La resonancia limitada del arte en El Salvador en el 2005

Casi por casualidad redescubrí este artículo en el que se me entrevista sobre la situación de las artes y la cultura. Una buena instantánea de aquel año.

Ruth Grégori / Rosarlin Hernández
El Faro, 1 de enero de 2006

A pesar de la diversidad de las propuestas artísticas, el principal desafío de los creadores y de los gestores culturales al cierre de este año es trabajar en función de una demanda que no crece al mismo ritmo de la oferta.

Sólo entre septiembre y octubre, una persona interesada en las artes tenía la posibilidad de asistir a dos festivales de teatro, uno de poesía y un encuentro internacional de ballet, además de la exposición de “Salarrué, el último Señor de los Mares” en el Museo de Arte y el doble montaje de “Petición de Mano” como parte de la temporada permanente del Teatro Luis Poma, entre otras actividades culturales.

Pese a que San Salvador este año tuvo una agenda cultural diversa, existe la percepción de que la oferta ha crecido más rápido que la respuesta del público. El director del Museo de Arte y ex presidente de Concultura, Roberto Galicia, señala que no se están haciendo en ningún campo esfuerzos significativos para generar nuevas audiencias: “Eso es dramático porque uno ve en los diferentes eventos, literalmente, a la misma gente”.

Dos de las actividades más relevantes de las artes visuales fueron presentadas en el Museo de Arte, la exposición de “Salarrué, el último Señor de los Mares” que reveló una faceta poco conocida del célebre escritor, y la celebración de la V Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano, que por primera se realizó en el país.

El escritor y crítico Jorge Ávalos destaca sobre todo la exposición de las obras de Salarrué: “Hay logros a nivel de la curaduría, de la museografía, de la investigación. Pero el mayor logro es haber realmente restaurado la imagen del escritor como un artista visual importante en El Salvador y en Latinoamérica”.

La V Bienal Centroamericana representó para el Museo de Arte no sólo la posibilidad de ser la sede del único certamen de artes visuales de la región sino también una oportunidad para poner a prueba su capacidad organizativa. “Para nosotros la V Bienal ha sido un relanzamiento del Mueso de Arte”, dice Galicia.

Jorge Ávalos considera que eventos como la Bienal evidencian el anhelo de estar en sintonía con el espíritu global de los tiempos. Sin embargo, señala que con el propósito de competir, en ocasiones los artistas sacrifican parte de la autenticidad de sus propuestas: “Muchas veces, los artistas rompen con su línea de desarrollo para participar con un tipo de obra específica en esa Bienal”.

Agrega que en estas bienales ocurre un proceso doble de mímesis: “Los artistas están creando obras que se asemejen lo más posible a lo que se está dando a nivel global, y donde los jurados también están actuando porque las artes centroamericanas sean parte de este movimiento global en las artes”.

Al parecer, este no fue el año de las artes escénicas. Algunos signos como la escasez de estrenos de obras teatrales, la disparidad entre el desarrollo individual y el colectivo, así como la irregular asistencia del público hacen pensar incluso en la posibilidad de un  retroceso.

Ávalos reconoce que hay actores y bailarines en los que se ha dado un crecimiento individual pero que es difícil que en un montaje coincida un elenco del mismo nivel profesional: “Siempre hay ese tipo de problemas de ajuste entre los elementos que constituyen una producción escénica. A veces sin embargo esos problemas de ajuste no existen. A veces se da una obra que resueltamente se siente profesional, se siente su nivel de calidad; cuando eso sucede, el público aparece, el público llena”.

En el ámbito de la música, los contrastes de propuesta y poder de convocatoria se reflejan en la asistencia a los conciertos presentados por la Orquesta Sinfónica Nacional y la Juvenil. En tanto que la primera incluye normalmente estrenos de compositores nacionales e internacionales y capta poco público, la segunda ha desarrollado una propuesta de conceptos escenográficos versátiles con temas musicales más populares que atrae a cientos de espectadores.

Roberto Galicia señala que la programación de la Orquesta Sinfónica Nacional es extraordinaria pero carece de promoción: “Los conciertos no logran captar la atención del público y es una lástima, el trabajo de Germán Cáceres es valiosísimo”.

