Como todos los escritores, soy un catador natural de la palabra y un coleccionista de lecturas. La semana pasada, durante una enfermedad muy tropical y dolorosa, pasé algunos días en cama y decidí hundirme de lleno en el calor y la demencia de los trópicos del mundo. Me llevé a la cama mis libros de Joseph Conrad y releí la mayoría de sus relatos. Sigue leyendo
Los talleres literarios
En lo que respecta a los talleres literarios, yo los llamo “clubes de corazones rotos”. Más que nada son un puñado de malos escritores que se reúnen. De entre ellos, se erige un líder, auto-elegido casi siempre. Leen sus cosas entre ellos y por lo general se sobrevaloran entre sí. Es más destructivo que provechoso.
Charles Bukowski (1920-1994)
Los demonios
Jorge Ávalos
La aceptación irracional de las explicaciones científicas podría ser una nueva modalidad de la superstición. Aceptamos todo lo que nos dicen las autoridades. Hace más de mil años, esas autoridades estaban en la iglesia; ahora, son científicas, y aunque no dudo de que esto sea preferible, tenemos que admitir que la aceptación ciega de estas explicaciones no nos hace diferentes de nuestros antepasados medievales. Con demasiada frecuencia preferimos las respuestas que nos ofrece la imaginación a la verdad científica, y aceptamos con más facilidad la verdad científica cuando ésta es tan misteriosa como una superstición.
Mi primer acercamiento con la ciencia estuvo impregnado por mi pasión por la fantasía. Cuando cumplí los once años recibí de regalo un juego de química, con sus tubos, pinzas y reactivos químicos. Con él hacía experimentos, principalmente inspirado en mi lectura de la novela Frankenstein. Me gustaba quemar azufre, porque a eso olía Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Es decir, el juguete era mi excusa para pretender que yo era un científico loco, o un alquimista medieval.
Lo que ahora me parece un tanto increíble, aunque juro que es verdad, es que compraba productos tóxicos en la farmacia local, como el mercurio. Lo vendían en pequeñas botellitas. Así, con un amigo, Juan Carlos Dueñas, construimos nuestro propio termómetro, excepto que medía tres metros de largo y estaba elaborado en la forma sinuosa y laberíntica de una montaña rusa. En una tienda de productos médicos compramos dos largos tubos de vidrio y un cuñado de Juan Carlos los dobló y retorció a nuestro gusto con la ayuda de una llama. Presentamos nuestro termómetro en la clase de biología de séptimo grado, donde la unión de los dos tubos se rompió y el mercurio salió volando del aparato. Recuerdo que un amigo que reencontré hace poco en las redes sociales, Rafael Rauda… ¡persiguió la esquiva bolita del mercurio por el salón de clase mientras el resto de mis compañeros gritaban, y logró atraparla con sus manos! No sé cómo no morimos envenenados.
Hacer estas locuras me dio el raro privilegio de tener acceso al equipo de laboratorio de los mayores, los estudiantes de bachillerato, y ver a través de microscopios, donde examiné plumas, briznas de hierba, muestras de coca cola y, ya aburrido, una gota de sangre, pellejos y vellos que arranqué de mi propio cuerpo. La ciencia era fascinante pero, para mí, no lo era por sí misma. No era lo mío. Escribí un cuento de ciencia ficción basado en la idea de un indestructible Treponema Pallidum (la bacteria que causa la sífilis), convertido en un monstruo gigante después de ser bombardeado con radiación. La idea no es muy original si consideramos las películas de la década de 1950 o el famoso monstruo Godzilla (al que adoré en mi adolescencia), excepto que en mi cuento el Treponema Pallidum no deja de crecer y termina destruyendo a la humanidad. La última imagen del cuento era el monstruoso Treponema Pallidum chapoteando en el océano Pacífico y extendiendo su cabeza hacia la luna, como una lombriz excesivamente codiciosa a la que no le basta su propia manzana.
Ya adulto, en un hospital de investigación donde trabajé de noche mientras iba a la universidad, vi en la gigantesca pantalla de alta resolución de un microscopio nuclear las bacterias del Escherichia Coli, con el que muchos ciudadanos de Nueva York se habían infectado en ese tiempo (son las que aparecen en la fotografía que encabeza esta nota). Son animales, de verdad que son animalejos, pero muy chiquitos… microscópicos, como ahora decimos con tanta naturalidad. En nuestro sistema digestivo, desde la boca hasta nuestras entrañas, alojamos cientos de millones de bacterias, algunas, bellamente, como ángeles granjeros, cuidan de nuestro sistema: lo mantienen impecable al devorar los desechos que se acumulan en nuestras membranas.
