilarlo e imitarlo. Del zeugma se ramifica lo real y lo metafórico en un juego de espejos semánticos. Los dos puentes y las dos analogías se fusionan en una sola vertiente: una mujer salió por una puerta y salió de una vida, llevándose un amor y llevándose su larga cabellera negra. Ni el análisis ni el título —que delata el propósito de mostrar un espécimen retórico— destruyen el poder poético de la oración original.

No hay duda, y este libro refuerza la conclusión, de que Cabrera Infante posee un verdadero genio lingüístico. Su novela Tres tristes tigres, experimental y lúdica a la manera del Tristam Shandy de Laurence Sterne y del Ulysses de James Joyce, pertenece a un selecto grupo de obras maestras del género en América Latina, junto con Memorias póstumas de Brás Cubas de Joaquim María Machado de Assis, Rayuela de Julio Cortázar, y Avalovara de Osman Lins. Pero Exorcismos de esti(l)o fracasa porque los juegos retóricos que lo componen, con muy contadas excepciones, no hacen el salto del mero ejercicio estilístico a la plenitud literaria que sólo la lectura les puede otorgar.

Si es el lector el que tiene el poder de decidir qué es literatura, este libro cae fuera del rango literario porque la mayoría de los textos están sumergidos todavía en una conversación muy personal del autor consigo mismo. En Tres tristes tigres el juego es tan integral a la novela, que es el juego mismo el que hace de la novela lo que es: la experiencia del genio verbal cubano transformada en lectura. En esa novela, Cabrera Infante aprovecha múltiples conocimientos —literarios, históricos, lingüísticos, antropológicos, musicales— para producir una obra literaria que es, a la vez, fábula y música, sinfonía y novela, panorama social y sátira política.

En Exorcismos, aún dentro de cierta organización de secuencias temáticas, los juegos no cobran vida literaria porque no están integrados en el contexto más amplio y orgánico de una narrativa o una poética que les de coherencia y cohesión, como ocurre con los experimentos en Tres tristes tigres. El humor, a veces perverso y a menudo escatológico, que caracteriza a Cabrera Infante, se agota con rapidez. En sus “Marxismas”, por ejemplo, donde juega con la unidad histórica (casi una marca comercial) de los nombres Marx y Engels, la intención política, si la tiene, se disipa en malentendidos y alusiones tangenciales. O en sus “Fábulas rasas”, donde hay humor en la medida que se aproxima al universo del género de la fábula, pero que se extingue en los giros metaliterarios del autor.

Entreveros

Pese a mis propios señalamientos, mi ejemplar está marcado por mis gustos. Para empezar, las citas y las notas que hace Cabrera Infante al margen de sus lecturas me intrigaron lo suficiente como para buscar las fuentes.

En “Sueño y verdad del doctor Ducasse” un cirujano describe un encuentro sorprendente con el anestesista Andrés Breton de los Herreros, cuando una mañana se hace realidad el sueño de la noche anterior: de encontrar en el quirófano, sobre la mesa de operaciones, una máquina de coser y un paraguas.

“¿Fue Eugenia de Montijo una noble Lolita para el plebeyo Humbert Beyle?” cita una confesión de la futura emperatriz sobre su relación con el novelista Stendhal: cuando ella tenía 13 años, en la que escribió: el señor Beyle me saltaba en sus piernas.

“But did you ever…? No! (One should never tell one’s wife the facts of life.)” describe un pasaje del neurólogo J.M. Charcot sobre un hombre que tenía una fijación sexual por los gorros de dormir.

En “Potato Head Blows”, Cabrera Infante elucubra sobre una cita de Lichtenberg:

¿Ha tratado usted de encender una vela en el recuerdo? Esa forma de nostalgia no es más que el dolor del regreso, del recuerdo, una forma de lástima… Mientras haya velas habrá nostalgia, ya que el recuerdo durará lo que dure la vela, pero el recuerdo de la vela del recuerdo, ¿qué dura? ¿Dura la vela o dura el recuerdo? Dura, vela, que el recuerdo vela mientras la razón duerme.