Respecto a la producción literaria, dos salvadoreños obtuvieron importantes reconocimientos a nivel internacional: el Premio Adonáis de Poesía (España) que ganó George Alexander Castillo con Breve Historia del Alba y el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán que fue otorgado a Carlos Soriano por su novela Listones de Colores.

La distancia entre el público y el escenario

El divorcio entre el público y las propuestas artísticas tiene a la base factores como un lenguaje especializado, una población que no cuenta con la formación necesaria para apreciar las artes y una ruptura generacional de artistas.

Roberto Galicia opina que “hay que hacer esfuerzos para crear nuevas audiencias. Nos hemos conformado con hablar entre nosotros mismos, y a que ese lenguaje con el que nos entendemos no sea comprensible para los demás”.

Para Jorge Ávalos esta condición de divorcio es natural en el marco de la transición social que ha tenido el país en los últimos años: “Hay muchos artistas jóvenes que todavía están adaptándose a cambios muy drásticos de la realidad salvadoreña, y las artes son influidas por esos cambios. En la época de la guerra realmente se perdió muchísimo. Las redes sociales de los artistas se cercenaron, volver a reconstruir esas redes sociales y tener una comunidad de artistas donde se confíen completamente los unos con los otros, eso no es tan fácil”.

La pirámide de fiesta y el centro del olvido

El rescate del patrimonio histórico enfrenta la disyuntiva del pasado traslapado con el presente. El derrumbe de las paredes de cemento de El Tazumal, instaladas por el equipo de Stanley Boggs, tal y como dictaba la metodología en boga en los años cincuenta, develaron estructuras antiguas que marcaron un hito en el rumbo arqueológico salvadoreño.

El escritor y curador de artes visuales, Ricardo Lindo, califica el derrumbe en Tazumal como la posibilidad de una nueva indagación del pasado indígena: “Sucedió como un desastre en el momentito y después descubrió cosas enormes del pasado que estaban sepultadas por una estructura de cemento que no era realmente correspondiente a lo que significaba ese monumento, fue algo muy grande para la arqueología”.

Paradójicamente, los hallazgos en Tazumal contrastan con el desaparecimiento de lo que una vez fue el centro histórico de San Salvador. “Algo opuesto en sentido de desastre verdadero fue la muerte de la Casa Munguía en el centro, que era una belleza” dice Lindo.

Roberto Galicia, director del Museo de Arte y ex presidente del Consejo Nacional para la Cultura (Concultura), sostiene que una de las pérdidas más grandes a nivel de patrimonio cultural en el país está retratada en el centro histórico de la ciudad.

“En ese desastre participa en proporciones iguales Concultura y la alcaldía de San Salvador. Cada vez se retrocede más, por mucho que se hable el centro histórico se ha convertido en una frase circunstancial y es un campo en el cual literalmente no se ha hecho nada. Hay un retroceso total en el centro histórico como parte de la memoria, de la historia del país, como problema urbano”, indica Galicia.

Para el escritor y critico de arte Jorge Ávalos es una gran tristeza lo que está pasando al patrimonio histórico del centro de San Salvador: “Todas las leyes están acompañadas de dos tipos de acciones: una para castigar lo negativo y una para apoyar lo positivo. La ley de patrimonio no tiene ese aspecto positivo. No hay incentivos para que la gente invierta en comprar esas propiedades, en restaurar, protegerlas, conservarlas. Estamos ante una situación en la que Concultura, por inacción, está coadyuvando a la destrucción del patrimonio histórico del centro de la ciudad”.

Amor propio: homenaje en memoria de Guillermo Cabrera Infante

offenbach-guillermo_cabrera_infanteUna curiosa muestra del humorismo crítico de Jorge Ávalos, en un artículo necrológico sobre el gran escritor cubano, publicado en San Salvador en febrero de 2005.