Ahora bien, ¿cuántos de nosotros hemos vistos bacterias en un microscopio?
Esta mañana oí a una mujer que vende frutas explicarle a otra, y con mucha convicción, que las bacterias son demonios, muy pequeños. La otra mujer asintió, con una expresión de gravedad profunda en su rostro. Esto significaba, según ellas, que hay medicinas que matan demonios. Al principio me dio risa. Y después pensé… Quizás sí. Quizás así sea. Quizás son ellas y no yo, quien tiene la razón.
Siempre consideramos que los demonios eran invisibles y que causan misteriosos males a las personas: enfermedades, locura, depresión o hasta la muerte. De hecho, las bacterias pueden hacer todo eso. Sólo porque ahora las vemos y las llamamos bacterias, no significa que hayan dejado de ser nuestro enemigo invisible, un enemigo que se nos mete al cuerpo: animalejos que muy bien podrían llamarse demonios.
Diecisiete sueños en abril
Escribí este texto en abril de 2005. Aunque no lo parezca, es un cuento. Los párrafos se suman y hacen una sola pieza de música para la imaginación. Es la huella de un amor.
Jorge Ávalos
Soñé con El libro del silencio. Cuando lo leí, el mundo escuchó.
Soñé que en una librería de la ciudad de México compré la primera edición de Nostalgia de la muerte, veintiséis años antes de nacer.
Soñé que descubrí el más bello verso de amor tatuado alrededor del ombligo de Mariabé, la mujer de mis sueños. Cada vez que ella aparece en la casa de mis sueños, un nuevo verso aparece tatuado en otra parte de su cuerpo. “¿Quién hace esto?”, le pregunté, celoso. Ella me miró sorprendida, y con una dulce sonrisa contestó: “Lee con atención. Son las huellas de tu amor.”
Soñé que en mis estantes se hallaba el mapa de la ciudad del deseo. Su geografía es una leyenda. Anhelo llegar a ese hotel donde se reúnen todas las vidas que yo he vivido, en todas las ciudades que he conocido. Algún día, ese lugar será tan real como uno de mis cuentos.
Soñé que César Vallejo me llamaba y me pedía prestado un carrete de tinta para su máquina de escribir. Cuando le dije que no tenía ninguno, me pidió que buscara en un bolsón de mi vieja maleta. Y, en efecto, ahí había uno, pero no supe cómo hacérselo llegar a ese “París con aguacero” que él habita desde el día de su muerte.
Soñé con una Biblia que al leerse se enciende y arde sin cesar.
Soñé que en una transitada calle de Nueva York perdí mi copia de El laberinto de la soledad. No pude detenerme cuando el libro cayó de mis manos y desapareció de mi vista. Grité pero nadie me hizo caso. Apresurada, la multitud siguió caminando, llevándome con ella.
Soñé con la Enciclopedia de la ignorancia. Sus artículos, he oído, se escriben solos. Su lectura está prohibida a los humanos por el mismo Dios. Fugaces referencias a ella se vislumbran en la frente de los sabios.
Soñé que Kafka me visitó. Insistió, furioso, que le devolviera el ejemplar de Don Quijote que me había prestado. Le di el mío y se marchó satisfecho. Juro que nunca antes lo había conocido.
Soñé que me convertí en una joven polilla. Me dormí entre las páginas de un libro abierto. Mi madre lo cerró mientras limpiaba el estudio.
Soñé que adquiría una ceguera que sólo me permitía distinguir, en el griego original, los dulces versos de Homero.
Soñé con un libro de frágil lectura. Al abrirlo, las letras se desprendieron de las páginas y cayeron sobre mi regazo como los vellos de una mujer. Al despertar observé con atención el pubis de Mariabé y noté que sus vellos se ensortijaban de tal manera, que formaban un diminuto jardín de letras.
Soñé que un raro virus borró la palabra escrita y tornó todos los libros en blanco. Sin memoria, la humanidad llegó a su fin. Desde entonces, algunos vivimos en cavernas.
Soñé que escribí un cuento en el que mi personaje sueña con una mágica biblioteca. Allí descubre un catálogo de flores. Al abrirlo se esparcen cientos de pétalos azules, rojos y amarillos. Ese libro es un símbolo del amor.
Soñé que encontré un caracol a la orilla de mar. Al llevármelo al oído escuché a Pablo Neruda decirme cuánto extrañaba los sonidos de la tierra.