“Ocurrió en la ciudad de Al-Khamuz” es sobre la distancia emocional entre dos personas a partir de un equívoco de interpretación por la mala pronunciación del nombre Albert Camus, durante una visita de Cabrera Infante en Argelia.

En “Comiendo con una Ilse Koch de las aves de corral”, las frases literarias salen al auxilio de un escritor ante la extraña circunstancia de una mujer que, durante una cena, se cubre la mano con la piel de un ave desollada.

Y está también la “Primera crónica de la tierra natal” en la que el autor alude a un pasaje de una carta de Cristóbal Colón al Rey Fernando, en la que el explorador habla de una tierra mágica:

…puedo decir que esta isla es mucho mayor que Inglaterra y Escocia juntas: porque allende destas ciento siete leguas me quedan, de la parte de poniente, dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Auau, adonde nace la gente con cola…

Exorcismos contiene varios textos metaliterarios. Algunos adoptan la forma de la conferencia: “La letra muerta” es un homenaje a la letra Ñ;  “Las misteriosas proyecciones de Mercator” intenta desentrañar el significado del nombre asumido por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator.

En “Inquisición”, el autor se pregunta si existe o no una letra original en el proceso de la escritura hasta la publicación de un libro, un texto que se encumbra por un lirismo intelectual que lo aproxima a la poesía de Roberto Juarroz:

¿Cuál es la verdadera letra:

(a) la que aparece pintada sobre la tecla, horizontal;
(b) la letra invertida en la matriz;
(c) la letra impresa vertical con ayuda de la cinta, regenerándose positiva;
(d) la letra que copia el proceso de tecla, matriz y letra impresa en una publicación;
(e) o esa letra que repitiéndose ordenada forma poco a poco una palabra, una oración, una frase, un párrafo, una página, un escrito, un libro: la letra, de la lectura?

¿Cuál es la letra, la de la escritura o la de la lectura? Y si hubiera una tercera letra por medio, invisible, ¿sería esta la letra?

Tres textos destacan entre todos los demás por su naturaleza narrativa. Uno de ellos pertenece a ese mundo de poemas en prosa que Julio Cortázar, Juan José Arreola y Augusto Monterroso convirtieron en un género nuevo de ficciones breves en clave de ensayo: “Abzurdo de uzar zapatoz”, que describe un par de zapatos y nos enseña cómo usarlos a lo largo de dos páginas, considerando en el camino el significado de su uso para la humanidad. El segundo es “Mellvilleano temor a las ballenas”, donde un hombre vive una mínima historia épica —al estilo Moby Dick— con las ballenas blancas de una de sus camisas (las ballenas son unas plaquitas plásticas que se insertan en las puntas de los cuellos masculinos para mantenerlas firmes). Pero no hay ningún otro texto en el libro que supere el extraño cuento “Suicidio de los helechos”, donde ocurre precisamente lo que el título sugiere: helechos que saltan a la muerte desde una ventana, ante la mirada asombrada de un narrador que encuentra una explicación al misterio en la etimología de la palabra helechos.

Cabrera Infante, que se distingue por ser tan singular entre los narradores del Boom de la narrativa de América Latina, es un mejor escritor en este libro cuando más se acerca a los colegas de su generación. No creo que al autor le gustaría leer esta opinión, pero no desdice de él, sino al contrario, lo dibuja mejor. Y él debió saberlo, porque él mismo confiesa lo que significó su itinerario literario en el último párrafo de sus Exorcismos:

Un hombre se propone el empeño de escribir el mundo. En el discurrir del tiempo construye un volumen con trozos de pueblos, de reinos, de montes, de puertos, de buques, de islotes, de peces, de cubiles, de instrumentos, de soles, de equinos y de gentes. Poco tiempo previo del morir, descubre que ese minucioso enredo de surcos en dos dimensiones compone el dibujo de su rostro.

 


La ilustración que acompaña este comentario es un poema concreto de Guillermo Cabrera Infante incluido en su libro Exorcismos de esti(l)o.
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