Jorge Ávalos

Cumplir los cuarenta años es alcanzar una edad media personal. Me lo anuncié a mí mismo cuando era un adolescente, sin proponérmelo. El profesor de historia que tuve en noveno grado lo sabe. Cada vez que en un reporte escolar escribí “medioveo” en lugar de “medioevo” —confundiendo la Edad Media con la ceguera— anticipé la condición de caer en un estado donde paulatinamente comenzamos a perder de vista el progreso o, más bien, a perder de vista toda mentira que se nos dice acerca de la posibilidad de un progreso humano, que no es lo mismo. A nuestro alrededor, escuchamos el ruido ensordecedor de la música que no nos gusta, vemos en los periódicos los mismos titulares sobre violencia y corrupción que hemos leído un centenar de veces antes, reconocemos al fin no sólo la hipocresía de los políticos sino esta triste verdad: ellos rigen nuestras vidas cotidianas en un nivel apenas presentido. Y sin embargo todo lo novedoso, sospechosamente reincidente, continúa provocando estragos en nuestras billeteras con regular despejo.

Para dar un ejemplo de nuestra medieval aprensión, nada cómo volver a los libros que cambiaron nuestra vida en la adolescencia. Una muerte me ha recordado de esa etapa y de uno de esos libros. Guillermo Cabrera Infante, que en algún momento firmó con el seudónimo de “Caín”, murió esta semana a los 76 años en Londres, donde residía desde su exilio de Cuba, iniciado a mediados de la década de los sesenta. De la década de los sesenta del siglo veinte, por supuesto, niños infames. Como decía, tener cuarenta años es reconocer que soy lo suficientemente joven para maravillarme de que los adolescentes de ahora no hayan leído nunca Tres tristes tigres (1968), y soy lo suficientemente viejo para recordar el período en el cual surgió ese libro: el “Boom” de la narrativa latinoamericana. No, jovenzuelos, nadie voló en pedazos, pero sí fue como una bomba la irrupción de tanto talento. Y ahora, ¡fuera! ¡O les pegaré con mi bastón si no me dejan escribir en paz!

Ser adolescente es desear. Desear intensamente cada minuto del día. El corazón y la respiración llevan la cuenta: la vida es un ritmo. A los doce o trece años, en casa de un amigo, vi una vez una revista con fotografías de mujeres desnudas y, al hojearla, creí que mi corazón explotaría. Una sola imagen bastaba para enriquecer un año de sueños húmedos. Mi época de gloria comenzaba. Esa edad de la inocencia, que el Internet y el acceso a las más grotescas variedades de pornografía parecen haber destruido, fue también una época cuando los libros valían oro. Y algunos autores, y unos cuantos libros en particular, poseían, lo sabíamos, más quilates que otros por el poder para evocar un mundo rebelde y sensual a un mismo tiempo. Cabrera Infante, quien nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba, y murió en Londres el 21 de febrero de 2005, era uno de ellos. No puedo explicar el gozo de leer por primera vez una novela tan lúdica como Tres tristes tigres. Tantos escritores hacen esfuerzos por inventar técnicas novedosas. A Cabrera Infante no le importaban los inventos en sí, aunque su capacidad para el ingenio lingüístico era deslumbrante. Más bien, le importaba contar historias, y las técnicas experimentales eran para él como los efectos especiales contratados para una superproducción verbal.

En una sola ocasión vi a Cabrera Infante. Fue a mediados de la década de 1980 y, aunque no lo crean, la persona que lo presentó y lo entrevistó con suma inteligencia y humildad fue nadie más y nadie menos que Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Cabrera Infante habló con pasión sobre la influencia del cine en su obra, y un consternado Vargas Llosa trató de argumentar, con un cauteloso inglés, que su obra narrativa no era muy visual. Sin embargo, Cabrera Infante insistió en proclamar su amor por el cine y el influjo vital que había tenido para su carrera como escritor. He releído algunas de sus páginas y me doy cuenta de que Vargas Llosa tiene razón: Cabrera infante no es un escritor visual sino auditivo y, extrañamente, con un sentido musical del movimiento en los espacios. No es la imagen del mundo, sino su circundante sensualidad lo que nutre su escritura. Léase Tres tristes tigres para escuchar a la ciudad de La Habana como un concierto de voces y sonidos. Y léanse las primeras páginas de La Habana para un infante difunto (1979) para comprender cómo esa sensualidad es verdaderamente envolvente. Ahora lo comprendo, Cabrera Infante amaba el cine desde su simbólica butaca: desde el oscuro anonimato del espectador el cine es una experiencia sensual. Son los sonidos, las voces en inglés y la efusiva música de cuerdas del cine de las décadas de los 30 y 40 y 50, los elementos que abrazan al espectador para llevarlo hacia la imagen y no al revés.