Soñé que escribí mi obra maestra. En otro sueño, recibí una llamada de mi editor. “No lo podemos publicar”, me dijo, apenado, “este libro sólo se puede leer en sueños, y en los sueños nadie compra nada”.
Soñé que Olivier Messiaen me envió por correo aéreo los siete volúmenes de una edición especial de su Catalogue d’Oiseaux. El libro sólo contiene las brillantes imágenes de cientos de pájaros de todo el mundo. Muy pronto descubrí la mecánica de los bellos cromos. Si se elige una imagen y se coloca la yema de un dedo sobre el área del corazón, el pájaro despierta y canta. Este es uno de mis libros favoritos; cada vez que visito la biblioteca de mis sueños, lo mantengo a mi alcance.
Soñé que al terminar de leer Cien años de soledad, apreté el libro contra mi pecho. En ese momento una bala entró por la ventana de mi cuarto y golpeó mi corazón. El libro detuvo la bala. Ahora recuerdo que no lo soñé. Esto me sucedió de verdad.
La primera mañana de mayo, exaltada, Mariabé me despertó. “Mira”, me dijo, y señaló más allá de la ventana. Como en un poema de Guido Gezelle, sobre la tranquila superficie de una charca, unos insectos escribían con sus ágiles patas el nombre de Dios.
Al margen de un soneto de Oswaldo Escobar Velado
Flor de izote
Oswaldo Escobar Velado
Blanco se vuelve el aire que te mece
en torno de tu cielo y tu ternura.
Para cuidar tu mundo de blancura
un ángel blanco como tú amanece.
Espiga de la flor, flexible espiga.
Como musical el viento en que te aromas,
y qué fresca la brisa que te abriga
sobre el verde murmullo en que te asomas.
Cada flor de tu flor, en las mañanas,
Es una campanilla en que desgranas
El silvestre rumor de las barrancas.
De los verdes puñales del izote
Surge tu blanco y delicado brote
¡Flor que se forma con sus flores blancas!
* * *
Jorge Ávalos
¿Qué efecto pueden tener las erratas en la percepción que tenemos de la obra de un poeta? En todas las ediciones disponibles en libro de la poesía de Oswaldo Escobar Velado (El Salvador, 1918-1961), el soneto “Flor de izote” sólo tiene 12 versos, cuando, en realidad, un soneto debería tener 14. Cualquier poeta se da cuenta de este error, pero este poema se encuentra en varias páginas de Internet y siempre aparece con 12 versos. Por alguna equivocación tipográfica, en la edición que hizo la Editorial UCA de la antología de poesía de Escobar Velado, los dos versos finales del segundo cuarteto de este soneto fueron suprimidos (a partir de la edición de 1978). Desde entonces, esta errata ha sido replicada y multiplicada incontables veces. La versión completa del soneto que publico es la que aparece en Poemas escogidos publicado en 1967, página 98, donde claramente aparecen los dos versos:

Al mismo tiempo hay que notar que en esa versión publicada, el poeta (o su editor original) comete otros dos errores. El primer error está en la palabra “Cómo”, la cual, según el uso que le da el poeta, no lleva tilde porque es un adverbio en función de una metáfora: el viento es tal y “como” la música cuando se mueve entre las flores del izote. La segunda observación que yo haría es que al final de ese mismo verso debería ir una coma, porque la conjunción copulativa “y” no se utiliza como parte de una enumeración sino para iniciar una cláusula autónoma a la anterior, un recurso muy utilizado por el poeta; además, cada vez que él usa ese recurso siempre precede la cláusula con una coma, lo cual establece una regla coherente.
Una edición corregida y actualizada de un poeta, de cualquier poeta, necesita una edición que verifique la fidelidad del texto con las intenciones del poeta, y esto significa: 1) fidelidad con el texto original; 2) fidelidad ortográfica con el sentido original del texto (lo cual podría significar corregir errores no intencionados del poeta); y 3) coherencia estilística con el resto de la obra del poeta en cuestión. A manera de ejemplo, por fidelidad al texto original del poeta, en el caso en particular del soneto “Flor de izote”, yo hice tres alteraciones: restauré dos versos suprimidos en las publicaciones actuales; suprimí la tilde del “Cómo” en el sexto verso; y coloqué una coma al final del sexto verso. De esta manera, desde el punto de vista editorial, el poema ha sido restaurado a su forma ideal.