Reconozco que este escritor al que amo leer, es uno de los más odiados de Latinoamérica. Y no sólo por razones políticas, por su disidencia desde el exilio o por sus posturas hacia el régimen de Fidel Castro, que tanto irritan a la izquierda provincial. Sucede que a veces Cabrera Infante se portaba como un imbécil. Pero a veces es inevitable que un escritor se comporte así.

En una entrevista con el Paris Review, Cabrera Infante describió las etapas de los escritores del Boom latinoamericano por el pelo de sus caras. “Don’t you think you’re being a little bitchy?” (“¿No estás siendo un poco hijueputa?”), le preguntó la entrevistadora, hastiada de su actitud. ¿La respuesta de Cabrera Infante? “Yes, because I don’t want to get lost in the crowd. We all write on our own, and I want to be read on my own.” (“Sí, porque no me quiero perder en la multitud. Todos escribimos por nuestra cuenta, y quiero ser leído en mis propios términos”). Excelente respuesta. Que un autor no quiera ser comparado con ningún otro es más que razonable, aun si necesita expresarlo de una manera agresiva. Lo que no me parece aceptable, nunca, es la mezquindad hacia otros escritores, por el simple hecho de que es innecesaria.

En Vidas para leerlas (1998) Cabrera Infante se recrea con demasiados bochinches malévolos sobre otros escritores. Por ejemplo, cuenta cómo Alejo Carpentier —durante su época de agregado cultural de la revolución cubana en Francia— se bajaba de su limusina una cuadra antes de llegar a su oficina, descendía al metro y salía en la otra esquina para pretender que se manejaba entre el pueblo sin malgastar los recursos de la revolución. Cuando leí eso, cerré el libro y lo tiré a un bote de basura. Aun si fuese cierto, no me importa saberlo. Nadie ni nada pueden defender a un escritor que se porta como un imbécil sino el olvido. Lo que se espera de los escritores que uno ama es que el olvido sea selectivo: que se pierda todo excepto las obras que amamos. En el futuro, la mayor gloria de un escritor será perder el nombre para que su obra pase a ser obra del único autor sin recelos con su tiempo: Anónimo.

Quiero confesar que una de las tantas razones por la cual me es imposible olvidar mis lecturas de Cabrera Infante es porque sus libros fueron una de las mayores fuentes de sensualidad de mi adolescencia. Esos libros eran manuales de resistencia, prontuarios para la imaginación, incluso guías para el “amor propio”. No me refiero a la autoestima; me refiero a la masturbación, porque así la llamó Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto: amor propio. Y tenía razón. Cuando uno se masturba, al menos está teniendo sexo con alguien a quien ama. Y cuando es un joven el que lo hace, está aprendiendo a amarse a sí mismo. Gracias a Gabriel García Márquez, a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, antes de cumplir los dieciséis años mi amor propio era muy, muy grande.

Jóvenes, no se masturben. ¿Pero qué estoy diciendo? Más bien, mastúrbense, y manchen los libros de sus padres, los de lecturas más sensuales, dejen atrás una huella duradera de su propia sensualidad. Cuando tengan mi edad apreciarán ese detalle. Pero no puedo dejar de advertirles lo que me advirtieron a mí. Como bien lo saben, la masturbación causa ceguera. Con el tiempo verán los indudables efectos. El pelo se blanquea y se cae; los dientes se llenan de cavidades; los huesos se hacen endebles; los músculos, fofos. A los cuarenta años alcanzarán la edad media y se sentirán grotescos, fuera de lugar, mortales. Pero si gracias a unos cuantos libros han aprendido a amar la vida más intensamente, entonces podrán decir: “Fue una larga y dura lucha, pero valió la pena; ahora puedo vivir la otra mitad de mi vida como el huraño cascarrabias que merezco ser”. Así que apártense, niños indecentes, y déjenme leer en paz.

Viernes, 25 de febrero de 2005.


Esta necrología apareció publicada en el periódico digital salvadoreño El Faro bajo el imprudente título de “No se masturben”, el 28 de febrero de 2005. No sé de quién es la hermosa fotografía de Guillermo Cabrera Infante y su gato, Offenbach.

“Ángel de la guarda” de Jorge Ávalos

DOSSIER DE LA OBRA TEATRAL / FICHA TÉCNICA / ARCHIVO DE PRENSA

Ángel de la guarda

de Jorge Ávalos

Dirección:
Roberto Salomón

Elenco:
Naara Salomón – Angélica / Ángel de la guarda

Estreno mundial:
Jueves 24 de agosto de 2006
Teatro Luis Poma
San Salvador

 


SINÓPSIS

¿Cuál es la línea que divide la realidad de los sueños?

En el mundo de Angélica, una niña de catorce años, esa línea se borra el día en que su ángel de la guarda decide contar la historia prohibida de la pérdida de su inocencia.

Sin tapujos, Ángel de la Guarda trata de la realidad del incesto como un golpe al alma de una adolescente, pero lo hace desde su propia perspectiva y en sus propios términos.

Al confrontar su pasado, la riqueza de su visión original del mundo es restituida, al mismo tiempo que desenmascara y expone lo indecible.

Ángel de la Guarda es también una obra sobre la espiritualidad en la vida de los niños, sobre la magia liberadora de las palabras y sobre el poder de la imaginación para convocar, confrontar y vencer a los fantasmas del pasado.


FICHA TÉCNICA COMPLETA

 

  • Título: Ángel de la guarda (2004)
  • Dramaturgia: Jorge Ávalos (El Salvador, 1964)
  • Adaptación escénica: Naara Salomón
  • Dirección: Roberto Salomón
  • Actuación: Naara Salomón
  • Producción ejecutiva: Teatro Luis Poma
  • Patrocinio: Fundación Poma
  • Diseño de luces: César Noé González
  • Escenografía y vestuarios: Naara Salomón
  • Confección del traje del ángel: Pasita Lazo
  • Artesanía teatral: Elizabeth Guzmán / Carlos Quijada
  • Proyecciones: Maura Mendoza, modelo, en el rol de Angélica joven; fotografías de Tomás Guevara
  • Canciones: “Para cuando me vaya”, letra y música de Amaury Pérez; “Canción de cuna”, letra de Jorge Ávalos, música de Naara Salomón
  • Música: Isaac Albéniz interpretado por John Williams; Franz Schubert interpretado por Murray Perahia
  • Banda sonora: Roberto Quezada
  • Género: Monólogo / Teatro de objetos / Psicodrama / Sociodrama / Monodrama
  • Estreno mundial en El Salvador: Jueves 24 de agosto de 2006 en el Teatro Luis Poma, San Salvador
  • Estreno en Argentina: Miércoles 27 de agosto de 2014 en el Teatro Nacional Cervantes, Sala Luisa Vehil, Buenos Aires
  • Estreno en Honduras: Jueves 2 de octubre de 2014 en el Teatro Memorias, Tegucigalpa
  • Temas claves: ángel, espiritualidad, realismo mágico, abuso infantil, psicología del abuso
  • Duración: 60 minutos
  • Agradecimientos a: Licry Bicard

ARCHIVO DE PRENSA

 

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El encuentro

Reproducimos este cuento tal y como se publicó en marzo de 2013 en la revista Suelta, que reúne —de manera complementaria, tangencial o en contrapunto— a un escritor con un artista visual.

Jorge Ávalos
Animación de Tony Cruz

Lo conocí en el cuarto de baño de un viejo hotel del centro. Se parecía a mí en lo esencial: era un hombre insignificante que vestía una gabardina gris tan deslucida como la mía. Pero fue un rasgo único lo que dirigió mi atención hacia él: no tenía reflejo.