Hay varios poemas de Escobar Velado con los versos suprimidos o con el orden de los versos trastocados y, con demasiada frecuencia, con una puntuación que contribuye a lecturas equívocas de los poemas, tanto en la ediciones de su poesía publicadas por la UCA como en las de la DPI. Hay otro poema, en particular, que siempre pasa desapercibido, pero cuando se restaura un verso perdido, adquiere sentido, forma y se convierte en un gran poema. Quiero mostrar algunos ejemplos bastante evidentes de algunos de los errores que he detectado, y luego corroborado, al comparar los poemas con sus primeras publicaciones, ya sea en libro o en periódicos.
“Elegía a la viva muerte de Urania” es un poema cuya intención ha sido invertida por la ausencia de una sola coma. Quizás la razón por la cual el poema ha sido malinterpretado está en el uso que Escobar Velado hace de la frase “viva muerte”. Cuando falleció la madre del poeta, en sus elegías ella pasó a ser una “muerta viva”. Esto llevó al editor de Escobar Velado a incluir este poema sobre una ex-compañera de lucha del autor, entre las elegías sobre su madre muerta. En realidad, en el poema sobre Urania la palabra “Elegía” se utiliza de forma irónica, porque se trata de un poema escatológico, de una manifestación de desprecio por su antigua compañera, que antes fuera una comunista, sólo para unirse luego a la clase explotadora y traidora, según el poeta. Es decir, Urania muere en la memoria de Escobar Velado y, por ello, le dedica una “Elegía”. Este sorprendente error de interpretación de los editores del poeta proviene de la ausencia de una coma en los primeros versos, una errata presente en las dos ediciones en libro de este poema:
Llama congelada entre los vivos
muerta: junto a sus cadáveres
firmadores de cheques, tus ojos
agonizan.
Una vez que se restaura la coma en el primer verso, la intención del poeta se aclara y el resto del poema cobra sentido
Llama congelada, entre los vivos
muerta: junto a sus cadáveres
firmadores de cheques, tus ojos
agonizan.
El poema no es una elegía, sino su opuesto —un reclamo, una venganza y una apelación a la conciencia de Urania—:
No sé cómo puedes vivir entre los mismos
que un día te llevaron a la cárcel…
Vuelve hacia mí los ojos. No es tarde todavía.
Quiero evitar la muerte que sostienen
desesperadamente.
Algunas de las erratas son bastante evidentes porque generan frases absurdas. Por ejemplo, del octavo soneto de “Patria sin ti” en la edición de su Poesía Escogida de 1967:
Y como vivo triste todo el día.
Yo paso el día sólo con María,
sin que una voz mi corazón alondra.
En la edición de 1978, el editor trata de hacer coincidir “alondra” con la palabra con la cual le corresponde rimar: nombre. Así que profundiza el absurdo cambiando la palabra a “alondre”. Este es el terceto corregido, incluyendo un cambio del punto a una coma al final del primer verso, junto con el siguiente terceto para mostrar el sentido pleno:
Y como vivo triste todo el día,
yo paso el día sólo con María,
sin que una voz mi corazón asombre.
Para tenerte aquí, aquí conmigo,
dulce recuerdo que alimento y sigo,
a mi tristeza le cambié de nombre.
Hay algunos errores que son más difíciles de detectar, pero una vez descubiertos y corregidos producen un efecto en el poema que nos hace valorar las verdaderas intenciones del poeta y le da coherencia y belleza a su propuesta. Examinemos estos versos tal y como aparecen en la edición de 1978 publicada por la UCA de un conocido poema, “Huéspedes desahuciados”:
Así como esta mesa la mesa
de los héroes; de los fundadores
de la lucha por liberar
la tierra; de los que dejaron
el pie descalzo, herido
signo,
sobre el barro maduro.
El sentido está ahí, pero es nebuloso al principio debido a la ausencia de dos signos de puntuación que le roban claridad y fuerza. Es claro desde una primera lectura que estos versos contienen erratas. Este es el texto correcto:
Así como esta mesa, la mesa
de los héroes: de los fundadores
de la lucha por liberar
la tierra; de los que dejaron
el pie descalzo, herido
signo,
sobre el barro maduro.
De nuevo, cualquier poeta se da cuenta de estos errores, así que es incompresible que el legado poético de Escobar Velado y el de muchos otros poetas de El Salvador exista plagado de erratas editoriales. Hago esta observación marginal sólo para adelantar la noción de que Escobar Velado no es un poeta malogrado por sus ideas políticas, como alguna vez lo sugirió otro poeta, sino por sus editores.