Yo fumaba un cigarrillo, apoyado en la pared del fondo, cuando él me descubrió en el espejo. Me miró sin perturbarse. Del bolsillo de su gabardina sacó un peine, cerró los ojos y se peinó a tientas.

—No todos tenemos reflejo —dijo, al terminar de peinarse—. Es una forma de ceguera.

Tiré mi cigarrillo al suelo y lo apagué con la suela del zapato.

—No necesita explicarse —dije—. Yo sólo soy reflejo.

Él se volteó, buscándome ahí donde supuso que yo debía estar, en la pared del fondo. Le tomó un instante asimilar la verdad.

—Nadie a mi lado y nadie al suyo —dijo.

Metí mis manos en los bolsillos de mi gabardina y encogí los hombros.

—Acaso estamos hechos el uno para el otro —dije, ubicándome frente a él.

El hombre se metió las manos en los bolsillos y se acercó al espejo. Y entonces, mirándonos a los ojos con una intensidad que nadie más podría entender, sonreímos al mismo tiempo.

 


jorge_avalosJorge Ávalos (San Salvador, El Salvador, 1964) es poeta, dramaturgo y narrador salvadoreño. Por sus cuentos ha sido galardonado con los dos premios centroamericanos de literatura, el Rogelio Sinán de Panamá en 2004, y el Monteforte Toledo de Guatemala en 2012. Entre sus obras se cuentan La ciudad del deseo (cuento, Panamá, 2004), La balada de Jimmy Rosa (teatro, 2009) y El secreto del ángel (cuento, 2013).


tony-cruzTony Cruz Pabón (Vega Alta, Puerto Rico, 1977), desarrolla su trabajo en medios como el dibujo, la animación y la fotografía. Su obra se ha mostrado en la III Trienal Poli/Gráfica de San Juan (2012), «The Peripatetic School: Itinerant Drawing from Latin America», en el «Drawing Room» en Londres (2011), en la Galería Casas Riegner en Bogotá, Colombia (2010) y en el Centro de Cultural Chacao en Venezuela (2009). Su trabajo, también se ha expuesto en Brasil, Estados Unidos, Costa Rica, Guatemala, Ecuador, Cuba y República Dominicana. Actualmente es codirector y miembro fundador de Beta-Local.


“El Encuentro” se puede descargar en formato PDF:
https://drive.google.com/open?id=0Bx6jTIw92tWRRi1Xczc2VndtVDg

La publicación original en línea de “El Encuentro” se puede encontrar en el siguiente enlace:
http://www.sueltasuelta.es/Tony-Cruz-Jorge-Avalos

201303 Revista Suelta

 

Jorge Ávalos: “Un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo”

El escritor salvadoreño Jorge Ávalos discute el valor y la función limitada pero constructiva de los talleres literarios. Esta entrevista de fondo fue realizada por la periodista Gabriela Mendoza para sustentar el artículo “Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación”, publicado en El Diario de Hoy el miércoles 27 de enero de 2010.

Gabriela Mendoza

Usted dijo que el tipo de taller que impartía era diferente a los demás, ¿qué tiene de diferente?

Nadie puede aprender a ser escritor por medio de un taller. Sin embargo, un taller sí puede abrir una puerta a nuestro potencial creativo, al potencial que ya está en nosotros, y puede mostrar opciones para canalizar el talento o la necesidad apremiante para la expresión personal. Los contenidos, la metodología y el diseño de mis talleres obedecen a esta convicción.

¿Qué temáticas incluye en los talleres que brinda?

Cada sesión de un taller debe estar estructurada alrededor de un objetivo de enseñanza. Los contenidos corresponden a estos objetivos. Yo me concentro en tres metas claramente definidas: la primera es desarrollar las habilidades de percepción de los estudiantes; la segunda es trabajar la memoria como fuente inagotable de inspiración; y la tercera es ejercitar la voluntad y el hábito de trabajo, que requiere dedicación y pasión constante.

¿Incluye alguna metodología para sus alumnos?

Sí. Mis estudiantes dedican un tercio del tiempo haciendo actividades prácticas para ejercitar la percepción sensorial; otro tercio, en ejercicios de memoria y de imaginación; y otro tercio en ejercicios de escritura.

Por lo general, ¿cuánto tiempo duran los talleres?

Yo prefiero una estructura de una sesión a la semana durante dos meses. Un taller debe ofrecer espacio para que el escritor trabaje por su cuenta y también debe tener un límite para que el escritor se gradúe de esa etapa y ponga a prueba lo que ha aprendido.

¿Qué se espera de los alumnos, que escriban algo grande, que publiquen?

No. Un taller es un período de proceso que permite la experimentación y la libertad. No es necesario que un participante escriba algo “grande”. Lo más importante que un taller le ofrece al participante es la oportunidad para asumir la voluntad de crear por medio de la palabra. Para llegar a eso, el instructor tendrá que brindar nuevas herramientas y el participante deberá descubrir y utilizar sus propias habilidades y talento. Aun así, no niego el poder de la publicación. Los resultados de mi último taller de narrativa, organizado por el Foro de Escritores, fueron publicados, y tanto los participantes como yo nos sentimos muy orgullosos de los logros, tan evidentes.

¿Es importante que se impartan talleres de literatura en el país?

Sí, en la medida en que estén bien diseñados y con el interés del participante en mente.

¿Se considera detractor o partidario de los talleres?

Soy partidario de motivar la imaginación y la creación por cualquier medio, pero me opongo a las siguientes deformaciones de un taller, y las cuales he visto en El Salvador: primero, un taller no debe ser permanente, porque esto crea un sentido de dependencia en el taller por parte del participante; segundo, un taller no debe convertirse en una capilla para el escritor que lo imparte, porque esto atrofia el talento individual del participante o la percepción que tiene de la literatura; por último, un taller debe ser un espacio de confianza en el que no se viole la distancia saludable que debe existir entre la persona que imparte el taller y la persona que lo recibe. Este último punto es un imperativo ético que está a la raíz de cómo funciona un taller: los participantes son vulnerables porque comparten sus historias personales, nos abren sus corazones y exponen sus emociones. Por lo tanto, violar ese vínculo de mutua confianza es siempre un abuso de poder.

¿Recomendaría a los jóvenes que quieren empezar una “carrera” como escritores que se acerquen a los talleres literarios para formarse como tales?

Algunos de los participantes en mis talleres, que sentían que no podían escribir, son ahora escritores de oficio, algunos de ellos periodistas. Esto sucedió porque encontraron la confianza en sí mismos para confirmar una vocación que ya estaba latente. Así que sí es posible usar un taller para explorar la posibilidad de una carrera como escritor, como comunicador o como periodista.

¿Cuál es el papel del director del taller y cuál el del alumno?

Un taller es un proceso participativo. El instructor del taller es ante todo un moderador que dirige al alumno a través de un proceso de auto aprendizaje. Mi filosofía es que el escritor se hace a sí mismo. No puede ser de otra manera porque escribir es una tarea muy solitaria y necesitamos aprender a gozar de esa soledad creativa.

Puede mencionar algunas experiencias enriquecedoras cuando ha impartido los talleres, algún caso en especial.

Yo tengo un ejercicio que llamo “del ángel”, que funciona como una frontera, puesto que siempre logra que el participante escriba algo profundo acerca de sí mismo: a menudo se convierte en la primera vez en que el participante escucha su propia voz. Casi siempre, más de alguno se pone a llorar al leer los resultados de ese ejercicio. Ese momento siempre es emocionante y enriquecedor para todos.

¿Algún resultado de sus talleres lo ha sorprendido?

Sí. Hay gente que desborda talento y uno no puede más que maravillarse. También he descubierto que hay escritores ya publicados, suelen ser hombres, que sufren una crisis del ego cuando nadie los elogia en los talleres. Es un fenómeno muy extraño que desaparece cuando aprenden a superar estímulos externos y se enfocan en sus propias fuerzas internas.

¿Qué debería esperar un alumno al terminar su taller de escritura?

Encontrar su propia voz.

 


Esta entrevista es citada en un artículo de Gabriela Mendoza, Talleres de escritura: técnicas, intercambio y creación, publicada en El Diario de Hoy el 27 de enero de 2010.